La vida infernal de los Incels

Imagen por Tara Jacoby

Son hombres que nunca tienen sexo. Nunca los dejan plantados, ni los rechazan, no terminan con ellos. Hombres que se han hecho adultos con pocas o ninguna de las experiencias formativas que hacen que la vida valga la pena. Sin primer beso, sin cita para el baile del prom, sin sexo, sin novia del colegio, sin amante de la universidad, nada más que rechazo sin fin.

La gente los conoce como “incels”, un acrónimo en inglés para célibe involuntario. Han montado bases de operaciones en 4chan, Reddit, y foros como incels.me, y son conocidos por sus actos de terror: los asesinatos en la Isla Vista del 2014, cuando Eliot Rodger mató a seis inocentes en un “Día de venganza” o el ataque de la furgoneta de Toronto en 2018, cuando Alek Minassian, de 25 años, mató a diez peatones, poco después de publicar en Facebook “¡La Rebelión de Incel ya comenzó! ¡Todos saluden al Supremo Caballero Eliot Rodger!”

Rodger y Minassian eran radicales extremistas, pero la mayoría de los incels son personas no violentas a los que nos referimos como “perdedores”. Pueden ser hombres o mujeres; de hecho, la persona que primero acuñó el término "incel" era una estudiante universitaria canadiense. Creó un sitio web llamado “Proyecto de celibato involuntario de Alana”, diseñado para “crear una comunidad inclusiva para los privados sexualmente debido a la incomodidad social, la marginación o la enfermedad mental”.

Muchos de nosotros conocemos a un incel. Son nuestros amigos, hermanos, hermanas, compañeros de trabajo. Mientras escribo esta historia en una cafetería para gamers en Cleveland, tengo algunos pocos al frente. Son hombres extraños que juguetean con sus collares de llaves maestras y sus camisas mal ajustadas, cuya charla emocionada se apaga cada vez que pasa una chica. Yo solía ser como ellos.

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El mundo no es justo, el sexo no se distribuye de forma equitativa. Siempre habrán hombres y mujeres con más conquistas, y no necesariamente porque sean mejores personas...

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Durante toda mi adolescencia me identifiqué como un incel. Todos mis amigos eran skaters que perdieron su virginidad mucho antes de empezar la secundaria. Ahora me doy cuenta de que esa es una edad increíblemente inadecuada para comenzar a tener esas experiencias—recuerdo estar sentado en un salón de clases cuando estaba en octavo mientras mi mejor amigo describía en detalle el sexo anal que había tenido la noche anterior—pero mis compañeros siempre me molestaban y se burlaban de mí por mis fracasos con las mujeres. Trataba de hablar con las chicas que me gustaban, pero todas me decían que era raro, que era solo un amigo, o que les gustaban más mis amigos.

En respuesta a eso busqué consuelo en la “manosfera” (Manosphere en inglés. Una complicada subcultura que interactúa en blogs, foros y redes centrándose en el odio y el resentimiento contra el feminismo y las mujeres en general), que en ese entonces estaba en construcción. Leí artículos en línea sobre cómo el mundo estaba dividido en “chads”, hombres naturalmente atractivos y dominantes, e incels como yo. Los incels identificaron ciertas características como atractivas para las mujeres: altura, complexión, raza (“ser blanco” se convirtió en un santo grial para ellos), incluso la forma de la mandíbula o el mentón. En ese entonces yo era una combinación de factores que me limitaban a ser un incel. Era un niño tímido con baja autoestima que daba abrazos de lado y se disculpaba demasiado. También era un asiático-americano en Ohio, lo que seguramente afectó la forma en que algunas personas me veían. Cualquiera que fuera la causa, llegué a creer que algo estaba profundamente mal conmigo.

Pero no fui mi propia salvación. Un día, en mi último año, una chica popular de mi colegio—alguien con quien mis amigos fantaseaban sin ser correspondidos— dejó caer su maleta al lado de mi casillero. Extendió su mano y se presentó. Me dijo que parecía un famoso actor de apariencia asiática. Ella fue mi primer beso. Múltiples variaciones de la misma chica han aparecido en mi vida desde entonces. Mi primer amor en la universidad, que perdonó mi inexperiencia y me enseñó lo que significaba amar profundamente y perder a alguien a quien amas. Luego vino la chica de Los Ángeles, que me envió un correo electrónico después de leer un artículo que escribí sobre mi ruptura, y pasó una semana conmigo mientras su sugar daddy de 40 años le llenaba el teléfono de llamadas perdidas y mensajes.

Con cada chica, mi amargura se disolvía. Ya no necesito que alguien venga a mi vida y “me salve”. Tengo autoestima y soy feliz. Pero en lugar de sentirme aliviado, tengo una extraña sensación de culpabilidad de sobreviviente. Con la edad desarrollé algunas de las características con las que sueñan los incels: altura, hombros anchos, una estructura ósea y una cara atractiva. Pero de no haber sido así... ¿qué hubiera pasado? ¿En quién me hubiera convertido?

Los caminos de todos los incels eventualmente divergen. Aquellos que no pueden escapar son absorbidos por el vórtice y enviados a diferentes partes de la manosfera. Hay incels de la píldora azul, unos alcahuetas absolutos de las mujeres que luego se sienten frustrados y hasta vengativos cuando no le gustan a una chica porque son solo un “tipo chévere” y ya. Están los incels de la píldora roja, que reconocen la ineficacia de la bondad pura y responden esforzándose por volverse más “alfa”, aprendiendo técnicas de seducción, (para aumentar su atractivo), y así sucesivamente. Están los “hombres que siguen su propio camino” (o MGTOW por sus siglas en inglés), que afirman que las relaciones heterosexuales no pasan una lista de pros y contras y por eso han resuelto vivir sus vidas sin mujeres.

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Para un incel, ser rechazado no es algo menor. Lo es todo, es su alma, por decirlo de alguna manera. No es posible ignorar o reírse de un rechazo así de profundo. Ese es el tipo de trauma que crea supervillanos.

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Hay variantes más absurdas: los glymcels, que levantan pesas como una forma de compensar; los chincels, que creen que todo lo que necesitan es “unos pocos milímetros de hueso” adicionales en sus mandíbulas; los currycels o ricecels, variantes asiáticos que le echan la culpa a su raza; mentalcels, que culpan a las enfermedades mentales; wristcels, que culpan a sus pequeñas muñecas; y los fakecels, como probablemente me vean a mí, ya que mi sufrimiento fue temporal.

Y están los incels de la píldora negra, el equivalente subcultural de un experimento que se ha convertido en un monstruo carnívoro que viene a derribar la puerta. Creen que ninguna cantidad de superación personal los ayudará, que todas las mujeres se sienten atraídas únicamente por los blancos altos y que la respuesta adecuada a un mundo tan cruel es volverse un Eliot Rodger o un Alek Minassian.

No conozco ningún incel de este tipo, ni estoy de acuerdo con ellos, pero sí tengo amigos de 25 y mayores, que todavía no han tenido ni siquiera su primer beso. Para el caso de Estados Unidos, la mayoría la componen hombres asiáticos, un grupo notoriamente desexualizado, lo que me hace sentir mucha más simpatía por ellos. Algunos han tomado la ruta de la píldora roja: uno ha gastado más de 15,000 dólares en campamentos de entrenamiento, cursos de capacitación, viajes, discotecas, cosméticos y moda. Después de un año, todavía no ha tenido sexo, pero sí ha progresado, consiguió su primer beso y una novia. Otro amigo se rindió por completo, y pasa sus días con libros y porno, maldiciendo a las mujeres y la sociedad.

Otro está en una curiosa zona del inceldom. Es inteligente, agradable y cofundador de una startup tecnológica valorada en millones de dólares. Ha tenido novias antes, pero ahora se identifica como incel. Me contó por teléfono mientras estaba en el gimnasio “siendo un gymcel”, bromeó.

“Mi significado de lo que es un incel es ligeramente diferente a no poder tener relaciones sexuales”, me dice. “Tengo una perspectiva más filosófica. Creo que ser incel significa no poder acostarte con las chicas con las que quieres acostarte. No soy virgen, no soy un perdedor, estoy seguro de que si tuviera una cuenta en Tinder podría tener sexo poco satisfactorio con alguien. Pero hay cierta falta de entendimiento en términos de lo que quiero y lo que puedo obtener”.

Le pregunté por qué estaba tan convencido de que no podría salir con las mujeres que le gustaban. Dijo que su altura, su aspecto y no ser blanco disminuían su “valor en el mercado”. “En la cultura occidental, entran en juego tanto las cosas físicas como las raciales”, dice. “No soy Chad, no soy un tipo alto y blanco, y el esfuerzo que tomaría superar eso no vale la pena para mí”.

Tal vez mi amigo tiene un punto interesante. Hay una realidad que nos gusta fingir que no existe: el mundo no es justo, el sexo no se distribuye de forma equitativa. Siempre habrán hombres y mujeres que conquistan más y no necesariamente porque sean mejores personas, sino porque tienen mejores cuerpos, son más atractivos, tienen más confianza gracias a esa apariencia.

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Muchas personas de todos los géneros se sienten solas, incapaces de encontrar novios o parejas sexuales, por muchas razones. Nadie tiene derecho al sexo, pero todos merecen amor y respeto

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Pero la idea de que los incels no tienen sexo porque tienen algún tipo de defecto moral, de alguna manera se desintegra cuando entendemos las estadísticas de hombres asiáticos o mujeres negras y nos damos cuenta que son vistos como menos atractivos y deseables. Puede ser que los incels exageren en cuanto a la importancia de la altura, la forma de la mandíbula, etcétera, pero en realidad son cosas que importan. Y  “sé tú mismo” o “la cantidad de sexo que tengas no define tu valor” pueden parecer, en el mejor de los casos, totalmente insensibles y, en el peor, destructivamente condescendientes.

Los incels merecen compasión. Si quisiera ser un escritor y todas las editoriales me rechazaran, me dirían que no soy un muy buen escritor.  Para un incel, ser rechazado no es algo menor. Lo es todo. No es posible ignorar o reírse de un rechazo así de profundo. Ese es el tipo de trauma que crea supervillanos.

El amor es como la luz del sol que hace florecer una flor. Las chicas que han entrado a mi vida, como amigas o amantes, me han hecho un hombre mejor y más sensible. La sociedad estaría mejor si sus miembros más indeseables encontraran alguien que compartiera la vida con ellos. No todos deberían, o pueden, dormir con miles de parejas diferentes, pero encontrar incluso una pareja amorosa hace que todo valga la pena.

Hay esperanza para los hombres incels. Los psicólogos evolutivos han encontrado que, en general, los hombres tienen una mayor preferencia por el atractivo físico, mientras que las mujeres muestran una mayor preferencia por la ambición y la capacidad de ascender en la escala social. En esencia, las mujeres son juzgadas por su apariencia, mientras que los hombres son juzgados por su personalidad. Y la personalidad, a diferencia del aspecto, es maleable. Lo que significa que los hombres, desafortunadamente o afortunadamente, tienen más posibilidades en las citas que las mujeres.

En ese sentido, podría considerarse a las mujeres menos superficiales que los hombres. Mientras que he escuchado que muchos hombres reducen a las mujeres a números en una escala del uno al diez, las mujeres a menudo buscan algo más profundo: una chispa de habilidad, un rayo de potencial. Claro, la altura y la apariencia son importantes, pero más importante es encontrar a alguien que pueda proporcionar una vida emocionante, que los escuche, que los haga sentir seguros, no solo físicamente, sino sexual y emocionalmente, en un mundo de hombres peligrosos que a menudo solo quieren una cosa, sexo. Y que, además, se vuelven malvados cuando no lo obtienen.

No hay una solución fácil para el problema. Una noche, decidí rastrear el linaje de los Incels hasta su inicio, y ver qué estaba haciendo Alana, la estudiante universitaria canadiense que acuñó el término. En abril de este año, comenzó un nuevo proyecto, “Love not Anger”, que tiene como objetivo “investigar cómo las personas solitarias pueden encontrar amor respetuoso en lugar de estar atrapadas en la ira”. Me sentí conmovido cuando leí su declaración de misión, que resumía exactamente cómo me sentía, como alguien que había estado allí y viceversa.

“Muchas personas de todos los géneros se sienten solas, incapaces de encontrar novios o parejas sexuales, por muchas razones. Nadie tiene derecho per se al sexo, pero todos merecen amor y respeto. ¿Podemos ayudarnos mutuamente a encontrar la felicidad, en lugar de recurrir a la ira, el odio y la violencia?”

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