La casa junto al mar, una cinta que nos ayuda a reconciliarnos con la vida

Tres hermanos se reencuentran en la casa de su padre, para recordar los aspectos tristes y felices de sus vidas en una cinta francesa hermosa y entrañable.
Imagen por Cineplex

En 1986, el director Robert Guédiguian realizó la película Ki lo sa?, acerca de cuatro amigos que prometen volver al lugar donde jugaban de niños. La película contaba con los actores Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darrousin y Gérard Meylan, quienes vuelven a reunirse con Guédiguian más de 30 años después, para La casa junto al mar, una conmovedora cinta que vuelve a abordar el tema de los recuerdos y sus contenidos emocionales.

Luego de que su padre sufriera un derrame cerebral que lo deja en estado vegetativo, tres hermanos vuelven a encontrarse en la casa paterna. Ellos son Angèle, una actriz que no ha podido superar la trágica perdida de su hija pequeña (Ascaride); Joseph (Darrousin), un escritor frustrado y sindicalista, despedido de la compañía a la que le dedicó toda su vida, y quien busca consuelo en Bérangère, su joven pareja (Anaïs Demoustier); y por último, Armand, el mayor, quien se quedó al cuidado de su padre, administrando un restaurante ubicado en una pequeña pero preciosa villa junto al mar.

Los tres han logrado seguir adelante con sus vidas, pero, asimismo, guardan frustraciones, desencantos y resentimientos que les han impedido disfrutar a plenitud su existencia, como sí lo hace Benjamin (Robinson Stévenin), un joven pescador y aficionado al teatro, quien está perdidamente enamorado de Angéle.

Los conflictos entre los hermanos y personajes, se van resolviendo de una manera orgánica y delicada, en un escenario bucólico que cuenta con el arrullo de las olas del mar y un modo de vida que, a medida que pasa el tiempo, se ve lastimosamente anacrónico.

Esta es una película en la que no sucede nada extraordinario o colosal. Es simplemente la historia de unos hermanos enfrentando la fragilidad de la vida, los recuerdos y las pérdidas, las oportunidades ofrecidas por el amor y las decisiones que se toman para continuar ese camino incierto, producto de los azares de la existencia.

El tercer acto, que incluye un comentario social acerca del problema de la migración derivada del desplazamiento forzado, logra tocarnos el corazón y sirve como cierre para una cinta entrañable que ayuda a reconciliarnos con la vida. Necesitamos más películas así.

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