Luchando por el derecho a la libre expresión en la capital de Bangladesh

Imagen por Ahmed Hasan

Todos me advirtieron que evitara ir a Bangladesh. A pesar de eso estaba en salidas internacionales, esperando con nervios mi segundo vuelo en el aeropuerto de Nueva York. Dieciocho horas después, aterricé en Daca —la capital y ciudad más grande del país del sur de Asia— ansioso por asistir a la edición 2017 del Festival Literario de la ciudad. Mientras esperaba a que los otros escritores llegaran, eché un vistazo a la maraña de buses, bicicletas y carretillas moviéndose de un lado a otro. “¿Cuántas personas vendrán en realidad?” Pensé. Una pregunta apropiada dado que durante los últimos cinco años, varios escritores, periodistas y activistas han sido acosados o encarcelados en la región, atrapados entre una máquina estatal dispuesta a oprimirlos y terroristas religiosos sedientos de sangre.

Si bien el Festival Literario de Daca (DFL) ha estado en funcionamiento desde 2011, los organizadores no son ajenos a las cancelaciones repentinas y en 2015, 19 participantes se retiraron del festival en respuesta al asesinato de cinco secularistas de Bangladesh ese año (Incluyendo a Avijit Roy, un blogger que fue asesinado mientras visitaba una feria de libros con su esposa). La edición del 2016 del festival se desarrolló en circunstancias aún peores: en abril de ese año, un estudiante de derecho fue asesinado por islamistas en un cruce peatonal en Daca y en julio, un grupo de hombres armados abrieron fuego en una panadería en el exclusivo barrio de Gulshan, matando a 29 personas (incluyendo múltiples extranjeros, la mayoría de ellos italianos y japoneses).

El escritor y co-director de DFL Ahsan Akbar recuerda una memoria publicada en The Spectator y aunque algunos participantes se habían retirado del festival 2016, la fe de los organizadores fue mantener el espectáculo por la presencia del escritor ganador del Premio Nobel Sir Vidiadhar Surajprasad Naipaul TC (mejor conocido como V.S. Naipaul), quien estuvo en el escenario. Akbar describe que Naipaul recordó a sus colegas y admiradores que sucumbir al miedo no es una opción, a pesar de ser tentador; sin embargo, los riesgos de seguridad obligaron a los organizadores de la DFL a tomar precauciones extremas. Otro de los invitados, Garga Chatterjee recordó haber encontrado una nota en la almohada de su hotel diciendo que se prohibía cualquier salida más allá del festival.

Debido al caos, es comprensible que mi familia y amigos se opusieran a mi viaje, y eso que siempre tengo en mente destinos controversiales; sin embargo, silencié sus preocupaciones y mantuve una actitud sólida e inquebrantable, motivado por el hecho de que crecí en Abu Dhabi, donde el gobierno nunca publicó lecturas acordes para mantener a sus trabajadores migrantes en condiciones seguras. Como resultado, crecí pensando que la verdadera libertad de expresión no existía en ningún lugar, y que cualquiera que estuviera dispuesto a oponerse a esa realidad pondría en riesgo su vida.

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Un elemento crucial en el poder y la persecución en Bangladesh ha sido la voluntad de ambas partes para aprobar una legislación draconiana diseñada para silenciar cualquier oposición.

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En contraste, la edición de 2017 del festival apareció como si pudiera llevarse a cabo en condiciones menos dramáticas que en ocasiones anteriores. A pesar de la situación relativamente tranquila en la política del país, más de medio millón de rohingya (miembros de la minoría musulmana perseguida por Myanmar) fueron aterrorizados por las fuerzas gubernamentales de Myanmar y huyeron a través de la frontera hacia Bangladesh en los tres días del festival, un acto que el Comisionado de las Naciones Unidas por los derechos humanos luego denominó como “limpieza étnica”. Mientras los periodistas transmitían imágenes del creciente campo de refugiados de Rohingya en Bangladesh al resto del mundo, el Festival Literario de Daca se puso en marcha cuando el periodista indio Jyoti Malhorta alertó a la audiencia sobre la desaparición de Mubashar Hasan. El profesor universitario que había investigado el extremismo islámico en la región fue secuestrado unos días antes del comienzo del festival. Un comienzo desfavorable pero uno que hizo que estar allí se sintiera más necesario aunque solo fuera para dar testimonio de las tribulaciones de un país cuyo futuro parecía más prometedor una década antes.

A pesar de convertirse en sinónimo de catástrofe en los medios de comunicación occidentales desde que lograron la independencia en la Guerra de Liberación en 1971, en la década del 2000, Bangladesh alcanzó tasas de crecimiento tres veces más altas que el promedio de un país europeo en educación, agricultura y expectativa de vida. Un futuro mucho más brillante de lo que muchos habían imaginado. Sin embargo, mientras la economía de Bangladesh prosperó, los secularistas de la liga Awami y los nacionalistas religiosos del BNP se turnaron para tomar el poder y explotar los recursos del Estado para acosar a la oposición. La violencia creó resentimiento entre ambos lados durante las últimas dos décadas, lo que llevó a cientos de casos de bombardeos, apuñalamientos, asesinatos, secuestros y actos de destrucción contra laicos e islamistas; sin embargo, gran parte de la violencia reportada en el extranjero se ha infringido principalmente a los progresistas y secularistas, lo que no sorprende a la organización de Reporteros sin Fronteras, que sabe que si bien Bangladesh es secular “oficialmente”, se considera una “mala idea criticar la constitución o el Islam”.

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En un ambiente tan polarizado, llegar a la verdad es casi imposible. 

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Un elemento crucial en el poder y la persecución en Bangladesh ha sido la voluntad de ambas partes para aprobar una legislación draconiana diseñada para silenciar cualquier oposición. De hecho, el 8 de octubre de 2018, el presidente Abdul Hamid promulgó la nueva ley de seguridad digital, que tipifica como delito la difamación de los funcionarios del gobierno, lo que facilita que el Estado procese a los periodistas.

Mientras que la libertad otorgada a las voces suprimidas por la revolución de internet creó una serie de publicaciones en línea capaces de ejercer un mayor nivel de libertad de expresión como el blog de Avijit Roy Mukto-Mona. También significó un escrutinio mayor de las voces seculares de Bangladesh, lo que permitió a los extremistas controlar sus actividades e incluso sus movimientos, como le sucedió a Roy, quien fue acosado en Facebook y amenazado de muerte antes de ser asesinado frente a la policía. Como resultado de la ley de seguridad digital, el espacio para la libertad de expresión en Bangladesh se ha reducido drásticamente, con el índice de mundial de Libertad de Prensa de 2018 ubicándolo en el puesto 146 de 180, solo un puesto delante de un México paralizado por los carteles. Además, el índice informó que “la autocensura de los medios está creciendo [en Bangladesh] como resultado de la violencia endémica contra periodistas y medios de comunicación”.

En un ambiente tan polarizado, llegar a la verdad es casi imposible; sin embargo, lo que quedó claro durante mi viaje en 2017, fue que a pesar de la complicada historia reciente de Bangladesh (arrebatos violentos, represión inefectiva, momentos de tensa calma y feroces re erupciones), iniciativas como el Festival Literario de Daca no solo han aumentado el número de lugares para librepensadores en Bangladesh, sino que también han brindado a la capital del país una de sus pocas oportunidades para considerar problemas y soluciones a escala internacional.

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“Donde la luz del debate y la libertad de expresión se extingue, la oscuridad es mucho más profunda, palpable y prolongada. [...] la batalla para reafirmar la libertad debe ser peleada nuevamente en cada generación”.

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A pesar del drama, mi viaje resultó sin incidentes. Los escoltas de seguridad se sintieron innecesarios y esta vez, no había ninguna nota de advertencia en la almohada de nadie. Aunque me aconsejaron que no lo hiciera, caminé por las calles en varias ocasiones de día y de noche sin ninguna repercusión y solo me encontré con amistad o curiosidad. Durante esos cinco días leí mis poemas sobre los Emiratos Árabes frente audiencias entusiastas, de los cuales muchos, tenían familiares o amigos que trabajaban allí, y luego di un par de conferencias al sur del país, cerca de la frontera con Myanmar. Me di cuenta de que en mis dos vuelos, yo era la única persona blanca que no era un periodista que iba a documentar la expulsión de los Rohingya. Cuando no podía asistir a todas las lecturas o discusiones que me hubiera gustado, recorría los frondosos terrenos de la Academia Bangla donde se celebra el festival cada año y me impresionaba con el entusiasmo de los miles de jóvenes asistentes que parecían saltar de un evento al otro. Esta imagen me dio un contraste con muchos festivales literarios occidentales, donde los grandes escritores terminan leyendo su trabajo a un puñado de adultos mayores. Esa vista era muy reconfortante.

Hoy en día, demasiados países alrededor del mundo se encuentran precariamente cerca de la turbulencia que Argentina experimentó durante su Guerra Sucia (1976-1983), cuando miles de “desaparecidos” se desvanecieron gracias a la paranoia policial, o por los asesinatos interminables de periodistas en la continua Guerra de Drogas en México (2006-). Si no se controla, no es difícil ver a Bangladesh (o a cualquier país) deslizarse hacia este tipo de caos, por lo que sería prudente recordar las palabras de Christopher Hitchens, quien una vez comentó que “donde la luz del debate y la libertad de expresión se extingue, la oscuridad es mucho más profunda, palpable y prolongada. Pero la necesidad de ocultar las malas noticias o las opiniones desagradables siempre será muy fuerte, por lo que la batalla para reafirmar la libertad debe ser peleada nuevamente en cada generación”.

La luz que Hitchens describió fue evidente en Daca, sin duda fomentada por la calidez y seriedad de los co-directores del DFL, los cuales son artistas por derecho propio. Y al final, quedó claro que la generosidad de nuestros anfitriones y audiencias se filtró a muchos, como lo demuestra el novelista Anuk Arudpragasam cuya novela La historia de un matrimonio breve (Flatiron / Macmillan, 2016) fue galardonado con el premio DSC y 25.000 dólares en el cierre del festival, y quien donó rápidamente un tercio de sus ganancias a las ONG que asisten a los Rohingya; sin embargo, junto a otros escritores, al salir de Bangladesh no pude evitar pensar que estaba dejando atrás a intelectuales asediados cuyos futuros parecían más inciertos que nunca. Dicho esto, los jóvenes de Daca parecen estar bien preparados para librar esa batalla generacional para reafirmar su libertad de expresión, y creo que tienen posibilidades de ganar. Los organizadores del DFL dirigidos por el novelista K. Anis Ahmed, protestaron a través de una declaración desgarradora y elocuente, que firmé con felicidad.

 

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