Sabor a mí - Zlatan Ibrahimovic & Zlatan Ibrahimovic

PLAYBOY presenta un extracto de Camas y Famas, el nuevo libro de Daniel Samper Pizano.
Imagen por Matador

Este artículo sale en la edición impresa de PLAYBOY COLOMBIA de diciembre de 2017 

El sueco Zlatan Ibrahimovic ha sido uno de los grandes futbolistas europeos de los últimos años. La presencia de estrellas más brillantes le ha impedido conquistar el Balón de Oro, máximo galardón de los goleadores. Pero hay un título que nadie le disputa: el del mayor ególatra del mundo. Esta es la historia de su desbordado amor por sí mismo.

La mansión más grande y hermosa de Malmö, en el sur de Suecia, está identificada como “la casa rosa” y tiene en su entrada un muro de color rojo en el que cuelga la máxima obra de arte de la residencia. Se trata de una enorme fotografía, obra de Efrem Raimondi, donde se ven dos pies descalzos juntos. Los visitantes los han descrito como “asqueroso” y “una porquería”, pues no se parecen propiamente a los de las venus antiguas ni los del niño neoclásico que adorna otra pared del palacete. Los empeines revelan pequeñas llagas y restos de heridas. El dedo gordo del pie izquierdo exhibe algo que quizás fue una uña y se convirtió, por culpa de golpes y pisotones, en un trozo de pezuña equina; el meñique de la derecha parece un tarugo, un apéndice jorobado procedente de otro pie; los dedos segundos miran en dirección opuesta a

sus colegas; arterias de aspecto varicoso y pequeños pelos aislados en las falanginas contribuyen a afear aún más el retablo.

Cuando los visitantes de la mansión preguntan por el apabullante retrato pedestre, el dueño de casa, Zlatan Ibrahimovic (conocido como Zlatan o Ibra) comenta indignado: —Imbéciles, ¿no lo ven? Esos son los pies que han pagado esta casa.

Esos pies no solo pagaron la mansión rosa, sino que han anotado más de 320 goles y conquistado numerosas victorias y copas en la selección sueca y en equipos de primera categoría mundial: Ajax, de Holanda; Juventus, Milán e Internacional, de Italia; Barcelona, de España; Paris Saint-Germain (PSG), de Francia, y Manchester United, de Inglaterra. Pero no solo han anotado goles. Cuando jugaba en el Milán, y ya terminado un partido, Ibrahimovic le asestó con el pie derecho una cariñosa patada en la cabeza a uno de sus compañeros mientras este daba declaraciones a un periodista, y el amigo terminó en la enfermería. Pues ocurre que Zlatan, además de gran jugador, es aficionado a las bromas pesadas.

En otra ocasión, al perder un partido, entró energúmeno al vestuario, dio formidable patada al tablero en que el entrenador explicaba las tácticas de juego, y el tablero saltó disparado y cayó sobre la cabeza de otros jugadores. Y es que Zlatan, además de gran jugador y aficionado a las bromas pesadas, es un tipo de temperamento colérico. Esas mismas extremidades, sumadas a las piernas de las que son remate, lo obligan a contratar con frecuencia vuelos en aviones privados porque los estrechos espacios entre sillas de las aerolíneas comerciales “me rompen los pies”. Y finalmente sucede que Zlatan, además de gran jugador, de aficionado a las bromas pesadas y de tipo de temperamento colérico, es un gigante de 95 kilos de peso y 1,95 metros de altura.

Solo supera su formidable tamaño otra condición suya, la que quizás acabará por opacar su indudable habilidad como deportista y lo hará pasar a la historia universal de la tontería: el colosal ego que habita en él y lo desborda por todos los poros. El de este sueco es un caso extremo de amor propio y admiración por sí mismo, que raya en el autoapasionamiento.

Zlatan adora a Zlatan. Lo venera. Daría la vida por él. Dichoso de haberse conocido, se hipnotiza ante

su propia contemplación. No le faltan rivales en narcisismo, y mucho menos en el mundo de los deportistas y artistas y líderes famosos. Pero ninguno supera la pasión de Zlatan por Zlatan. A su lado, Mohamed Ali es san Francisco de Asís y Cristiano Ronaldo es el Soldado Desconocido. Pese al indudable cariño que profesa por su esposa y sus hijos, en la cumbre de su asombro reina Ibrahimovic y solo Ibrahimovic.

Sus frases en Yo mayor son famosas en todo el planeta. Las denominan en varias lenguas zlatanadas. Algunas tienen cierto ingrediente de humor o sátira, pero la mayoría son expresiones en alabanza del personaje favorito de Zlatan, que —ya lo saben— es Zlatan. Por eso he incluido, entre las parejas más extrañas de este puto mundo, la que forma él con él.

La salvación es redonda “El narcisismo de nuestra época está alcanzando cotas inimaginables —dice el escritor Julián Marías—. Hay un creciente número de individuos tan enamorados de sí mismos que dan por sentado que todo lo que ellos hagan, opinen, tengan o incluso padezcan es bueno o está dignificado”. No lo escribió Marías a propósito de Ibra, pero le cae a este a la perfección. El sueco es de esos personajes que hablan de sí en tercera persona del singular, como Tarzán, Maradona o el papa. “Zlatan piensa”, dice Zlatan; “Ibra opina”, opina Ibra. Se trata de un truco gramatical que permite elogiar con mayor comodidad a ese que está allí, y que no es otro que él mismo, su espejo. En el mundo del espectáculo y del deporte

profesional —que cada vez es más un espectáculo— abundan los personajes cuya circunstancia sufrió en el curso de pocos años una transformación radical. De pobres a multimillonarios, de desconocidos a famosos, de marginados sociales a protagonistas. No todos asumen semejante conversión con inteligencia ni con humildad. Tampoco con madurez, pues suelen ser individuos muy jóvenes y con escasa educación que terminan rodeados por amigos de última hora que pretenden guiarlos y acompañarlos y al final forman el segundo coro de aduladores. El primero es la familia, a menos que tengan la suerte de contar con un entorno de allegados capaz de mantenerles la cabeza despejada y los pies sobre la tierra.

La consecuencia final es que a menudo moldean su personalidad con el barro de su fama y de la idolatría y no con las lecciones que les debían de dejar una infancia austera y un origen popular.

El barrio natal de Zlatan es una zona de inmigrantes de Malmö, tercera ciudad de Suecia: Rosengard, “Jardín de rosas”. Tiene 22.000 habitantes, el 90 % de los cuales ha nacido en otros países. Las principales colonias provienen de Irak, Polonia, Líbano, Somalia, Afganistán, Bosnia y Croacia.

Justamente el padre de Ibrahimovic es musulmán bosnio y su madre, croata cristiana. Ibra nació el 3 de octubre de 1981 rodeado de hermanos y medios hermanos (seis en total); dos años después sus padres se divorciaron. El motivo fue la afición de Sefik Ibrahimovic al alcohol. “Era el mejor hombre del mundo”, reconoce su hijo, pero bebía para ahogar sus penas, aguzadas por la guerra, esa guerra que destrozó a la

antigua Yugoslavia entre 1991 y 2001. Una de las abuelas de Ibra murió en Croacia durante un bombardeo aéreo. Al separarse los padres, Zlatan y su única hermana de doble sangre se quedaron con mamá y los fines de semana visitaban a papá. Entre domingo y domingo, Zlatan se convertía en “un niño salvaje, un verdadero terror”. Robaba bicicletas, hurtaba mercancías en las grandes tiendas, se peleaba con chicos de otras etnias y pasaba buena parte del tiempo en la calle. “Era peleador, estaba loco, nunca llegaba a tiempo a la escuela y solo de vez en cuando hacía mis deberes”, confesó a un periodista en su biografía autorizada. En esa época Ibra quería ser abogado. Su viejo estaba tan desesperado con el chico que no le habría importado que lo fuese.

Y entonces llegó el fútbol y lo salvó.

Empezó destacándose en equipos infantiles de su barriada y en 1999 debutó en el Malmö FF, al que ayudó a pasar de segunda división a primera. Un espía del Ajax lo vio y el célebre equipo holandés le dio su primera oportunidad internacional. Allí fue dos veces campeón y reveló su espíritu de ganador, que a veces se traducía —y se sigue traduciendo—en estallidos temperamentales y algún que otro puñetazo o patada a un rival. Al cabo de cuatro años de éxitos en el Ajax, lo compró el Juventus (la Yuve); ganó dos campeonatos, pero luego el conjunto turinés los perdió porque sus directivos arreglaron mañosamente algunos resultados en un famoso escándalo. Desguazado el falso campeón, a Ibra lo adquirió otro equipo legendario, el Internazionale (el Inter) de Milán, donde ganó tres títulos seguidos y fue goleador del torneo italiano. El siguiente paso fue el Barcelona, que pagó una suma millonaria por él en 2009. Pero el sueco no se entendió con Pep Guardiola, el director técnico que en ese momento estaba montando un equipo de ensueño, reconocido ya como el mejor conjunto de la historia del fútbol. El corto circuito entre los dos fue total. El catalán se dio tardía cuenta de que el modo de ser de Ibra chocaba con el estilo austero y tranquilo del vestuario del Barça y su estilo de juego no se acomodaba a la máquina que armaba Guardiola en torno a Lionel Messi, la más brillante estrella que ha producido el firmamento del fútbol. Entretanto, Zlatan decía que Pep no le dirigía la palabra ni la mirada. Era una doble incompatibilidad, pues Ibrahimovic acusó también a Messi de haberse desplazado desde el ala derecha hacia el centro del campo a fin de apropiarse del territorio de Ibra.

En sus memorias, el sueco recuerda burlón el espíritu que prevalecía entre los jugadores barcelonistas, a los que califica de escolares juiciosos. “Todos, hasta los superestrellas, eran silenciosos, amables, buenos camaradas”, sostiene Ibrahimovic a manera de crítica. “No había un puesto para mí en el pequeño mundo de Guardiola —alega—. ¡El viejo Zlatan había desaparecido! ¡Yo era una sombra de mí mismo!”. El epílogo fue una tempestad verbal de insultos que profirió el viejo Zlatan contra el técnico en el vestuario, no sin antes levantar de una patada el canasto de la ropa sucia. “Lo increpé, le aullé, le dije que le faltaban cojones y que se acobardaba frente a José Mourinho”, señala. No lo golpeó, seguramente, porque se trataba de “un tipo medroso que reflexionaba muchísimo”.

Al finalizar la temporada, el Barcelona vendió al sueco por 50 millones de euros menos de lo que había pagado por él. Como venganza, Ibra manifestó que soñaba con ir a un equipo dirigido por Mourinho, el Salieri portugués de Guardiola, y no volvió a pronunciar el nombre de Pep en público. Lo denominó el Filósofo, mote que para Zlatan debe de ser una importante descalificación. Regresó al Milán y de allí pasó al PSG donde, entre 2012 y 2016, el sueco volvió a deslumbrar en el campo, recuperó su prestigio, revalorizó su ficha y encumbró su ego hasta las nieves perpetuas.

Sus primeras declaraciones cuando firmó con el conjunto parisino fueron: “No conozco bien la Liga francesa, pero la Liga francesa sí me conoce bien a mí”. Estuvo cuatro años como protagonista del torneo y el psg fue constante campeón, pero fracasó en los campeonatos europeos. “Llegué a París como un rey —dijo a modo de despedida en junio del 2016— y me voy como una leyenda”. Se marchó al Manchester United, dirigido por su héroe Mourinho, y a principios de enero sentenció: “Me han bastado tres meses

para conquistar Inglaterra”. La realidad no muestra que sea así: el ego suele viajar más veloz que el individuo. Ibra sigue siendo un buen jugador, pero no es el héroe al que lanzaban incienso en París. Por una parte, el torneo inglés está varios pisos por encima del francés. Por otra, Zlatan llegó a Manchester cuando estaba a punto de cumplir 35 años, una edad avanzada para un futbolista. Finalmente, la temporada

del M.U. no fue envidiable, y Zlatan terminó lesionado.

Considerando esta circunstancia, el héroe sueco ya habla de la posibilidad de jugar sus últimas temporadas en el fútbol chino o en el estadounidense, donde muchas estrellas han apacentado su ocaso. Afirma que sueña con permanecer más tiempo cerca de su familia. Su mujer, la exmodelo Helena Seger, lo conoce y sabe cómo manejarlo. La frase con que la rubia aceptó los amores de ese futbolista larguirucho once años menor que ella fue la siguiente: “Zlatan, eres un idiota integral, pero me diviertes”. A él le pareció poesía. Tiene dos niños; Maximiliano, nacido en 2007, y Vincent, que llegó en 2008. Los cuatro forman un hogar feliz junto con las niñeras suecas que se ocupan de los pequeños, los perros y la monstruosa foto de sus horripilantes pies.

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