William Ospina disecciona nuestros tiempos

Uno de los intelectuales más reconocidos de Colombia interpreta nuestro pasado, nuestro presente y la perspectiva del futuro que nos espera.

Imagen por Penguin Random House Grupo Editorial

Este artículo sale en la edición impresa de PLAYBOY COLOMBIA de agosto-septiembre de 2018

Los escritos de Ospina abarcan decenas de textos y libros que incluyen poesía, ensayo y novela. Sus obras siempre alcanzan sorprendente cifras de ventas y han sido reconocidas por personajes como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Fernando Vallejo. Ha sido además ganador del Premio Nacional de Ensayo, del Premio Nacional de Poesía, Premio Casa de las Américas, Premio de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada y el Premio Rómulo Gallegos.

Como todos los grandes autores y pensadores, sus ideas no están libres de controversia; nadie llega tan lejos complaciendo a todo el mundo. Ospina nos confronta con lo que somos y hemos sido, preguntándonos acerca de lo que pensamos ser y hacer mañana.

En su más reciente publicación, El taller, el templo y el hogar (Literatura Random House), no nos invita a “salvar las reliquias del pasado”, pero nos advierte que “en el vértigo de este remolino de desmemoria y de escombros, cada vez parece más cercano el colapso”.

El medio ambiente, la educación, el poder, el trabajo, el capitalismo, la generosidad y todos los aspectos fundamentales de la vida misma hacen parte de la columna vertebral de ese nuevo libro, y Ospina los pone sobre la mesa
—como siempre— para cuestionarnos y poner en tela de juicio nuestra infinita soberbia.

En la noche de un viernes nos recibió para arrojar algunas luces sobre la forma en que interpreta nuestra historia y sembrar un buen puñado de interrogantes.

 ***

¿Cómo fueron sus comienzos como lector?

Yo empecé a leer un poco tardíamente. No fui un lector en mi infancia. Sobre todo oía canciones y escuchaba contar cuentos, y creo que ambas cosas influyeron mucho en mi vocación literaria, pero ya en mi adolescencia leía todo lo que estaba al alcance, pero no supe a qué horas mi pasión por los libros —que ha sido algo creciente en mi vida— me fue inclinando hacia la escritura. Cuando uno toma la decisión de escribir hace tiempo ha sido marcado por cierta fascinación por el lenguaje y por ciertas ganas de trabajar con él.

¿Y qué empezó leyendo?

El primer libro que recuerdo haber leído fue La Odisea. Tenía como 10 u 11 años y me gustaba mucho. Me pareció un buen libro para niños, un libro de aventuras. Aunque la mitad de las cosas no las entendía. La otra mitad era suficientemente fascinante y lo disfruté mucho.

¿Cómo fue surgiendo el interés por las ciencias sociales?

Yo diría que fue algo un poco más tardío. En realidad, cuando yo empecé a escribir ensayos, mis preocupaciones eran casi exclusivamente literarias. Escribía ensayos sobre poetas, sobre libros, y aunque me interesó la política desde la adolescencia, tardé mucho en escribir ensayos sobre temas políticos y sociales. Fue sobre todo a finales de los años 90, motivado por la situación que vivía Colombia en esos tiempos, cuando escribí ¿Dónde está la franja amarilla? y otros ensayos de interpretación de la realidad. Ya había escrito en 1994 —hace casi 25 años— un ensayo que se llama Es tarde para el hombre, sobre el mundo contemporáneo y sobre las tendencias peligrosas que veía en nuestra manera de habitar el mundo. En esos dos textos surgió mi deseo de escribir sobre la realidad colombiana y la actualidad mundial.

Usted ha dedicado muchísimo tiempo de su carrera y de su obra a entender e interpretar la historia del país, incluso desde antes de la Conquista…

Sí, me interesó inicialmente la poesía de los tiempos de la Conquista porque siempre me pregunté si había habido una poesía de la Conquista, ya que siempre he pensado que los grandes acontecimientos históricos dejan huellas en la poesía. Existía la leyenda de que no existía nada, de que no había quedado nada de la Conquista en ese sentido. Cuando me encontré con la obra de Juan de Castellanos, que era muy poco apreciada, descubrí que en ningún lugar del continente había sido conservada tan minuciosamente por la poesía la historia de la conquista como en la Nueva Granada, y en esta región equinoccial. El libro, que tenía mala fama en términos poéticos porque era juzgado de acuerdo con la perceptiva de la tradición, a mí me pareció fascinante. No era un libro bonito, no era un libro para adornar la realidad ni para mejorarla, pero era apasionante, lleno de acontecimientos sorprendentes que le dejan a uno una imagen muy vívida de lo que fueron esos hechos terribles, del choque de los mundos, del avance de los europeos por América, de la manera como se resistieron los pueblos indígenas, y de algo a lo que nos hemos asomado menos: cómo era la naturaleza americana a la llegada de los europeos, que le permite a uno establecer un contraste grande con lo que es la naturaleza americana hoy, cinco siglos después.

Hay quienes dicen que los pueblos nativos americanos eran igual de depredadores de la naturaleza. Por ejemplo, hay un ensayo de Alejandro Gaviria que trata de demostrar que todas las culturas son igualmente dañinas, cosa que yo no creo. A mí me bastó leer a Juan de Castellanos para comprobar que a pesar de que habían vivido aquí por milenios, los pueblos nativos —que por supuesto no tenían la magnitud demográfica para obrar grandes transformaciones sobre el universo natural— también practicaban una filosofía de conservación y respeto, más que una actitud de saqueo y de depredación que caracteriza más al mundo moderno. Yo escribí mis tres novelas sobre el Amazonas y sobre la conquista del Amazonas, más bien para preguntarme cómo comenzó ese proceso de depredación que ahora es tan visible y creciente.

Después de todo ese tiempo de análisis y de interpretación de esa historia, ¿ha llegado a identificar algunas grandes conclusiones en torno a lo que somos y por qué somos lo que somos como país?

Mi primera gran fascinación con la historia americana fue hallar la importancia del mestizaje. Nosotros tenemos la tendencia en Colombia a no reconocer ni el mestizaje ni su valor; nos hicieron crecer en un mundo y nos hicieron pensar que ese mundo era europeo, y que había sido trasplantado a los trópicos, pero también que éramos una sociedad blanca, católica, liberal, de origen europeo, de humor británico y muebles vieneses.

Colombia ha tardado en reconocer su mestizaje y todavía hay quienes tratan de escribir libros para demostrar que nosotros somos fundamentalmente europeos, fundamentalmente españoles, fundamentalmente árabes y judíos… como los libros más recientes de Enrique Serrano, que tratan de demostrar eso.

Pero el papel del mestizaje en nuestra cultura es grande y debería ser más grande de lo que es. Colombia no es país mayoritariamente blanco como Argentina o Canadá, ni mayoritariamente indígena como México, Bolivia o Ecuador. Ni mayoritariamente mulato o afroamericano como Haití o Brasil. Somos el país más mestizo del continente, y eso tal vez dificulta que nos reconozcamos, porque es más fácil reconocerse cuando se pertenece a una sola tradición que cuando se pertenece a tantas. Entonces se nos trató de hacer creer que éramos puramente europeos, pero esta naturaleza es muy difícil de borrar. Esta geografía que es tan distinta de la del mundo europeo… estos climas y la diversidad de nuestra cultura.

Hemos tenido una dificultad grande para reconocernos y construir una leyenda común, un relato compartido de lo somos. Y creo que eso se sigue sintiendo todavía. La sociedad ha sido formada más en no reconocerse, en extrañarse del otro, en estratificarla, en polarizarla, que en construir una leyenda que verdaderamente nos enseñe a convivir.

Con una mirada crítica y desapasionada, Ospina habla sobre la migración, la crisis de la democracia, el consumo y muchos otros temas. Sus argumentos son puertas abiertas que pueden mostrar caminos sin importar si estamos de acuerdo con ellos o no. / Fotografías por Laura Vásquez Roa

A pesar de que es la más mestiza, también rechaza sus propios orígenes. ¿Por qué ese rechazo? ¿Es también la causa de alarma por la llegada de migrantes?

Aquí hubo una política contra la inmigración que fue sistemática. Todo lo contrario de Argentina, de México o de Venezuela, a donde no solo llegaron los españoles hace cinco siglos, sino que también llegaron oleadas de inmigrantes en distintos momentos de la historia. Colombia no era uno de los países más buscados por los inmigrantes europeos porque ellos procuraban buscar países donde hubiera estaciones. Eso favoreció la inmigración a Argentina, por ejemplo. Pero también había una política de los criollos colombianos de no favorecer las inmigraciones.

Aquí los españoles entraron y cerraron la puerta, y en realidad migraciones grandes no hubo. Solamente algunos alemanes que llegaron a impulsar el comercio a comienzos del siglo XX, y algunos ingleses que llegaron en los tiempos de la colonización antioqueña a buscar minas y contribuyeron a la formación de la saga de los ferrocarriles o de los cables aéreos. También algunos sirio-libaneses y japoneses que llegaron en la primera mitad del siglo XX, y aquí eso fue casi todo en términos de inmigración.

Entonces crecimos en un mundo muy encerrado, y como suele pasar en las casas donde la gente se encierra, entramos en conflicto con nosotros mismos permanentemente. El encierro no favorece la convivencia. Al contrario, acumula discordias. Pero sobre todo, y ese es el segundo fenómeno que yo he identificado en nuestra historia nacional, a mí me parece que Colombia es el único país del continente donde no se abrió camino a la reforma liberal que tuvo lugar en casi todos los países. La de Benito Juárez en México, Roca e Irigoyen en Argentina, Eloy Alfaro en Ecuador. También sucedió en Venezuela y con la revolución de los mineros bolivianos en el 52.

Aquí hubo muchas promesas de liberalismo, pero la tradición de una sociedad de terratenientes en una sociedad clerical, muy conservadora, fue lo que prevaleció. Cuando por fin se intentó llegar una reforma en el año 30, con Olaya Herrera y López Pumarejo formulando las propuestas básicas de la modernidad en términos de reforma agraria, trabajo, industrialización y apertura a las ideas liberales, fue detenida en seco por Eduardo Santos, en lo que él mismo llamó la Gran Pausa. Esta ponía en pausa la Revolución en Marcha de López Pumarejo.

Desde entonces lo que ocurre más bien es que el liberalismo se conservatizó y dejó de insistir en las reformas. El aplazamiento de esas reformas fue lo que produjo la irrupción del movimiento gaitanista y la indignación de Gaitán por las promesas incumplidas que se le habían hecho al pueblo. Esas reformas liberales se frustraron definitivamente con la muerte de Gaitán en el 48, y desde entonces estamos esperando las reformas liberales que nunca llegaron.

¿Qué dice de nosotros como país el hecho de que sigamos obligados a elegir entre apellidos como Santos y Lleras?

Ha existido una gran tradición señorial, una gran tradición aristocrática muy marcada por el centralismo; no el centralismo puramente bogotano, sino que este es un centralismo bogotano que se reproduce con el mismo estilo en el Cauca, en Antioquia, en la costa y así. Cuanto más lejos está de Bogotá, más atrasado se está y más excluido de la modernidad. También pasa en los departamentos. Cuanto más lejos se está de Medellín, más apartado se está de todo. Ocurre también con Popayán —la gran ciudad señorial—, pero el litoral del Pacífico no existe para el Cauca o la tradición oficial del Cauca. En general, nuestros litorales están muy abandonados. Cuánto más lejos se está de Cartagena, en el departamento de Bolívar, más desamparado y más marginado se está. Entonces, eso es una tradición que se ha perpetuado durante muchísimo tiempo y todas las veces que se intentó una ruptura hubo unas reacciones muy violentas. Por un lado, los dueños de la tierra defienden a sangre y fuego su derecho a tener inmensas propiedades, latifundios que ningún país moderno admite, ni los Estados Unidos ni Francia, ni Alemania ni España. En ninguna parte es posible encontrar latifundios de las dimensiones que hay en Colombia.

Yo diría que Colombia es el último país feudal de Occidente. Eso se siente en las guerras: nuestras guerras son guerras feudales. Nosotros vivimos hace apenas 15 años unas guerras en las que los señores dominan e invaden territorios y se adueñan de los mismos. Se los arrebatan a los campesinos y luego los envían a unas ciudades que no tienen una dinámica productiva capaz de asimilar toda esa fuerza de trabajo que llega. Así había sido en los años 50 con la guerra anterior de despojo.

Cerrando ese capítulo, ¿qué perspectiva tiene de nuestra democracia y ante el proceso electoral que hemos atravesado?

Es un proceso electoral en donde parecen irrumpir fuerzas nuevas, pero yo diría que eso ocurre en un momento de una crisis terrible del modelo democrático a nivel latinoamericano y mundial. La democracia tal como nos fue prometida por el ideario liberal hace mucho tiempo se ha desfigurado en el mundo entero. Y creo que la consecuencia principal y más visible de esa crisis es el auge de la corrupción en todas partes. No es un mero fenómeno de desviación de unos políticos que se corrompen. Es algo inherente al modelo, porque es un modelo que permitió que la voluntad popular y los mecanismos de participación ciudadana fueran sustituidos por el todopoderoso del dinero en las campañas electorales.

Es obsceno el costo que tiene una campaña electoral, y eso casi que en cualquier país. Eso solamente garantiza que sean los dueños de la riqueza los que se eligen y los que eligen gobiernos para satisfacer sus intereses y para cumplir sus objetivos. Entonces, aunque parecen presentarse alternativas nuevas en Colombia, el contexto en el que eso se da es un contexto de profunda decadencia del modelo democrático, y eso va a requerir una renovación que no va a venir del poder: tiene que venir de la ciudadanía.

Desde los tiempos en que escribí La franja amarilla he insistido en que lo que Colombia necesita no es un presidente, sino una ciudadanía capaz de ponerle freno a todos los males de la sociedad. Aquí por talentoso, por inteligente y por comprometido que sea un líder político, difícilmente va a poder obrar cambios si no tiene una ciudadanía. No bastan los votos, se necesitan ciudadanos. Pero alguien que es ciudadano solo cada cuatro años y se devuelve a su casa a ver televisión y olvidarse del mundo difícilmente puede ayudar a un proceso de cambio real, no importa quién lo encabece o proponga. ¿Cómo lograr esa ciudadanía nueva? Esa es una pregunta que yo me hago desde hace mucho tiempo y sobre la cual trato de trabajar permanentemente. Yo creo que es necesario, por supuesto, formular propuestas, reflexiones, reflexiones sobre la historia, sobre cómo nos formamos como nación.

Mis libros buscan eso, buscan compartir esas inquietudes y esas búsquedas. Siento que además el momento del mundo hoy está exigiendo ciudadanías distintas a las que tenemos, porque los problemas que hay que enfrentar no son meros problemas administrativos o políticos en el sentido estricto de la palabra. Son problemas que tienen que ver con la ética, con la participación ciudadana, con el tipo de relación que tenemos con la naturaleza, con la expectativa misma del vivir. Si la vida consistente exclusivamente en consumir energía y en manejar aparaticos, pues definitivamente no tenemos ciudadanos capaces de construir un paradigma de civilización distinto. Y difícilmente un gobierno le dará un viraje a eso.

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“Nos hicieron crecer en un mundo
y nos hicieron pensar que ese mundo era europeo, y que había sido trasplantado a los trópicos...
”.

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El libro El taller, el templo y el hogar parece girar en torno al progreso y a la pregunta sobre si hay o no esperanza. De alguna manera nos cuestiona frente a lo que debemos hacer para tener esa esperanza. ¿Cómo define usted el espíritu del libro?

Yo trato de mostrar cómo nuestra época, al mismo tiempo que ha hecho tal vez las mayores conquistas de la historia en términos de transformación de la naturaleza y de provisión de comodidades para la vida, simultáneamente está produciendo un desequilibrio creciente entre las fuerzas vitales del planeta. Además, está evidenciando una hegemonía dañina de la especia humana sobre el resto de la naturaleza, lo cual parece exigir en todos los tonos posibles la necesidad de un nuevo modelo de equilibrio.

La naturaleza requiere equilibrio, la relación del ser humano con la naturaleza requiere un equilibrio distinto. Sin embargo, nuestras prioridades no son de equilibrio, sino de crecimiento. El crecimiento demográfico parece exigir un crecimiento económico, y ese a su vez parece exigir un incremento de la productividad y un incremento del consumo; un incremento de la demanda de energía, un incremento de la velocidad del transporte. Todo parece incrementarse en un planeta que no puede crecer.

Entonces las reservas del planeta son cada vez más limitadas para satisfacer una demanda tan extrema que no está gobernada precisamente por las necesidades de la felicidad humana. La felicidad humana podría satisfacerse con mucho menos derroche, y con mucho menos abuso de la naturaleza.

La fuerza que verdaderamente parece dinamizar al mundo no es la satisfacción de las necesidades humanas ni el consumo, sino la necesidad del crecimiento del capital. Es el capital el que necesita crecer, el que necesita acumular, el que necesita rentabilidad creciente. Es por eso por lo que la humanidad tiene que crecer. El imperativo de crecimiento no es ni un imperativo de justicia ni un imperativo de redistribución o igualdad.

La desigualdad crece, la satisfacción de las demandas es inferior a las posibilidades del modelo mismo, pero lo que dinamiza todo es la sed de lucro y la necesidad del capital de reproducirse y de acumularse sin fin. No será el capital el que tome medidas correctivas ante eso ni serán los gobiernos elegidos por el dinero los que tomen medidas correctivas. ¿Quién podrá tomar las medidas correctivas? La comunidad.

La vemos muy dispersa, disminuida, aislada, pero como será la principal víctima de todo esto —del cambio climático, de la polución, de las pandemias, de las desigualdades, de las violencias que genera la misma desigualdad— es la que tendrá que reaccionar.

Aunque hoy se tiende a pensar que la humanidad solo reacciona bajo la égida de grandes caudillos o de grandes fuerzas impulsoras, yo creo que no es así. Yo creo que el genio anónimo y colectivo de la humanidad fue el que descubrió las fuerzas civilizadoras más grandes de la historia. Son los pueblos, y no los sacerdotes, los que encontraron el camino a los dioses; son los pueblos los que crearon las lenguas y no los académicos; son los pueblos los que inventaron los oficios y no las academias. La humanidad tuvo ciudades espléndidas mucho antes de que inventaran las facultades de arquitectura, y tuvo lenguas espléndidas y creativas mucho antes de que se inventaran las academias, que solo administran lo que la humanidad hace.

Hoy es de buen tono, por parte de muchos intelectuales, pensar en los pueblos como meras masas amorfas sin rumbo, capaces de destrucción, pero incapaces de creación y nobleza colectiva. Yo creo que los pueblos han sido los principales civilizadores del mundo, y que van a ser las comunidades las que van a encontrar las soluciones a los males de la época. Por supuesto profundamente fecundadas por la filosofía, por la razón, por el pensamiento, por la imaginación, por el arte… pero serán los pueblos los protagonistas.

Fotografía por: Penguin Random House Grupo Editorial

Usted señala que nunca antes tuvimos tanta capacidad tecnológica ni tanto conocimiento; nunca hemos sido tan racionales como ahora. ¿Cómo entender, en ese contexto, que aparezcan muchos líderes y caudillos que evocan una cosa casi mesiánica y milenarista? ¿Cómo entender el surgimiento de esas figuras?

Esta es una época que tiende a magnificar el papel del individuo en la historia y a disminuir el papel de las comunidades en la historia. No parece fácil identificar la manera como las comunidades crean grandes hitos históricos, y sin embrago, los grandes mitos civilizadores de la historia fueron fruto del genio anónimo de las multitudes. Eso no es fácil advertirlo en el día a día, pero uno lo ve en perspectiva en el horizonte de los pueblos.

Ya he hablado en los últimos tiempos de eso. Recordando una afirmación de Estanislao Zuleta: hay dos clases de revoluciones, las que estallan y las que ocurren. Las grandes revoluciones que estallan casi siempre necesitan grandes líderes políticos, y siempre son abruptas tomas del poder en las que un sector social es sustituido por otro. Pero esas revoluciones son menos eficaces que las revoluciones que ocurren. Las segundas por supuesto que tienen grandes inspiradores: el cristianismo tuvo un gran inspirador, con una doctrina filosófica tan original que todavía hoy sobrevive a la mala labor de sus iglesias (que muchas veces lo traicionaron y lo abandonaron). Sin embargo, la figura de Cristo sigue siendo una figura civilizatoria más grande, más admirable y más respetada que lo que hicieron las iglesias con ella, que muchas veces convirtieron su doctrina del perdón, la convivencia y el respeto por el otro en guerras religiosas y en tribunales de la Santa Inquisición. Cosas monstruosas que nadie habría sospechado que se hicieran en nombre de Cristo.

Siempre hubo iluminadores y espíritus, pero no a la manera de los líderes políticos, porque educaban más por el ejemplo, y si alguien intentó educar por el ejemplo fue Cristo. También hubo una gran revolución que es la del Renacimiento (de esas revoluciones que ocurren), que cambió profundamente la manera de vivir, la relación con la naturaleza, con el arte, con la sensibilidad, con la mirada, con la pintura y la música. Y uno podría decir que sus inspiradores fueron por igual Francisco de Asís, Dante Alighieri, Shakespeare y el mismo Cervantes, quienes revisaron el espectro de las emociones humanas y las posibilidades del lenguaje creador. Gente como Leonardo da Vinci, Campanella o Giordano Bruno… Yo creo que es una revolución de ese género la que necesita el mundo moderno, es una revolución en donde los individuos lleguen a tener un protagonismo muy grande —y las comunidades lleguen a tener un protagonismo muy grande—, que no se parezcan simplemente a las grandes revueltas políticas que casi siempre son colonizadas por el poder que creen tomarse, sino que abran horizontes para la vida, que sean cambios radicales de costumbres.

¿Esa es a la que se refiere usted cuando habla de “la revolución del afecto”?

Yo creo que una revolución de afecto es fundamental, pero también una revolución de la sensibilidad y una revolución de las costumbres. Porque lo que mantiene al capitalismo no es solamente la dinámica acumulativa del gran capital. Son también nuestros hábitos de consumo, nuestros hábitos cotidianos. Basta que la humanidad cobre conciencia de las cosas que no le convienen y que no necesita, y pueden ser grandes los cambios en muy poco tiempo.

Yo creo que eso ya estoy ocurriendo. Eso va calando lentamente. Uno no lo podrá advertir de día en día, pero de década en década se puede ver cómo la humanidad cada vez se preocupa más por los animales, por la alimentación, por si el trabajo nos satisface o es placentero; cada vez nos estamos preocupando más por contrariar algunas costumbres milenarias, como las de la sociedad patriarcal. En estos últimos tiempos se ve cada vez más contrariada la idea de la hegemonía machista sobre la cultura.

Hay una lucha grande, importantísima, de las minorías sexuales por devolverle a la diversidad sexual su lugar en el horizonte de la historia. Yo creo que todos esos son momentos de un profundo cambio de costumbres que va a transformar radicalmente el mundo en que vivimos. Pronto llegará la pregunta sobre si debemos permanecer en unas ciudades gigantes o va a tocar experimentar como lo hicieron los hippies en los años 60: la deserción de la gran sociedad de consumo. Yo creo que todo eso volverá más profundo y más cualificado. Y volverá no porque sea el capricho de nadie, sino porque la historia misma y sus desafíos nos lo imponen.

En una edición reciente de PLAYBOY tuvimos a Steven Pinker, quien asegura que esta es la mejor época que ha habido en la historia para vivir. Según él nunca ha habido tantas posibilidades de gozar de una mejor salud, de una mejor alimentación y todo ese tipo de cosas. Ciertos pasajes de su libro me remitieron mucho a lo que él dice.

Creo que alguna vez leí algo que él dijo, y si uno quiere buscar argumentos para demostrar que esta época es la mejor época que ha vivido la humanidad, pueden encontrarlos. Si uno quiere buscar argumentos para mostrar que esta es una de las épocas más peligrosas que ha vivido la humanidad, puede encontrarlos también. No creo que haya que ser demasiado selectivo con eso, porque el que es selectivo edita las respuestas y los fenómenos a conveniencia para producir un determinado efecto. Yo creo que conviene más recurrir al sentido común: la gente sabe que ahora las medicinas alivian muchas cosas, pero nadie ignora que mientras que unas medicinas nos alivian de una cosa nos enferman de otras cuatro.

Nadie ignora que ahora la gente tiene una posibilidad de estar muy bien alimentada, nadie ignora también los fenómenos nutritivos que la alimentación hiperprocesada produce en el mundo y las enfermedades que producen ciertos alimentos. Ya no es necesario agotarse en argumentaciones sobre lo que está produciendo el cambio climático, sobre la depredación del medio ambiente, sobre el saqueo de la naturaleza, es decir, si uno se dedica a ser selectivo puede inventar leyendas de toda índole en esta época, y eso pulula en Internet.

Señores como Pinker, o como cualquier otro, pueden crear sus propias versiones rosa del universo, o azules, o amarillas o grises. A mí me parece más interesante arrojar una mirada de conjunto sobre la sociedad, sin negar las conquistas, los avances, los logros que la ciencia, la técnica y la industria han producido para el mundo moderno.

Hay que advertir, sin embargo, que la gran revolución alimenticia tiene a millones de personas subalimentadas y excluidas, a la vez que millones de alimentos se desperdician y se destruyen para mantener los precios. El mundo es complejo, y verlo en su complejidad permite advertir mejor nuestras fortalezas y no cerrar los ojos ante los peligros.

Lo que me parece peligroso de una versión demasiado rosa de la modernidad es que aletarga y adormece la capacidad crítica, que va a ser fundamental para que superemos los males del mundo. Cierto optimismo rosa nos dice: no hay que preocuparse de nada. Esto se controla automáticamente... y resulta que, si no contamos con la voluntad humana y con la capacidad de reaccionar, va a ser muy difícil asumir desafíos como el del cambio climático, el de la necesidad del cambio de matriz energética, o como la necesidad de un retorno a una manera de vivir más austera y natural.

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“……que la humanidad cobre conciencia de las cosas que no le convienen y que no necesita, y pueden ser grandes los cambios en muy poco tiempo”.

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Usted ha señalado que los países del primer mundo están teniendo los problemas del tercer mundo. ¿La raíz de eso estará en que el primer mundo ha explotado y abusado tanto del tercer mundo que la gente de acá termina emigrando con sus problemas al primer mundo?

Es que la globalización cumplió su tarea, es decir, se acabó el primer mundo, y se acabó el tercer mundo. Los relojes planetarios están concertados, ya todos estamos en el mismo mundo, ya todos vivimos en la misma hora; unos con sol y otros con luna, pero todos vivimos en el mismo momento histórico. Y entonces ya hay tercer mundo en el primer mundo, y ya hay primer mundo en el tercer mundo.

Ya el primer mundo no está confinado en unas regiones de la geografía; está diseminado por el planeta. Y ya el tercer mundo no está confinado en una región de la geografía, sino que está diseminado por el planeta, y cada vez más.

Las tacitas de plata de las sociedades del bienestar cada vez atraen más desesperadamente a los que viven en los mundos marginales, violentos y empobrecidos. Por eso se está convirtiendo el Mediterráneo en un cementerio. Por eso Donald Trump está tratando de construir un muro para detener, no a México, sino para detener a América Latina, que quiere toda o una parte de ella llegar allá. Ahora hay tantos males allá en los Estados Unidos, que a lo mejor tenía razón el caricaturista que dijo que cuando Donald Trump haya construido el muro no van a encontrar los gringos cómo escapar hacia el sur cuando llegue el momento.

Los males del mundo están ya muy compartidos, el problema ambiental no afecta solamente a los países pobres, afecta a los países ricos y más fuertemente. El cambio climático ya no está escogiendo regiones geográficas, se manifiesta en cada región del mundo, con particular severidad, y eso que todavía está sin derretirse el Permafrost de Siberia, que si llegara a romperse, con uno o dos grados más de temperatura, liberaría los depósitos de metano más grandes de este planeta, cosa que contribuiría al calentamiento global de una manera escandalosa.

Entonces un documental como Home, que es tan accesible en Internet y que muestra cómo está la situación del planeta —y eso que lo hicieron hace ocho años— no fue financiado por los grupos ambientalistas de medio mundo, sino por las grandes empresas francesas, que están tan alarmadas como tendría que estar alarmado todo el mundo con el grado de alteración del carbono en la atmósfera. De manera que, así como ya los peligros vienen de todas partes, no tenemos derecho a negar que las soluciones vengan de todas partes.

Yo en estos momentos no me atrevería a negar, como sí lo negaban hace décadas algunos teóricos políticos, que hasta los grandes capitalistas y grandes empresarios podrían hacer aportes decisivos a la salvación del planeta, porque además de ser grandes capitalistas y empresarios también son seres humanos y pueden padecer ellos y sus familias las mismas consecuencias del mismo malestar, que es de todos.

Inevitablemente eso nos lleva a preguntarnos —poniéndolo de una forma muy simplista— si hay esperanza o no.

Sí, claro. Yo creo todos tenemos no solo el derecho a la esperanza, sino el deber de la esperanza. Uno permanece aquí porque cree que hay algo que hacer. Uno escribe libros porque cree que es necesario hacer algo, y que ese algo se podría hacer. Hay quienes identifican el espíritu crítico en la mirada a veces alarmada sobre lo que ocurre con esos términos que se inventaron en el siglo XVIII: el pesimismo y el optimismo. Entonces, si alguien señala las cosas que están mal, es un pesimista. Si alguien señala las cosas que están bien, es un optimista. Pero optimismo y pesimismo son estados de ánimo, no son argumentos profundos de nada. No creo que tengamos el deber de ser optimistas ni de ser pesimistas. Yo creo que tenemos el deber de mirar el mundo tal como está, celebrar sus virtudes, señalar sus peligros y confiar, sin embargo, en que la humanidad puede superar las cosas.

No todo el que critica lo hace por el mero hecho de crear desalientos. Al contrario, yo creo que solo critica el que cree que las cosas pueden cambiarse, que pueden corregirse, y que la humanidad puede encontrar caminos nuevos. Si sintiéramos que todo está perdido, más bien nos callaríamos. A veces a uno lo invitan a callarse cuando está mirando de una manera crítica la historia, pero uno lo único que está haciendo es tratando de aportar reflexiones y su propia sensibilidad a un proceso que solo tendrá respuestas y soluciones si todo el mundo participa, si todos aportamos de alguna manera nuestras inquietudes y nuestras reflexiones a esa tarea colectiva.

Si todo estuviera bien, si todo fuera por un muy buen camino, no haría ningún daño que haya gente quejándose porque todo va muy bien… Entonces, que algunos se quejen no molesta. A mí me inquieta por qué hay tantas voces que tratan de callar como apocalípticos a los que señalan defectos y errores, y salen a decir que no, que el mundo está muy bien. Si el mundo está muy bien, no hay problema. Lo grave sería que el mundo de verdad tenga peligros y nadie los señale. Eso sí sería verdaderamente dañino.

 

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