La ópera en el cine

Imagen por SihayCine

Rara vez nos paramos a pensar en las ventajas que tenemos con la oferta cultural disponible en el país. Somos uno de los países en América Latina más abiertos a espacios de esparcimiento asequibles y con oportunidades de hacer parte del plano cultural mundial. Una entrada a cine en Colombia puede costar tan poco como 4.500 pesos los martes y miércoles en formato 2D (a diferencia de países como Chile donde una entrada simple no baja de 7.000 pesos colombianos, o Brasil donde una salida a cine puede fácilmente costar 10.000 pesos por persona), tenemos una oferta constante en las salas de cine de contenido independiente y en temporada de premios existen numerosas campañas que invitan y facilitan la asistencia a las salas, donde se presentan todas las cintas nominadas a mejor película. Una de las apuestas más claras de esto, y con un propósito enfocado en priorizar la rentabilidad cultural y la formación de las audiencias colombianas, es la programación de Cineco alternativo, una apuesta que ha alcanzado casi 150.000 espectadores al año.

En está ocasión, la sala de cine se convirtió en un escenario perfecto para asistir a la presentación de Madama Butterfly, una composición absolutamente hermosa de presenciar en gran formato, del italiano Giacomo Puccini. Esta obra ícono en la historia de la ópera fue un fracaso en su estreno mundial en 1904, pero con el tiempo y varias recomposiciones se ha convertido en una favorita absoluta del público.

A scene from Act I of PucciniÕs ÒMadama Butterfly.Ó Photo: Ken Howard/Metropolitan Opera.

Durante casi tres horas, esta pieza narra la historia del trágico amor entre Madama Butterfly y B.F. Pinkerton (o más bien el trágico amor y devoción que le tenía ella a Pinkerton), con la participación de grandes nombres del mundo de la ópera como Kristine Opolais y Roberto Alagna y una producción que incorpora elementos cinematográficos, marionetas tradicionales japonesas y un vestuario alucinante.

Como una absoluta principiante en el mundo de la ópera, e incluso en el contenido de tinte cultural ─ aunque no por falta de ganas─ al sentarme en la sala no tenía muy claro qué debía esperar de la producción o cómo se podía asumir la experiencia de manera distinta a una obra de teatro común.

Aunque al comenzar la obra me sentía profundamente extraña con los diálogos cantados aparentemente sin más estructura que la música de fondo, y más aun considerando que toda la obra está en italiano, me vi muy sorprendida al encontrarme con una producción absolutamente llena de vida y relatos comunes, con voces alucinantes; además de hallarme cada vez más indignada con Pikerton, mientras sentía en carne propia la angustia de Butterfly.

Ella es una adolescente de 15 años que se casa con Pinkerton, en un matrimonio concertado por un casamentero. Así, deja sus creencias tradicionales y religión en favor de las de su marido y es renegada por su familia gracias a ello y le entrega su corazón al apuesto oficial estadounidense solo para luego verse abandonada por él. Salí de la sala de cine convencida de que Pinkerton es el más grande bastardo desgraciado de todas las historias que he presenciado, pues no conforme con abandonar a su esposa por tres años, cuando regresa a Japón lo hace con una nueva esposa y le quita a Butterfly su hijo de tres años, del que él apenas se viene enterando. Como podrán suponerlo, esta pieza es una tragedia (además), porque al final en medio del absoluto desconsuelo que supone el ser abandonada por su esposo y separada de su hijo, Butterfly se quita la vida.

Madama Butterfly

A lo largo de la obra el factor determinante son siempre las emociones. Vemos a Pinkerton desde el principio como un aventurero sin respeto por las consecuencias y a Butterfly como una mujer, que, a pesar de su corta edad e inocencia, es completamente devota y entregada a sus compromisos; nunca duda ni por un momento de las intenciones de Pinkerton y esto logra romperle el corazón al espectador nota tras nota. El sentido último del arte es conseguir que quien lo ve sienta algo. Diría que esta pieza lo logró de todas las maneras posibles, despertó en mí un conflicto sentimental mientras crecía mi desprecio por Pinkerton y de manera simultánea un sentido de indignación frente a la actitud de Butterfly, mezclado con la angustia y el pesar que me provocaba (usando una frase que Pinkerton y ella dicen al final del primer acto) ver a una mariposa clavada a una tabla.

El encanto de estas producciones está en cómo cuentan una historia ya conocida con nuevos elementos, en el caso de esta producción el uso de marionetas y elementos correspondientes a la cultura tradicional japonesa como ambientación, dan un toque inigualable de dinamismo a la producción, que siempre se ubica alrededor de la casa de Pinkerton y Butterfly, pero que aún así logra transportar al espectador por distintos espacios y momentos emocionales, como si se tratara de lugares muy distintos. Los vestuarios siempre otorgan una marca distintiva.

Supremamente resaltable es el papel que juegan las sombras, actores vestidos completamente de negro que se encargan de manejar las marionetas y los distintos elementos flotantes que hacen parte de la obra, allí el detrás de escenas entra descaradamente a la escena para completarla. No se puede olvidar la posición privilegiada de primerísimo plano que el espectador tiene en la sala de cine, en la que puede experimentar en detalle y relacionarse personalmente con cada una de las expresiones de los actores y el sentir de los personajes (incluso darse cuenta que las altas y sostenidas notas de los intérpretes no son tan faltas de esfuerzo como se escuchan).

Lo mejor de este formato y de la oportunidad de asistir a contenido alternativo de este tipo, sin embargo, no está en la espectacularidad técnica, ni en la escenografía, ni en los vestuarios, ni en la música, sino en la experiencia completa, en la oportunidad de tomar una actividad común como ir a cine y terminar sentado frente a unas de las más grandes producciones del panorama cultural mundial. La genialidad de esto es tomar un día corriente, transportarse hasta la Metropolitan Opera de Nueva York y luego salir nuevamente a las calles a vivir con ese nuevo contraste adquirido. Resulta maravilloso porque en medio de lo normal que es vivir rodeados de tecnología, estos contenidos nos permiten nuevamente asombrarnos de lo fácil que puede ser hoy en día conocer un arte que hace apenas un siglo estaba reservado únicamente para los más privilegiados. También nos permite conocer costumbres y culturas lejanas, no solo en el espacio, sino además en el tiempo y echar una mirada a los sentimientos y pensamientos de personajes como Puccini a través de su obra.

Ya sea por admirar la música en vivo, la narrativa implicada en una producción de este tipo, la escenografía, el vestuario o la sorprendente potencia de voz de los actores en escena (casi demasiado buena para ser posible), no pierdan la oportunidad de asistir a las salas de cine a presenciar un contenido diferente y que en ocasiones no recibe los aplausos o la atención que merece, y de hecho, hay que reconocer que es maravilloso el poder acceder a estos contenidos alternativos en vivo y en directo sin tener que ir hasta Nueva York y pagar una boleta astronómicamente costosa.

Para fortuna de muchos, si este comentario les quedó haciendo ruido en la cabeza, tienen oportunidad de disfrutar del ciclo de verano del Met en sus salas de cine favoritas (aunque cuesta más que una entrada a cine regular, se puede acceder a precios especiales si son estudiantes): Madama Butterfly es solo una de las cuatro óperas en la programación de Cinecolombia del 28 de julio al 8 de septiembre en 12 ciudades y 19 salas del país.

 

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