Esclavitud humana

En todo el mundo el trabajo forzado sigue siendo una realidad. Nuestro corresponsal se reunió con sobrevivientes y activistas que intentan romper las cadenas de una vez por todas.
Imagen por Jake Foreman

Este artículo sale en la edición impresa de PLAYBOY COLOMBIA de octubre-noviembre de 2018

Piense en esto: casi todos los productos que usted consume y los servicios que utiliza son un resultado tangencial del trabajo forzoso. Alguien se esforzó al máximo para darle algo, y no lo hizo por voluntad propia; lo hizo engañado, presionado, amenazado o secuestrado.

Muy seguramente su ropa fue hecha en un país donde la gente trabaja por sueldos de menos de USD 2 al día, mientras soporta amenazas, golpizas y condiciones de trabajo peligrosas. Su comida, ya sea de un restaurante, de un vendedor ambulante o comprada en un supermercado, llegó a su plato gracias a agricultores que fueron víctimas de la trata de personas. La empleada que limpia una casa o cuida a los hijos de alguien puede haber sido profesora en Filipinas antes de haber llegado a EE.UU. a través de una agencia de contratación falsa.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT), que intenta vigilar los acuerdos globales que prohíben la trata de personas, calcula que, por cada mil habitantes en el mundo, 5,4 son víctimas de la esclavitud moderna: 16 millones en el sector privado; 4,8 millones (la mayoría mujeres) son víctimas de explotación sexual forzada; 4 millones en trabajo forzoso por el estado, como es el caso de las cárceles; y 15 millones (prácticamente todas mujeres) atrapadas en matrimonios forzosos, lo que usualmente no se considera como esclavitud.

La esclavitud moderna tiene poca similitud con las típicas descripciones de gente encadenada y desnutrida. Las amenazas son más sutiles que la violencia física: si las víctimas no cumplen, los traficantes pueden deportarlas o amenazar a sus familias, algo bastante efectivo con trabajadores que tienen poco contacto con sus seres queridos. Los traficantes pueden llenar los documentos de inmigración, pero no revelan el verdadero destino de sus trabajadores; saben que la vigilancia es dispersa y las sanciones son mínimas, la mayoría son para los mismos trabajadores. Generalmente los inmigrantes no conocen bien el idioma y no conocen las leyes laborales, lo que lleva a que no les paguen el sueldo, tengan largas jornadas de trabajo y alojamientos precarios. Y las estadísticas parecen ser peores. Según Polaris — un grupo activista contra la esclavitud —, “quienes han denunciado sus casos representan una pequeña fracción del verdadero número de víctimas”.

Si queremos erradicar la esclavitud de una vez por todas, debemos comenzar con darle un buen vistazo a la máscara que utiliza.

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Un amigo de José Rodríguez le contó acerca de un trabajo en ferias estatales al este de los EE.UU. Entusiasmado por ganar más que en México, aprovechó la oportunidad. “El tema de venir a los EE. UU. es que el poco dinero que ganas acá, parece diez veces más de lo que puedes ganar en México”, me dice. Así que, en 2010 el joven de 20 años dejó su casa en Veracruz, México, para cruzar la frontera de Texas junto a otros cuatro hombres. En el puesto de control fronterizo un abogado se reunió con los hombres y realizó el procedimiento de la visa H-2B, destinada a trabajos temporales no agrícolas. Al día siguiente, los cinco hombres volaron a Nueva York, donde los hicieron entrar apresuradamente en una camioneta y los llevaron a una feria estatal en Nueva Jersey.

En la feria Rodríguez armaba carpas, ponía luces, parrillas y cocinaba. A veces trabajaba 12 horas diarias sin ningún descanso, excepto cuando iba al baño. Solo cuando terminó la primera feria le dijeron que le pagarían USD 400 por semana. “Como no sabía inglés, no conocía mis derechos”, comenta.

Pero trabajar tanto por tan poco solo fue el comienzo. Los diez hombres vivían en una casa rodante de una habitación. Dormían en camas pequeñas, y Rodríguez debía compartir la suya con un amigo; “al estilo familiar” como él lo llama. No tenían calefacción, comida, ni baños o agua potable. La electricidad provenía de un generador de gas.

Cuando la última feria terminó, el traficante enganchó la casa rodante a un camión, la llevó a Astoria, Nueva York, y la dejó en un lavadero de carros cerrado. Luego se fue, dejando a los hombres a la deriva sin agua y sin comida. Eventualmente lograron reunir unos dólares y pudieron comprar café y galletas por debajo de la cerca. Esto generó sospechas, y gracias a la policía y a una organización sin ánimo de lucro que ayuda a inmigrantes, reubicaron a los hombres en un hotel de refugiados que quedaba cerca. Cuando el traficante volvió al lavadero de carros fue arrestado y lo obligaron a pagarles a los hombres parte del dinero que les debía. Rodríguez obtuvo un permiso de trabajo para quedarse en el país a cambio de declarar en el juicio del traficante dos años después. Ahora es un ciudadano más.

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Aunque la esclavitud ha existido desde que la gente se ha congregado en sociedades organizadas, actualmente es un negocio mundial de USD 150 mil millones. El problema se está expandiendo a una escala nunca antes vista, debido a tres factores principales: el comercio global, las guerras y la crisis climática.

Primero que todo, el trabajo forzoso es una parte integral de la maquinaria de la economía global. La mayoría de las industrias se benefician menos de la innovación que de lo que ganan con su dependencia de menores costos laborales. En ese sentido, los intermediarios laborales alimentan una cadena económica de suministro y crean un laberinto de relaciones que va desde cargos operativos hasta ejecutivos. Todo eso para ocultar unas condiciones laborales en las que la gente trabaja por centavos. Mientras tanto, los acuerdos como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte son rigurosos con los pequeños productores que no pueden competir contra empresas mejor equipadas y que constantemente reducen los costos; esto convierte a los agricultores en obreros para contratar. El sistema no es cuestionado, en gran medida, porque el poder y tamaño de los sindicatos ha disminuido, especialmente en los EE. UU.

En segundo lugar, las guerras abarcan grandes zonas del mundo y, en ocasiones, duran décadas. De los 68,5 millones de desplazados que había a finales de 2017, 25,4 millones son refugiados que han huido por conflictos armados patrocinados por sus gobiernos. La brutal guerra civil en Siria ha dejado a 5,6 millones de refugiados, de los cuales la mayoría ha huido de los incesantes ataques convencionales y con sustancias químicas del régimen de Assad contra civiles que viven en áreas asociadas con los rebeldes.

También tenemos el cambio climático. La codicia humana y la disfunción política han intensificado las sequías y las hambrunas, dejando desesperados y en bancarrota a millones (especialmente en África); se ven forzados a dejar sus pequeños lotes en campos agrícolas o en pueblos donde los pozos se han secado y los cultivos se han marchitado. Todos terminan tratando de ganarse la vida a como dé lugar, convirtiéndose en el blanco perfecto de traficantes de personas, que pertenecen a grupos cada vez más sofisticados del crimen organizado.

La falta de acción o la indiferencia global han sido obstáculos constantes. El Convenio sobre el Trabajo Forzoso de 1930 ordenó el fin del trabajo forzoso u obligatorio, pero ocho décadas después, los gobiernos todavía discuten la forma de implementarlo. En 2014, actualizaron el Convenio, en donde se detallan nuevos pasos legales y educativos que los gobiernos y los empleadores deben seguir para terminar con el tormento. En 2018, Mozambique se convirtió en uno de los 25 países en adoptar el nuevo documento.

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Un supuesto recluta en República Dominicana le ofreció a Ronny Marty trabajo en Kansas. Sin embargo, se lo llevaron a Huntsville, Alabama, apretujado en una camioneta con otros trabajadores que se encontraban igual de desconcertados. Marty había llegado a los EE. UU. por un trabajo en un hotel de Kansas en el que le pagarían USD 9 por hora; en cambio, terminó ganando USD 7,25 por hora en una fábrica local. Esa cantidad disminuyó a USD 40 por semana después de una serie de deducciones exigidas por el traficante. Marty y otros tres hombres tuvieron que pagar la gasolina del viaje a Huntsville y USD 300 mensuales, cada uno, de arriendo por un apartamento miserable. También se dio cuenta de que su visa era solo por tres meses, a diferencia de los nueve que le habían prometido, lo que significaría que tendría que pagar más por una extensión.

Hubo un punto en el que forzaron a los trabajadores a reunir su propio dinero para la comida. “Todos estaban dando dinero para comprar alimentos y yo no tenía nada”, recuerda. “A veces me quedaba en el apartamento llorando”.

Marty obtuvo su libertad gracias a la codicia del traficante. Resulta que los hombres le daban el dinero completo del arriendo, pero él solo le pagaba la mitad al dueño y se quedaba con el resto. El dueño comenzó a sospechar cuando el arriendo se atrasó demasiado y contactó a los hombres con un periodista. El empleador amenazó con deportar a los hombres si decían algo, pero Marty llegó a la conclusión de que no tenía nada que perder, así que contó su historia públicamente. Unos meses más tarde, le dieron la residencia permanente. Y poco después, aceptó hacer algo poco usual: se volvió miembro del Consejo Asesor sobre Trata de Personas de Estados Unidos. Era algo inusual porque la mayoría de las personas traficadas solo quiere encontrar un trabajo y mantenerse anónima, pues teme que el sistema le inflija más dolor si hace ruido. Y, desde luego, es el miedo el que mantiene este negocio activo.

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No es solo el trabajo no calificado el que está en riesgo. Noel Abalos era profesor en las Filipinas, pero también trabajaba como coordinador de deportes, entrenador de fútbol y  director del departamento de educación física de un colegio. Ganaba 22 mil pesos al mes, el equivalente de USD 500. “Me he matado trabajando”, me dice sentado en una pequeña cafetería al sur de San Francisco. “Creo que no podré darles un buen futuro a mis hijos. Y mi esposa estaba embarazada, así que tenía que pensar en el futuro”. Se enteró de una oportunidad que otros amigos habían aprovechado: ser profesor en los Estados Unidos. “Se volvieron ricos muy rápido. Pudieron comprar casas lindas y matricular a sus hijos en colegios prestigiosos”.

Abalos buscó en los clasificados del periódico alguna oportunidad como profesor. Finalmente encontró una agencia local que parecía tener contactos con reclutadores de los
EE. UU. Sin embargo, antes de que le ofrecieran el primer trabajo, tuvo que pagar una suma cada vez más alta de dinero por varios servicios, y la agencia se quedaba con una parte, o con la totalidad de cada pago. Comenzó con una cuota de membresía de la agencia de mil pesos, luego un proceso de preparación de la hoja de vida que costaba 25 mil. Cada vez que llegaba algún estadounidense de recursos humanos les exigía a los participantes USD 200 por un “entrenamiento”. Luego vinieron un montón de pruebas de certificación administradas por los distritos escolares de los EE. UU., cada una con su propio precio.

Abalos ya había pagado USD 12 mil antes de llegar. Tuvo que pedir prestados USD 6 mil para cubrir los costos, a unas tasas de interés tan altas que terminó debiendo USD 16 mil. Desde luego, las firmas de crédito “autorizadas” estaban confabuladas con la agencia de contratación. Mientras esperaba un trabajo, “tuve que buscar uno, solo para pagar los intereses”, dice. Tal vez haya tenido suerte: una amiga suya llamada Saturnina Encarnado, que también fue explotada por el mismo traficante, estima que sus costos fueron de más de USD 23 mil.

Abalos esperó a que le llegaran propuestas. Esperó a que la agencia a la que le estaba pagando le corrigiera unos documentos de visa defectuosos. Esperó la oportunidad de comenzar a salir del profundo agujero de sus deudas.

Finalmente le ofrecieron trabajo a mediados del año escolar. Después de costearse su propio pasaje y de aceptar pagar otros UDS 1.600 de transporte local y alojamiento por tres meses, llegó al Condado de Wilson, Carolina del Norte. Sin embargo, cuando llegó, no había trabajo. Y como si fuera poco, oyó que otros profesores que conocía habían sido hacinados en una camioneta y llevados a un edificio en Roanoke Rapids, que no tenía Internet, teléfono ni prácticamente vecinos. El reclutador quería mantenerlos aislados y cautivos hasta que pudiera trasladarlos a puestos de trabajo para que no pudieran comunicarse con las Filipinas.

Abalos estaba a punto de colapsar, en especial por lo que estaba viviendo su esposa al otro lado del mundo. “A ella la estaban acosando todos los prestamistas y la gente a la que yo le debía dinero. Además estaba afligida, y para mí eso era terrible. Me sentía en un punto en el que ya no podía hablar”, recuerda con los ojos llorosos.

Sin embargo, Abalos tuvo suerte. Él y los otros profesores pudieron liberarse, gracias en parte a la defensa de GABRIELA Washington, D.C., un capítulo de una alianza que aboga por los derechos de mujeres y profesores filipinos. Con la ayuda financiera de una hermana, emprendió camino a California, donde vive actualmente. Ha trabajado en construcción, como ayudante y como profesor suplente mientras intenta conseguir credenciales de enseñanza de tiempo completo. En algunos trabajos, “no me estaban pagando lo acordado”, dice. “Pero no se puede hacer nada, porque es lo que hay, y tengo que sobrevivir”.

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Un proxeneta la obligó a tatuarse su nombre en el pecho –como hacía con cientos de chicas– para mostrar su dominio.

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En lo referente a la explotación sexual, hay un debate sobre cómo es y quién la está infligiendo. El 99 % de las víctimas son mujeres adultas y niñas, según la Organización Internacional del Trabajo; ¿son controladas por organizaciones criminales, proxenetas o novios maltratadores? Parece que en las áreas de mayor explotación — Asia y la región del Pacífico representan más del 70 % de los casos de explotación sexual forzada — los anillos del crimen organizado, a veces de un tamaño modesto, controlan gran parte de la actividad.

Las víctimas incluyen mujeres que trabajan en salas de masajes que sirven como lugares de sexo transaccional. En otros casos, la realidad puede esconderse detrás de una fachada romántica. “Los traficantes sexuales son los novios”, argumenta Lois Lee, fundadora y presidenta de Children of the Night, una organización sin ánimo de lucro (iniciada con una beca de la Fundación Playboy en 1979) que les ofrece servicios y defensa a niños y jóvenes que son sexualmente explotados en la prostitución alrededor del mundo. “El asunto del tráfico sexual es una mierda”, dice. “A estas chicas les hacen creer un sueño: ‘Voy a montar un negocio, a tener una casa y tú tendrás a mis hijos’.  Y eso es lo que ellas quieren  porque es lo que les han inculcado”.

Cuando hablo con Jocelyn (nombre ficticio), ella le da algún crédito a la opinión de Lee. “Todo empezó huyendo de casa”, me dice por teléfono desde su residencia en Dallas. “Fui víctima del sistema (cuidado temporal, hogares grupales, salas juveniles). Tenía un amigo en el sistema y él me estaba reclutando sin que me diera cuenta.  Me dijo que podía ganar dinero. Me llevó a su casa, me dio comida y me quitó la virginidad”. A las pocas semanas la mantenía drogada. Y mientras estaba inconsciente varios hombres pagaban por violarla. Tenía 15 años en ese entonces.

Los proxenetas fueron una constante en su vida, hasta que se enganchó con uno que le hizo un tatuaje con su nombre en el pecho, tal como había hecho con cientos de jovencitas para mostrar su dominio. “Hago el papel de su novia, pero es un negocio”, dice. Hoy, a sus 20 años y estando embarazada, Jocelyn ha dejado las peligrosas calles y se ha mudado a un club de striptease. Aunque puede renunciar, sigue teniendo –de cierta forma– un trabajo forzoso. “Los hombres menoscaban a las niñas para que cuando sean adultas no sepan hacer nada más”, dice.

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Beate Andrees ha estado trabajando en la esclavitud global por casi dos décadas, y se enteró  del problema debido a una experiencia personal. Nació y creció en la antigua Alemania Oriental, y tenía un amigo al que arrestaron por razones políticas en un campo de trabajos forzosos. A raíz de eso, años más tarde, Andrees hizo una investigación académica al respecto, lo que llevó a que consiguiera un puesto en el Parlamento alemán y como profesora en la Universidad Libre de Berlín. En 2003, Andrees se unió a la Organización Internacional del Trabajo, en donde supervisa sus principales iniciativas para terminar con el trabajo forzoso. Su trabajo es un ejercicio extenuante en la diplomacia mundial de los derechos humanos: intentar que los gobiernos, las empresas y los intermediarios laborales de bajo nivel sigan las nuevas reglas.

Cuando la presiono sobre la percepción de la inevitabilidad de la trata de personas, ella se considera una “optimista razonable”. Andrees explica: “Hace unos años, antes de que la crisis en Siria estallara, habíamos trabajado muchos años con el Gobierno jordano sobre el trabajo infantil. Y gracias a que habían tomado medidas muy efectivas, estuvimos muy cerca de declarar a Jordania libre de trabajo infantil. Luego estalló la guerra y hay millones de refugiados entrando al país…”. El resultado: se disparó el trabajo infantil. “Para los padres es muy difícil encontrar trabajo. Generalmente los intermediarios laborales recogen a los niños y trabajan en fincas porque son baratos y están disponibles, y no hay colegios, con algunas excepciones. Así que es una decisión difícil para esas familias que luchan por sobrevivir”.

Andrees señala un avance, que también tiene que ver con Jordania. Los intermediarios inescrupulosos normalmente contrataban mujeres nepalíes para trabajar en fábricas de textiles jordanas que se hacían las de la vista gorda con la explotación laboral. Cuando las mujeres llegaban, usualmente encontraban que el pago era la mitad de los USD 300 mensuales que les habían prometido, pero muchas eran demasiado pobres para volver a casa. La OIT y otros socios, como Gap Inc. (que había estado en el lado equivocado del asunto), sumados a un programa, se deshicieron de los intermediarios y educaron a las mujeres en sus pueblos, explicándoles sus contratos y sus derechos. Alix Nasri — especialista de la OIT en Catar — dice que ahora las mujeres no pagan para conseguir trabajo y “es más factible que entiendan los términos de sus contratos a que denuncien engaños respecto a las condiciones laborales. Además sienten más confianza para opinar en el trabajo”.

Otro enfoque de la OIT es la recompensa y  el castigo económico. Como Guy Ryder — director general de la OIT— les dijo a 1.000 directores generales en la cumbre de productos de consumo en junio de 2018 en Singapur: “Los negocios tienen un papel central en la lucha contra el tormento global del trabajo forzado. No es solo lo correcto, también es económicamente lógico. Las cadenas de valor que no tienen trabajo forzoso son mucho más productivas y sostenibles que esas que reducen costos y cuyos empleados trabajan en condiciones similares a la esclavitud”. El punto de Ryder es que, dejando la moral a un lado, la mano de obra barata dura poco, lo que obliga a las empresas a gastar dinero constantemente para encontrar nuevos empleados.

El experimento del caso Nepal-Jordania, el trabajo incansable de gente como Andrees y la insistencia de líderes como Ryder, marcan la diferencia. Por ejemplo, el número de niños trabajadores ha disminuido en más de 94 millones entre 2000 y 2016, aunque nadie puede explicar con precisión las razones de la disminución. Las estadísticas del trabajo infantil pueden resaltar los increíbles retos que enfrentan los activistas en contra de la esclavitud. Debido a la falta de financiación para la investigación, refuerzan sus argumentos con datos que a veces son contradictorios e incompletos. (Por ejemplo, la base de datos de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito monitoreó casos hasta 2015). Los activistas exhiben acuerdos internacionales firmados por gobiernos cuyo compromiso al hacer cumplir las leyes nacionales se hunde con el tiempo y los cambios de los panoramas políticos.

Las organizaciones sin ánimo de lucro no tienen los medios para lograr un éxito similar al de Nepal y Jordania. Sin sanciones duras, como la cárcel para ejecutivos corruptos o negligentes, las organizaciones deben confiar en la buena voluntad de las empresas por cumplir normas más estrictas. Todos los gerentes quieren mostrar ganancias para mantener su puesto, por eso es necesaria una constante vigilancia.

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Finalmente, la única manera de disminuir la trata de personas es empoderando a los trabajadores. A pesar de enfrentar una disminución en la influencia sindical, los trabajadores y sus líderes –en Estados Unidos y en todo el mundo–  están en pie de lucha, a veces buscando aprovechar el poder dentro de nuevas organizaciones pre-sindicales. Los levantamientos populistas en respuesta a la austeridad económica se han manifestado en las urnas: Andrés Manuel López Obrador, quien alguna vez lideró una negativa masiva a pagar los exorbitantes montos de los recibos de la energía, ganó la presidencia de México en las recientes elecciones.

Los esfuerzos actuales por terminar con el trabajo forzoso son cruciales, pero Andrees es clara: “Las ONG se concentrarán en prestar ayuda a corto plazo. Uno tiene que cambiar el poder negociador. El trabajo de la ONG no reemplaza la necesidad de invertir en una negociación colectiva ni el empoderamiento que genera tener una propia organización que participe en negociaciones colectivas y en el diálogo social sobre asuntos de política con el gobierno”.

Andrees es muy diplomática gracias a su trabajo con negocios; utiliza términos complicados para transmitir la incómoda verdad de la esclavitud. Esta existe porque los trabajadores están a merced de un sistema económico agresivo y de unas leyes de las que no siempre se puede distinguir entre la explotación permitida y la no permitida. Hay una delgada línea entre el trabajo forzado que viola la ley internacional y los millones de dólares que gana Walmart con productos que vienen de fábricas chinas legales con salarios que apenas alcanzan para sobrevivir. Los traficantes buscan una brecha para poder ganarse un dólar a costa de los trabajadores; Walmart y su hermandad corporativa también.

O volvamos a un caso más familiar: José Rodríguez, Ronny Marty, Noel Abalos y “Jocelyn” fueron víctimas de traficantes que violaron la ley; pero fueron explotados en los Estados Unidos, en donde ganar un salario mínimo es una licencia para vivir en la pobreza. Y cada día, desde la Corte Suprema de Justicia hasta la fábrica, los trabajadores afrontan una disminución de sus derechos, que se ve reflejada en menos seguridad y en pagos más bajos.

En resumen, la trata de personas terminará cuando los trabajadores tengan una influencia en un sistema económico cambiante, para así estar seguros de que recibirán el pago que merecen. Imagine que el demonio de la esclavitud desaparece de todas las posesiones subvaloradas que nos rodean y nos sustentan.  Eso no tiene precio.

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