¿Por qué los personajes infantiles siguen siendo importantes?

Imagen por MicroPixels

Hasta este año no sabía nada de la película de Christopher Robin, vi los poster y uno que otro trailer de vez en cuando. Lo primero que pensé fue “vale, por esto fue que Ewan McGregor rechazó el papel de Dumbledore en Animales fantásticos” lo segundo fue “Esos peluches se ven un poquito perturbadores” y por último se me ocurrió preguntarme ¿por qué seguir haciendo películas de todos estos personajes?

Hace poco Nickelodeon anunció que volverían a traer a los Rugrats a la pantalla, el año pasado se confirmó una película de Kim Possible,  hemos visto que películas como Buscando a Dory y Los Increíbles 2 llenaban las salas de adultos y se quedaban con enormes halagos tanto en taquilla como de la crítica. Eso sin hablar de las películas live action de los cuentos clásicos que incluso se dieron el lujo de fichar a Emma Watson entre su elenco. Es imposible ignorar que estas narraciones son poderosísimos objetos culturales y aunque en su gran mayoría cuentan con el peso de productoras titánicas, gran parte de su éxito y presupuesto dependen en realidad de las audiencias.

Habiendo visto Christopher Robin, puedo asegurar que la historia de la película es una que nos han contado mil veces. Un niño que tiene que crecer y se olvida de que fue niño, se vuelve adicto al trabajo e ignora que la felicidad simple fue lo más importante en la vida en algún punto. Ya lo vimos en Hook  de Steven Spielberg, donde Robbie Williams hace el papel de Peter Pan y regresa a nunca jamás. También en Un cuento de navidad con el personaje de Scrooge. Y aunque todas estas lecciones, sobre el amor, sobre la familia, la lealtad, la fuerza de voluntad y lo importante de fascinarse siempre con el mundo a nuestro alrededor las tengo muy interiorizadas, cada una de estas películas se las arregla para que salga del cine con el ojo lloroso y sintiendo que acabo de presenciar una revelación, una obra maestra, algo realmente precioso.

Winnie Pooh y sus amigos del bosque de los Cien acres fueron gran parte de mi infancia, por lo menos 10 peluches del oso comelón pasaron por mi cuarto a lo largo de los años y en mi familia tampoco escasearon (Hasta el día de hoy mi prima carga con Igor de arriba para abajo por todo lo largo y ancho del globo terráqueo). Recuerdo con claridad cada una de las tramas de estos personajes y las lecciones que aprendieron, desde Piglet que siendo pequeño siempre fue el más valiente, a Tigger cuando se enteró de que ser distinto y tal como era lo hacía el más especial de todos. Fueron justamente esas lecciones tan simples llenas de color y amistades las que me enseñaron que en el mundo todos podemos ser un Piglet o un Tigger.

En sus personajes, cada uno con su propia personalidad y aportando al mundo en el que vivían entendí lo que era la diversidad sin necesidad de que me hablaran de orientaciones, de razas o de pensamientos. Por supuesto que nada de esto fue precisamente explícito, es raro que lo sea. Pero verlo tan naturalmente sin necesidad de que enfatizaran fuertemente en las evidentes diferencias entre un cerdito y un tigre en retrospectiva ayudó a que entendiera que nadie puede definir lo que soy más que yo misma, que el mundo nunca es uniforme, es grande, y que los amigos vienen de todas partes, en todas las presentaciones posibles.

La razón de ser de todos estos mensajes repetidos no es solamente comercial. Lo que vemos y leemos va formando la manera en la que pensamos el mundo. Creamos sentido a partir de lo que conocemos, y es supremamente importante que esa visión no se limite solamente a una realidad. En la literatura infantil el esfuerzo por presentar elementos de importancia cultural y social es cada vez mayor y más explícito. Cuando crecemos, tal como Christopher Robin, las preocupaciones del mundo y la funcionalidad de este se hacen un elemento esencial de la vida, la importancia de trabajar para vivir y hacer lo que sea necesario para lograr el éxito se hacen presentes a cada instante. Vivimos presionados con la idea de que todo debe tener un propósito productivo, de otra forma no sirve. Y nos olvidamos de que las cosas más grandes e importantes que han llegado al mundo no han sido precisamente frutos de una cadena de producción y de archivar papeles, sino de aquellos que en la vida se han atrevido a romper con lo conocido, han hecho preguntas y se han arriesgado a hacer realidad una fantasía.

Cuando vemos el mundo pendiendo de un hilo, crisis políticas en todos lados, luchas por derechos básicos y discursos de odio siendo vociferados a diestra y siniestra hace falta ser muy ajeno para no sentirse desilusionado. Es angustiante detenerse y mirar un mundo que siempre se está moviendo a toda velocidad y no espera a nadie, lo que ayer fue noticia hoy ya no importa. Un artículo se leyó y se desechó, una película salió y a la semana siguiente otra ya la reemplazó. El trabajo parece ser paños de agua tibia para sostener un mientras tanto y el entretenimiento es perder el tiempo. Un problema personal ya no puede ser tan grave porque el mundo siempre estará peor.

Los personajes infantiles y animados no solo están ahí para verse bonitos en maletas y loncheras. Son la representación expresa de fantasías que pueden ser posibles, son la declaración de una visión de mundo que se pone sobre la mesa una y otra vez para que la gente pueda verla y seguir tomando e interpretando esos mensajes que alguna vez dieron y que ahora pueden tener más significado. El tejido de lo que somos y hacemos está marcado por eso en lo que creemos, no solamente en conceptos cambiantes y relativos como el bien y el mal sino las historias que cargamos con nosotros para hacer la nuestra propia.

No en pocas ocasiones tomamos en broma frases que pueden sonar evidentes y que surgen de un pensamiento casual. En un principio nuestra primera reacción es tomar a la ligera todo lo que suena bonito porque es idealista y no tiene cabida en el mundo en el que vivimos, o porque quien lo dijo no es precisamente un líder o un sabio, mucho menos alguien que consideremos sensato. Winnie The Pooh no es precisamente un personaje brillante, pero en pocas ocasiones he escuchado palabras más aterrizadas y ciertas al respecto de la vida como las que dice este oso. Y no se trata de vivir la filosofía de que no hay que buscar las cosas porque de alguna forma llegarán, sino de tomarlas con calma y con pasión antes de llegar a resentirse o hacer de algo con valor más bien transitorio el centro de una vida.

Muy pocas de las cosas que se crean son irrelevantes, y tal vez es tiempo de dejar de ver los mensajes de las historias de niños como frases bonitas y personajes simpáticos con los que perder el tiempo hasta que toque crecer.

Mientras se esté leyendo o viendo el mundo, cualquiera que sea y de donde quiera que venga, ese hacer nada y ese perder el tiempo van a llevar al mejor tipo de algo.

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