La vigencia de las cosas ¿Estamos condenados a consumir por siempre?

Imagen por steemkr.com

Vivimos en un mundo en el que la vigencia de cualquier producto y material, incluso audiovisual, es limitada en extremo. Una película solo es novedad durante sus dos primeras semanas en cartelera a lo sumo y pasado este punto, se vuelve obsoleta. Por eso es que cada semana aparece una nueva cinta en cartelera y los anuncios de próximos estrenos incluyen una lista absurda que alcanza los veinte títulos. ¿Realmente cada una de estas películas es un material novedoso que valga la pena ver? La respuesta es: no.

Alguna vez me comentaban que cuando salió Volver al futuro, pasaron meses e incluso años en los que seguía siendo una novedad sin perder vigencia ni ser considerada obsoleta, la seguían presentando y la gente seguía acudiendo a los cines de forma masiva. Hoy, si no fuiste a ver una película en su primer fin de semana, estás condenado a verla doblada al español.

Lo anterior puede ser un ejemplo claro de la forma en la que funciona nuestra sociedad respecto a la producción de material cultural. Todo el tiempo se están produciendo cosas en cadena, hay tanto contenido disponible en simultáneo que se nos olvida la poca relevancia que tiene lo que estamos consumiendo. La mayor parte del tiempo cuando acudimos al cine o vemos una serie estamos buscando algo con que llenar el tiempo, un ruido que nos acompañe mientras existimos. Nos saturamos de todo tipo de contenidos y cuando nos detenemos un segundo a pensar al respecto, son todos iguales. Todas las películas con la misma trama, todas las canciones de un disco son iguales a las del anterior.

Vivimos en una cadena de comprar, tirar, comprar. No te molestes en reemplazar la batería de tu tableta, computador o celular cuando haya empezado a fallar y necesite estar todo el tiempo conectado a una toma de corriente para funcionar. Te ahorro el viaje, podrías ponerle pañitos de agua tibia a la situación por un tiempo, pero al final, la única solución será comprar un nuevo aparato. Te explican que la vida útil de una batería así es un año como máximo y convenientemente cuando esto sucede ya ha salido el siguiente modelo.

Se daña el antiguo, no tiene arreglo posible y te ofrecen uno nuevo. Los repuestos para el modelo anterior son descontinuados y no puedes hacer nada. Si te molesta mucho tener cerca un tomacorriente, el procedimiento a seguir es comprar uno nuevo y tirar el antiguo, así su único problema fuera una batería defectuosa.

Esto, señoras y señores, se llama obsolescencia programada. Todo está fríamente calculado para que las cosas no duren y estemos comprando toda nuestra vida.

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Si lo que tienes no se acomoda a lo que quieres, simple; compra otro nuevo que sí lo haga.

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Los teléfonos y básicamente cualquier objeto de tecnología eventualmente ya no sirve y no precisamente porque deje de funcionar. Lo que llamamos una flecha es un objeto obsoleto, una antigüedad de la era de piedra de las comunicaciones, pero no porque haya dejado de hacer lo que tiene que hacer como teléfono...sino porque lo que hace ya no sirve. Hoy ya no nos comunicamos por alguien si no es por whatsapp, no recuerdo la última vez que deliberadamente llamé a alguien antes de escribirle un mensaje. Para eso sirve mi teléfono celular, para escribir mensajes, y tomar fotos, y leer, pero no para llamar. Eso quedó atrás porque toma tiempo, se demora y hoy todo debe ser rápido, ágil, al ritmo de miles de tuits escritos por segundo.

No es un secreto que vivimos en comunidades en las que existen reglas de comportamiento que debemos seguir y son muy importantes, sí. Pero las leyes de convivencia no son las únicas que existen, también hay factores de aceptación que nos guste o no tienen que ver con los efectos materiales de las personas con quienes nos relacionemos. He conocido gente que literalmente ha dejado de gastar en almuerzos fuera o en transporte público... claro podría decirse que es porque prefieren la comida casera o que quieren cuidar el medio ambiente, pero al preguntarles el porqué, las razones difieren mucho de una protesta contra los costos de un pésimo sistema de transporte; lo hacen para ahorrar y así poder comprar el último teléfono. A eso le sigue la pregunta, ¿le pasó algo al que tienes? y la siguiente respuesta suele ser: no, pero ya esta viejo y toca cambiarlo.

Esto es un tipo de obsolescencia, tal vez no programada porque se diría que las compañías que fabrican estos productos no pueden predecir el comportamiento de todo el mundo, es más bien un tipo de obsolescencia de carácter social. Por medio de la desorientación y la redefinición de conceptos en la industria, se han creado necesidades y juicios nuevos que incitan a las personas a encajar y sumergirse por completo en el sistema de consumo del comprar, tirar, comprar. Y aunque suena supremamente desalentador, hacerse consciente de cosas como estas puede llevar a algunos a creer que efectivamente nos hemos convertido en una sociedad que valora más la conexión inalámbrica que las relaciones personales, entender los comportamientos que asumimos y por qué, nos hace conscientes.

Un sistema, económico, político o de consumo, como en el que vivimos solo es posible cuando la sociedad en la que se implementa no es plenamente consciente de ello. Hablar al respecto no va a hacer que tengamos que regresar a los teléfonos sin internet y las líneas fijas, abandonar por completo el internet y ver la tecnología como el enemigo e instrumento del capitalismo de consumo. Pero sí que puede ayudar a dar valor al trabajo, a resignificar prioridades y plantearnos preguntas.

¿En serio necesitamos cambiar de teléfono cada seis meses para ser felices?

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