Y me fui a rodar: Un poco sobre el mundo de la bici

Imagen por Doctor Ojiplático

“No sabía qué ponerme… así que me puse el casco y me fui a rodar…”. La frase es anónima, pero sale de un grupo de ciclistas bogotanos que comparten la pasión por recorrer la ciudad en dos ruedas.

Elegir la bicicleta como medio de transporte supera por mucho a la decisión de no maquillarme en las mañanas para poder dormir 20 minutos más, como la mejor decisión que he tomado en mi vida. Y creo firmemente que tanto esos minutos adicionales de sueño, como la bicicleta, son cosas con la capacidad de cambiar el mundo en el que vivimos.

Una vez que decidí tomar mi casco y sustraerme de la estresante situación de depender del tiempo de otros para llegar a donde tengo que llegar, descubrí un mundo nuevo que no tenía idea que existía antes de entrar a hacer parte de él. Fui una exploradora en un safari, me encontré con una nueva especie en su ecosistema, con sus herramientas, sus amenazas y sus aliados naturales.

Con la enorme cantidad de gente en la ciudad, un sistema de transporte masivo que hace años no da abasto, la multiplicación exponencial de los carros particulares y una serie de administraciones desafortunadas, inoperantes que no lograron entender la ciudad, Bogotá es una ciudad de caos, creo que todos podemos estar de acuerdo en eso.

Cuando me subí por primera vez a la bicicleta hace más de 5 años (con un propósito que no fuera recreativo, claro está), no tenía idea de lo que implicaría, de lo que vendría y mucho menos de cómo moverme. Por supuesto, ya había algunas ciclorrutas, pero muchas estaban en pésimo estado, incomunicadas y muchas incluso eran casi inútiles en sus contextos. Poco a poco he visto cómo eso ha cambiado, a fuerza de los pedalazos de los ciclistas que hemos forzado la mano y construído una cultura.

Hoy Bogotá cuenta con más de 500 kilómetros de ciclorutas exclusivas con tramos continuos de hasta 20 kilómetros. Cifras de Fenalco indican que, si bien Bogotá es un buen marcador, la tendencia a la bicicleta como medio de transporte ha crecido de forma exponencial en todo el país. Más del 50% de los colombianos tienen una bicicleta, la venta de bicicletas para ruta y de bicicletas plegables y eléctricas hoy superan con creces a la bicicleta todoterreno, la que hasta hace unos años fuera la más vendida en todas partes. Con esto en mente no sorprende que se haya convertido en un fenómeno, social y comercial, generando más 26.000 empleos directos solo en Bogotá, donde diariamente se cuentan más de 900.000 viajes en este medio de transporte, un crecimiento considerable teniendo en cuenta que en 2015 se contaban 575.000 viajes diarios. Es el medio transporte favorito entre los jóvenes, para las distancias más cortas, para ir al trabajo y para los sectores populares.

Y todo eso suena muy bonito y esperanzador, es sin duda alguna un incentivo y un llamado al futuro de la movilidad, a la amplísima gama de posibilidades que provee la bicicleta para todos los sectores sociales. Pero también hay otro lado de la moneda, una parte que nos hace falta fortalecer. Aunque la Ley 1811 de octubre de 2016 reglamentó el uso de la bicicleta en el país y asignó al ciclista un lugar y unas normas, desafortunadamente la promulgación de una ley no implica su conocimiento y difusión entre todos los actores de la vía.

La llamada “ley de la bici” decreta que el ciclista debe usar casco, debe ser visible, que después de las 6:00 pm y antes de las 6:00 am debe transitar con luces y reflectivos, luz blanca en la parte delantera, roja o azul en la parte de atrás del vehículo. Solo el 60% de los ciclistas cumple con estos lineamientos. La convivencia con los carros particulares y vehículos de servicio público, todavía es y seguirá siendo un tema complicado. Si bien la ley permite a los ciclistas transitar en un carril completo cuando no hay ciclorruta en la vía, y establece que la distancia que debe guardar el carro para adelantar debe ser de 1,5 metros, en pocas ocasiones se cumple con esto. Se tiene tan poco conocimiento de estas normas en la vía que no es raro escuchar a alguien en la calle decir “por eso es que los matan” cuando un ciclista va transitando en el carril de una vía sin ciclorruta.

Para julio de este año se registraban 2.100 ciclistas lesionados en accidentes con vehículos y 75 fallecidos. En esta dinámica entran en juego múltiples factores. En primer lugar el desconocimiento de las dinámicas de convivencia, sumada a una forma osada e imprudente (contraria a una defensiva y planificada), de conducir tanto por parte de los ciclistas como de los vehículos motorizados. En segundo lugar, más del 80% de los ciclistas no tiene idea de cómo funciona la normativa en lo que se  refiere a la circulación en bicicleta y muchos tampoco conocen las alternativas en rutas exclusivas.

Se podría decir que acá nada funciona bien, pero realmente se trata de un camino de aprendizajes aún por recorrer. El cambio no sucede de la noche a la mañana y todos tenemos algo que aprender de y para esta cultura. BiciGo, en su primera edición, es una feria enfocada en el mundo de la bicicleta organizada en Corferias. El evento  cuenta con el apoyo de entidades distritales y privadas y en esta ocasión tiene a Holanda, país pionero y referente mundial de la cultura de la bicicleta, como país invitado de honor y a Boyacá como departamento invitado. BiciGo hace evidente que a ojos externos vamos por buen camino, en un proceso de evolución que es progresivo, a veces lento y que incluso impresiona por su desarrollo a punta de talante, con políticas que se han tenido que ajustar a las necesidades de una ciudad que no se queda quieta.

Lo cierto es que el ciclista urbano es una criatura extraña. Una especie que se mueve entre los millones de usuarios de transporte público y conductores de automóvil a diario y que en raras ocasiones se hace visible para aquellos que pertenecen a ese entorno.

A una velocidad promedio de 20 km por hora, la bicicleta ofrece carril preferencial, personalización a gusto del vehículo, ruta a elección por conveniencia de distancia y tiempo, tránsito sin congestión; suscripción a gimnasio con especialización de rutina en cardio, fortalecimiento de piernas y moldeamiento de glúteos, así como programación musical variada a gusto del conductor y pasajero. Me disculparán los amantes de las llantas pero es mejor que un Uber, una suscripción a Bodytech y cuenta de Spotify premium. La bicicleta es todo en uno por el costo de una inversión inicial sin intereses ni cuotas.

El caballo de dos ruedas, como su usuario, se puede encontrar en múltiples formas y presentaciones, así como también puede ser de muy variada procedencia de producción y entorno. No hay una sola forma de bicicleta y como los carros, las hay para todos los gustos con el plus que otorga su practicidad. Plegables, de plástico, de aluminio, de metal, con cambios, sin cambios, con frenos normales, frenos de disco, sin frenos, de colores, con motivos, de princesas, con rueditas de apoyo, con canasta, con parrilla, con maletero, para montaña, para ciudad, para la playa y una versión especial para los huecos de la vías bogotanas que viene con su kit de despinchada y su repertorio de madrazos al alcalde. Entre gustos no hay disgustos con la bicicleta.

Mi pensamiento general antes de la bicicleta era que a cualquier lado hay que salir con una hora y media de anticipación y eso por de buenas que esté uno con el tráfico o con la espera. A veces un trayecto tan simple como el de la casa a la universidad que no es de más de 5 kilómetros podía llevar hasta tres horas entre esperar a que pasara el maldito bus y el trancón de la calle 53, hoy no me toma más de media hora desde que salgo de mi casa hasta que me siento en el salón de clase. Es delicioso no depender del tiempo de nadie más y poder hacerlo sin costo. Por supuesto, la bicicleta tiene sus peligros y problemas, pero con esos se aprende a lidiar y siempre que se maneje con prudencia no tiene porqué haber problema. Ahora la ciudad es un paseo y cada destino es una oportunidad para rodar. Y aún cuando los destinos quedan lejos, se llegue cansado y medio sudado o con el pantalón manchado de la grasa de la cadena, al menos no se llega emberracado, se llega feliz y con la oportunidad de darse el gustico de una empanada sin culpa alguna.

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