Rami Malek la rompe en Bohemian Rhapsody

Imagen por Fox

Durante los 10 años de esfuerzo y trabajo que tomó llevar a las pantallas de cine la saga de la maravillosa y extravagante banda de rock Queen, la pregunta constante y uno de los factores decisivos fue si valdría o no la pena verla ¿Quién podría interpretar al dios del rock Freddie Mercury, la voz dorada de la historia del rock, uno de los hombres más carismáticos, seductores y escandalosos de la historia?

Sacha Baron Cohen pasó seis años vinculado a este proyecto respaldado por la banda, pensando que esta sería una película biográfica de Mercury, incisiva y sin restricciones. Se retiró, según se informa, cuando descubrió que el guitarrista Brian May y el baterista Roger Taylor querían una película con clasificación para mayores de 13 años en la que Mercury moriría producto del libertinaje, las drogas y el SIDA a la mitad de la cinta y el resto de la sería sobre la banda que continuaba desde allí. Terrible idea.

El gran Ben Whishaw estuvo a punto de protagonizar la película, pero por fortuna para quienes vean Bohemian Rhapsody, una película creativamente conservadora, es que Rami Malek, mejor conocido por su papel en el show de televisión Mr. Robot, fue quien se quedó con el papel de Mercury y lo domina desde el principio hasta el crudo final. Incluso con una sucesión de pelucas dudosas, una prótesis de dientes falsos que distrae la atención, una constitución musculosa en comparación con la de Mercury y el estar atrapado en una estructura cliché de saltos entre pobre-rico-pobre-rico, Malek ha dado en el clavo con la grandiosidad, el exotismo, la sexualidad y la vulnerabilidad que sobrecarga la película, incluso en sus momentos más regulares, y hay muchos.

La película, escrita por Anthony McCarten (The Theory of Everything) a partir de una historia de Peter Morgan (The Crown) comienza de forma apropiada con el extravagante Freddie, nacido en Zanzibar (cuyo nombre de nacimiento era Farchak Bulsara) trabajando como empleado de equipaje en el aeropuerto después de emigrar a Londres con sus padres parsi-indios (Ace Bhatti y Meneka Das), con los que tiene varios desacuerdos por su personalidad. Hace una audición, impresionante, en la calle para una banda de rock llamada Smile, se convierte en su cantante principal, se cambia el nombre a Freddie Mercury y renombra a la banda como Queen.

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Rami Malek ha dado en el clavo con la grandiosidad, el exotismo, la sexualidad y la vulnerabilidad que sobrecarga la película, incluso en sus momentos más regulares, y hay muchos.

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Pero esperen un segundo. ¿Freddie ha cantado así toda su vida? ¿Qué sabe su familia de sus ambiciones? A pesar de que Bohemian Rhapsody no se detiene a responder esas preguntas básicas, nosotros sí nos las hacemos. Y nunca nos enteramos de las respuestas, al igual que nunca sabemos exactamente qué es lo que impulsa sus constantes disputas y enfrentamientos con los demás miembros de la banda: el baterista Roger Taylor (Ben Hardy), el guitarrista Brian May (Gwilym Lee) y el bajista John Deacon (Joseph Mazzello, que no aparece mucho en la película pero, como Hardy y Lee, hace un excelente trabajo).

Lo que sí vemos es al artísticamente ambicioso Mercury, siempre queriendo romper las barreras musicales, ser apoyado y socavado por los managers (Aidan Gillen, Tom Hollander y Allen Leech, cada uno tan excelente como se esperaba), adoptando gatos, cargando con un séquito de parásitos y drogadictos, y que, por mucho que amara a su novia, su alma gemela Mary Austin (una excelente Lucy Boynton), se consumió en los bares gay, en las pastillas, en la cocaína, saltando de un hombre al otro, dando extravagantes fiestas que rayaban en lo vulgar y pervertido. “Soy exactamente la persona que siempre debí ser; no le  tengo miedo a nada”, le dice a Mary, y finalmente acepta su sexualidad.

Mercury ayudó a Queen a entrar en el panteón de la realeza del rock, y las escenas relacionadas con la creación de obras, como Killer Queen, We Are the Champions y especialmente la canción que le da nombre a la película, son fuertes y, podría decirse, los puntos más altos de la trama. Todo está muy bien cuando Mercury está hasta ahora entrando en ese mundo, pero cuando toca su fondo hedonista, las cosas se ponen sombrías. Malek encarna a Mercury como una figura trágica, torturada y desesperadamente solitaria, alejada de su amada Mary y de los miembros de la banda. Como si todo eso no fuera suficiente, el guion se desarrolla de forma rápida y descuidada frente a la verdad cuando muestran a Mercury siendo diagnosticado con SIDA dos años antes de su diagnóstico real en 1987. Esto ayuda a amañar un poco el gran final de la película, una recreación de la asombrosa Queen de 1985 durante su presentación de 20 minutos en el estadio Wembley de Londres para Live Aid, un punto de inflexión de la carrera de Mercury y Queen que logró una audiencia de 1.900 millones de personas.

Sin importar lo conmovedor que pueda ser el retrato de la amistad entre Mercury y Mary, la película escatima en los detalles de su larga y rica relación con Jim Hutton, muy bien interpretado por Aaron McCusker, a pesar del poco tiempo de pantalla que tiene y en el que debe estar, permanentemente, mirando amorosamente a Mercury. Incluso con lo mejor de la actuación de Malek, Bohemian Rhapsody pasa sin pena ni gloria, falta de estilo y profundidad. Teniendo en cuenta su complicada historia de producción—los actores Malek, Holland y otros miembros del elenco se quejaron de las ausencias y falta de profesionalismo del director Bryan Singer, y Fox contrató a Dexter Fletcher para reemplazarlo—la película se desarrolla, sorprendentemente, con fluidez. Tal vez demasiada.

Por la forma en que Freddie Mercury vivió su vida se merecía una película que garantizara que saliéramos de la sala de cine como si acabáramos de ver una revelación. Pensemos, por ejemplo, en una película hecha por el director Ken Russell, famoso por hacer grandes cintas sobre músicos. Una película con clasificación para mayores de 13 años no era suficiente.

 

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