Entrevista Playboy: Julián Román

Julián ha estado inmerso en el mundo de la actuación desde pequeño, la lleva en sus venas, no solo por ser hijo de uno de los grandes actores del país, sino también porque es una pasión que defenderá a como dé lugar para que sea respetada y valorada.
Imagen por Cortesía Talent on The Road

Este artículo sale en la edición impresa de PLAYBOY COLOMBIA de marzo de 2018

No es alto ni musculoso, algo que supondríamos necesario para triunfar en el mundo de la televisión, pero tiene una sonrisa maravillosa que muestra la sinceridad que hay en él. Es de esos actores que uno disfruta viendo en cualquier cosa que haga, sea teatro, televisión o cine. Como no se toma su trabajo a la ligera, exige un respeto por su carrera como muy pocos lo hacen, tal vez porque creció con los grandes de la actuación del país. Vio cómo se fue transformando el negocio, lo entiende y está trabajando para que en un futuro los actores cuenten con unos derechos fundamentales que muchas otras profesiones tienen por defecto.

Nacido en Bogotá y criado por sus abuelos, creció entre teatros y cámaras gracias a su papá, el gran Edgardo Román. Podría ser obvio que sería actor, pero su hermana —criada de la misma manera— no lo es. No era cuestión de las circunstancias, sino de vocación.

A los 10 años ya estaba haciendo cine bajo la dirección de Sergio Cabrera en la película Técnicas de duelo. Luego estuvo en Golpe de estadio y en Águilas no cazan moscas. En teatro ha tenido la oportunidad de participar en grandes clásicos de Gabriel García Márquez dirigidos por Jorge Alí Triana, recorrió el mundo mostrando la cultura colombiana, en español y bailando cumbia.

Después de casi 20 años de carrera, Julián tuvo su primer protagónico en la telenovela Valentino, el argentino. La novela fue un fracaso y no alcanzó a estar completa al aire, pero lo importante es que había dejado de ser el eterno actor de reparto de las series colombianas. Pero ser actor de reparto no es terrible, papeles como Byron o Leo Reyes le dieron grandes reconocimientos en los premios India Catalina y los premios TVy Novelas.

Aunque ha estado bajo la luz pública toda su vida, es una persona muy reservada. Es un gran conversador, con un humor negro espectacular. Uno podría sentarse a hablar con él por horas, como lo hicimos nosotros para esta entrevista. Cuenta anécdotas de pasillos de teatro, sentimientos que dejan los personajes que ha encarnado y habla de la pasión que mueve todas sus fibras.

¿Cómo fue crecer entre actores, teatro y televisión?

Yo creo que sobre todo fue crecer entre actores, porque en aquel entonces ser actor era muy importante. Porque los medios han hecho que a la gente no le interese ese “actuar”, sino “salir en televisión”, que es completamente diferente.

Era una generación muy brava, era una generación donde todos eran muy buenos, todos eran preparados, todos eran estudiados. Diego Álvarez, Jorge Emilio Salazar, Fabio Camargo, mi padre, Jorge Alí Triana, Carlos José Reyes… Ese fue el parche con el que crecí.

Era un ambiente donde el actor era importante y la actuación era una profesión. Obviamente me tocó la época de ellos, hippie, rumbera. Eran artistas bohemios, era todo el cliché. Pero más que el cliché, así eran. Era la bohemia real, eran estos actores perseguidos por el Ejército, porque en este país cualquiera que fuera actor era ya de izquierda. Ni hablar de los actores de la Candelaria, que eran perseguidos por el Estado.

El tema de crecer con ellos fue muy bonito y compartí espacios comunes, lo que siempre me ha gustado: el teatro. Todo eso me ha generado un amor y un respeto infinito por esta profesión.

¿Empezaste a actuar por ellos o por qué? ¿Por qué decidiste estudiar actuación?

Todo empezó porque yo acompañaba a mi papá en vacaciones a su trabajo. Él era maestro en la escuela del distrito y yo iba con él. Era maravilloso, porque en mi lógica eran adultos jugando a ser niños. Un adulto que se disfraza, un adulto que “hace de…”. Era lo que yo hacía de chiquito, pero sin profesor ni teatro. Y un día le dije a mi papá: “Yo quiero actuar”.

Él se asustó muchísimo y me hizo un regalo muy bonito: me inscribió en los talleres infantiles. Yo estudiaba sábados y domingos. Iba al colegio de lunes a viernes y los fines de semana estaba allá. Después pasé a los juveniles y de los juveniles cerraron la escuela del Distrito, y pasé al TPB, y del TPB pasé a la escuela de él.

El TPB tiene una magia muy importante para ti. ¿Qué es el TPB y qué significa para ti? Porque muchas personas no saben qué es. De pronto han visto el edificio, pero no saben qué existía allí.

El TPB fue una idea que trajo Jorge Alí Triana cuando estuvo estudiando en Europa. Él quería montar su compañía de teatro, pero no como la de la Candelaria, que era una compañía fija. Quería tener un grupo de actores y un espacio donde se pudiera hacer teatro. El TPB es el Teatro Popular de Bogotá. Jorge Alí se unió con Carlos José Reyes y arrancaron este sueño de hacer teatro. Comenzaron en una casa muy chiquita en el centro —en la Jiménez entre carreras Cuarta y Quinta—, el monstruo se creció y se convirtieron en el punto de referencia del teatro colombiano de la época.

Yo nunca supe qué pasó y nunca quise indagar precisamente por el dolor que me dio enterarme de que el TPB se cerraba. Lo que pasó realmente, y lo que más destrozó, no fue que cerraran la casa y se fueran a otro espacio, sino que dejó de ser lo que era.

Para mí fue muy importante. Allá estudié con grandes maestros: Carolina Vivas, Nacho Rodríguez, Adelaida Nieto, Carlos José Reyes, Jorge Alí. Fueron años muy importantes para mi formación, más allá de descubrir que me gusta la actuación. Hoy en día considero que la actuación es el estudio del reflejo de la sociedad, que los actores no podemos ser ajenos al entorno. Todo gracias a los profesores que tenía.

Cuando ya fui más grande, tenía 15 o 16 años, pude entrar a una obra de teatro que se llamaba La Cándida Eréndira con el elenco de los grandes, me tocaba hacer un reemplazo y esa fue como mi graduación; poder compartir escenario con Rafa Bohórquez, dirigido por Jorge Alí Triana, coproducida por Fanny Mikey. Fue una escuela muy brava, uno a los 15 años parándose con todos estos monstruos.

Eso generó en mí ese respeto tan impresionante que siento por esta profesión. Nunca se me ha pasado por la cabeza que es algo momentáneo.

Alguna vez intenté estudiar otra carrera, por mi abuelo, que decía que era importante, pero el destino me mostró que no.

¿Qué estudiaste?

Estudié Comunicación Social, un día, en la Javeriana.

¿Un día? ¿Cómo así?

Llegué a la universidad y me entró un mensaje, en aquel entonces, de Pepe Sánchez. Me fui para RCN, después de la inducción del primer día. Y me dice Pepe: “Arrancas en una novela que se llama Guajira y, como su nombre lo indica, nos vamos para la Guajira como seis meses, venimos cuatro acá y nos volvemos a ir otros seis meses”. Le pregunté si podía pensarlo, a lo que me respondió: “No, necesito definirte ya”. Entonces fui a la universidad, me dijeron que aplazara, aplacé y me puse a hacer mi novela.

Terminé la novela, intenté ir de nuevo a la universidad y me llamaron de Punch: “Mira hay una novela que se graba quince días en el Valle de Tenza y ocho días acá, así sucesivamente”, y ahí ya dije: “Esto es una señal divina que tengo que escuchar”. ¡Pepe me salvó!

Siempre le voy a agradecer a él, que me convenció. Porque en otro momento de mi vida le pude haber dicho que no, pero es Pepe… no podía desaprovechar esa oportunidad, y mira… le hice caso [risas]

Tuviste la oportunidad de trabajar con Jorge Alí y tu papá en Crónica de una muerte anunciada. Fuiste Santiago Nasar. ¿Cómo fue hacer esa obra, no solo acá en Colombia, sino además llevarla al mundo y que la gente la entendiera?

Fue una obra que duró en repertorio más de 10 años. Nosotros todos los años la remontábamos, hacíamos temporada de dos o tres meses, lleno, y nos íbamos de gira. Fuimos hasta a Moscú.

Lo fácil de esta obra es que Gabriel García Márquez es más conocido afuera que acá. Afuera se lee más que acá y cuando nosotros fuimos a Moscú, tuvimos cuatro funciones completamente llenas de moscovitas, en español y con unos pequeños subtítulos en la parte de arriba del escenario. Nos esperaban con los ojos aguados y se morían de la emoción. Luego yo traduje esto cuando vi en el Iberoamericano una obra de Chéjov adaptada por una compañía rusa y yo lloraba y me emocionaba. ¡Porque escuchar Chéjov en ruso, como es, con un elenco ruso! Yo me imagino que a ellos les pasó lo mismo, porque nosotros tocábamos cumbia en vivo; entonces para ellos la cumbia, los personajes, ver a Santiago Nasar, ver esta magia macondiana, les generaba una emoción increíble.

Lo más bonito de esa gira en Moscú fue que a nosotros nos llevaron al Teatro Pushkin, que es como decir el Teatro Libre en Moscú, entonces era una compañía de muchos años y mi camerino era de un actor que llevaba muchos años ahí. Me entrega el camerino y me dice: “Mi camerino es su camerino, todo lo que hay aquí es suyo. Lo que necesite lo puede usar, para mí es un honor entregarle a usted mi camerino”. Todo esto con traductor, ¿no? Hicimos la función y este señor esperó hasta que se fuera todo el mundo para llegar a hablar conmigo, darme un abrazo y decirme que estaba muy emocionado, que esa compañía trabajaba mucho a García Márquez y me regaló un bastón. Me dijo: “Este es un bastón de una obra y yo quiero que usted se lo lleve”. Yo tenía un sombrero vueltia’o y se lo di, fue muy emocionante.

Crónica de una muerte anunciada es muy costeña, muy de acá…

Pero sobre todo es una historia muy colombiana y de ahí el montaje: era una plaza de toros. Jorge Alí decía desde el principio: “Es lo que pasa en Colombia, una plaza de toros es una gran Colombia, el único que no sabe que va a morir es el toro. El resto, todos los que están ahí, saben, callan, aplauden o simplemente miran para otro lado”. Entonces la importancia de esta obra es maravillosa porque es un reflejo de lo que pasa en Colombia. Todos sabemos quiénes son los malos, todos sabemos quiénes son los que joden este país, pero miramos a otro lado, o votamos en blanco, o criticamos, pero no hacemos nada.

Entonces esta obra es maravillosa. Los personajes, esta cosa costeña que dices, a esto hay que sumarle este concepto maravilloso de Macondo tan bien manejado por él [García Márquez], tan cercano y lejano a nosotros también.

Por ejemplo, de esa obra, de los personajes que más me gustan son los gemelos Vicario. A ellos realmente les cae la desgracia encima, son los que tienen que cumplir el honor y ¡ellos no quieren! Hacen de todo para que los paren: hablan con el alcalde para que les quite los cuchillos, hablan con los carniceros… “¡Por favor alguien párenos, que tenemos que matarlo!”, y nadie los para. Lo matan y ahí sí los que no hicieron nada los juzgan… Es muy colombiano.

“… Sabemos quiénes son los malos, todos sabemos quiénes son los que joden este país, pero miramos a otro lado, o votamos en blanco, o criticamos, pero no hacemos nada”.

 

¿Por qué dejaron de existir esas obras acá?

Pues… yo no sé… el teatro en Colombia ha pasado por muchas mutaciones, por muchos abandonos desde el principio. Pero yo lo que siento en la movida del teatro es que lo que está pasando ahora es muy chévere. Vinieron los microteatros —yo nos los disfruto mucho, pero esto es una cuestión personal— y en el microteatro siento que le queda a uno faltando, pero volvieron a acercar al público. La gente volvió al teatro y empezaron de nuevo los montajes.

Lo que creo que está pasando es que lo comercial está llegando al teatro en un país donde no existe la cultura teatral. Me refiero a que en Argentina está Corrientes, que es lo comercial, y lo que está fuera de Corrientes, que son obras maravillosas, y también hay público para eso.

Yo siento que acá están haciendo que el público se muera de la risa y a las obras diferentes —qué horror usar esta palabra— las están dejando sin espacios y sin público.

Cuando yo hice Venus en piel con Marcela Mar, nosotros teníamos mucho miedo porque nos fuimos para La Castellana, que es un tipo de público que va a divertirse, donde es la gran comedia, y Venus en piel es todo lo contrario. Y ver esa sala llena todos los días fue muy emocionante. A la gente le gusta el teatro.

Entonces lo que pasa es que hay que pocos interesados en retomar esas obras. Yo sé por ejemplo que el Teatro Nacional sigue con Crónica de una muerte anunciada con unas cosas pedagógicas. Le cambiaron todo el elenco, pero es el mismo montaje.

Si llegaran a decir que la vuelven a montar por un aniversario, ¿volverías a hacer la obra?

Podríamos tener problemas de casting. Eso uno ya con 40 años y hacer a Santiago Nasar de 20 está jodido, ¿Quién te va a creer? “Mire a este abuelo, huevón, haciendo de Santiago Nasar”. Yo creo que ya no estoy en casting.

Yo no sé. A mí me encantaría… es una obra que duré 10 años haciendo, y cuando hablaba con mi papá decíamos que era una obra que siempre podía dar más en todo aspecto, en toda interpretación. Es una obra que tiene un montaje, pero dentro del elenco encontrábamos unos lenguajes maravillosos con cada público, cada año traía cosas increíbles. Llegaban actores nuevos, y esos acoples enriquecían la obra. Era muy interesante. A mi encantaría volverla a hacer, obviamente. Además, volverme a empelotar… ¡qué pereza!

¿Cómo es desnudarse en escena?

A mí eso me dio duro porque Jorge Alí siempre dice que el desnudo es un vestuario más de una puesta en escena. ¿En la obra por qué estaba justificado? Porque realmente mi desnudo generaba en el público una sensación de “¡Uy, jueputa, este man está solo!”, y la imagen mía es la imagen del toro que entra a la plaza desnudo y no sabe qué hacer.

Más allá del desnudo, eran —uno pasa por todo, pasaba por lo básico— los miedos de un desnudo que son más grandes de lo que son: me van a ver el pipí, me van a ver el gordo de la panza, me van a ver la estría de la nalga. Entonces ahí yo me empecé a enloquecer y empecé a hacer ejercicio de una forma… yo no dormía, yo no comía, me bajé de peso. Hasta que mi papá se me acercó un día y me dijo: “Juli, pero es que a usted no lo están contratando por un desnudo, ni porque tenga un cuerpo una chimba. A usted lo están contratando porque usted es un actor, mire la gran diferencia. Porque si usted hace una campaña de Calvin Klein vaya y vuélvase cuajado, saque los abdominales pa’ las fotos, pero acá están buscando un actor”. Eso me tranquilizó mucho.

Obvio, al principio yo andaba con bata antes de entrar a escena con mis compañeros, ya al final llegaba y me empelotaba, pues todo el mundo me veía la verga todo el día. Yo ya hacía chistes, ya todos me conocían, entonces no pasaba nada.

Esa obra me quitó muchos tabúes de mi cuerpo y en mi carrera fue muy importante porque descubrí “yo lo que soy es actor, yo no tengo que estar —como dicen los mexicanos— mamado, viga todo el tiempo”, porque eso también es una limitante de un actor, porque siempre te van a llamar para eso.

Cuando estás gordo siempre te van a llamar para ser gordo, es como uno se amolda como actor a lo que tiene que hacer y esa obra me sirvió para desinhibirme del ego, no de la desnudez. “Usted nació así, es lo que hay. Hágalo y salga”.

“Estos paracaidistas de la actuación le hacen creer a todo el mundo que somos unos vagos”.

 

Creciste haciendo teatro, pero también desde niño hiciste televisión. ¿Cómo fue la primera vez que entraste a un set?

Cuando yo empecé a hacer televisión, se hacía muy basada en el teatro. ¿Por qué? Porque venían de estos actores y estos actores necesitaban ensayos, entonces yo me acuerdo que, por ejemplo, había una cosa que se llamaba Dialogando, y eso se ensayaba de lunes a jueves para grabarse el viernes en un día. Era muy teatral el paso, no era tan traumático.

Obviamente aprender qué era un plano medio, un plano abierto, que el micrófono, que la luz, que se podía repetir. A mí esa transición no me dio tan duro. Yo creo que después para la generación que venía detrás de mí, más jóvenes, que les tocó la nueva televisión —sin ensayo, “párese ahí, haga esto, ¿por qué grita? ¿Por qué no se le entiende?”—, es más traumático. Hoy en día la televisión no tiene el tiempo que debería requerir hacerla.

Al principio no fue tan traumático, pero hoy en día la televisión es negocio. Esto es negocio, esto son: cuatro meses, 70 capítulos, doble unidad, trabajas de sábado a sábado, 12 horas y se acabó. Y tiene que estar uno en la jugada, estar concentrado.

Otro tema es el cine y la televisión, porque también pensamos que es igual. ¿Cuál es la diferencia ahí?

Hoy en día la televisión se adaptó al cine. Antes la televisión era con cámaras que se ponchaban, o sea, había un switch en una móvil donde el director ponchaba, entonces una escena la hacías en una toma porque tenías todos los planos en las tres cámaras. Entonces cuando yo empecé a hacer cine y veo que es solo una cámara y esa sola cámara tiene como 10 lentes y que cada escena tocaba hacerla 20 veces porque es con un actor, después con el otro… plano arriba, plano abajo… se volvió muy interesante porque hacer cine requiere mayor concentración. Como lo haces una vez lo tienes que hacer las 25 veces, o el editor se vuelve loco.

Lo bacano de la televisión hoy en día son los formatos que estamos trabajando, es eso: se trabaja con dos cámaras, pero son dos cámaras independientes con dos ópticas diferentes y cada escena se hace mínimo cinco veces porque toca ajustar los planos. La televisión de ahora se parece mucho al cine, las tecnologías del cine en televisión son maravillosas, entonces poder contar historias en televisión así es muy chévere.

Algo bueno de la actuación en Colombia.

Los actores.

Y, ¿algo malo?

Los que creen ser actores.

¿Cómo se maneja eso?

Para eso está el sindicato. Yo siento que esta es una lucha personal, porque desde que estamos con el sindicato, desde que estamos pidiendo derechos y estamos pasando la Ley del Actor, mi lucha constante es contra los paracaidistas de la actuación, que son los que le hacen daño a la profesión. Ellos piensan que uno los ataca, pero ellos no se dan cuenta de que los que nos atacan son ellos a nosotros, por ser paracaidistas. Por no ser profesionales, por pensar que esto es una mamadera de gallo, porque esto son selfies todo el tiempo, porque “yo estudio la letra en el set”, porque no les importa llegar tarde, el que se corta el pelo y piensa que eso se resuelve con una peluca. Este tipo de actor es el que le hace daño al actor profesional que entiende que todo esto no puede pasar.

Hay un punto específico que se critica mucho y son las reinas o participantes de realities que llegan a actuar. Algunos resultan muy buenos y otros no. Siendo actor profesional, ¿cómo ves este fenómeno y cómo recibes a estas personas?

A mí lo que me jode es el título. Porque está el chino de Protagonistas que hace Tu voz estéreo y al otro día ya le ponen “actor”. Y es sencillo: marica, hay que ganarse ese título de actor. Esa fue mi pelea en Bailando por un sueño y en las dos cosas que he presentado, a mí me ponían “presentador”, y yo les decía: “No me pongan así, yo soy actor, pónganme ‘actor’”.

Yo no puedo pretender ser presentador si solo he presentado un concurso. Presentador Pacheco, Jota Mario, que llevan toda una vida y entienden el tema de la presentación. En mi hoja de vida no se me pasa poner “presentador”, o que el día de mañana el director de la serie se tenga que ir y yo dirija dos o tres escenas y ponga que soy “director”. No, yo soy actor. Creo que zapatero a tus zapatos. La magia de la actuación es esa: estar en diferentes roles pretendiendo serlo, pero no puede creerse que lo es, porque es una falta de respeto.

Por eso volvamos al tema: conozco casos de reinas que han llegado y que han sido un hit: Margarita Rosa de Francisco, Carolina Gómez, Paola Turbay, que aparte uno sabe que estudiaron, se metieron, se prepararon y de verdad encontraron su vocación, ¡qué bacano! Uno las ve y dice: “Sí, marica”, pero también uno ve otras que… “¿Es en serio, marica?”.

Yo por ejemplo no estoy en contra de muchas cosas sobre eso. Les dan un protagónico porque es parte de la televisión, es un negocio: la televisión quiere gente linda, bla, bla, bla. Pero… no le faltemos al respeto.

Porque qué es lo que pasa: la gente piensa que es esto es pura rabonada y los que se sienten atacados dicen que es cosa de nosotros. No, es que al hacer eso se tiran las cosas. Por ejemplo, la primera vez que pasamos la Ley del Actor, la imagen colectiva son ese tipo personajes, entonces nos dicen: “¿Ustedes para qué piden si salen en Tv y Novelas todo el tiempo y viven en yates y ganan increíble?”. La respuesta ahí es: “No, no, no. Nuestra ley es para los actores en general, los de teatro y televisión, ganen bien o no”.

Estos paracaidistas de la actuación le hacen creer a todo el mundo que somos unos vagos, que no hacemos sino mostrar en las redes que estamos en tanga o bailando reguetón en pijama sexy. Y lo que siempre he defendido es que exista ese mercado, bacanísimo que exista, porque se necesita, pero que no nos metan a todos en la misma cochada.

“Si uno tiene una cabeza poco estructurada se puede comer el cuento y sentir que es muy especial”.

 

¿Ellos también estarían cubiertos por esta ley o no?

¡Obvio! Esa es otra de las cosas que la gente no entiende, ahorita que firmamos los acuerdos con los canales, estos acuerdos se rigen tanto para los socios de ACA (Asociación Colombiana de Actores) como para los que no.

¿Cómo son esos acuerdos?

Después de tres años de negociaciones con los canales, ACA logró por primera vez unos acuerdos básicos de horarios de trabajo, de condiciones, sitios donde pueden estar los actores, no trabajar domingos ni festivos. Como un trabajador común y corriente. Porque acá había una informalidad porque era más o menos un privilegio salir en televisión, y “colabóreme”.

Entonces al lograr eso tuvimos una conciencia —digo nosotros, la junta directiva— muy importante para que estos acuerdos fueran para todo el mundo. Hasta para estos chicos paracaidistas —que lo digo con todo el respeto del mundo—, porque también es importante que ellos existan en el medio de la televisión. En televisión también se mueve eso. Y ellos también tienen que tener sus derechos y ser respetados y valorados como trabajadores, más allá de si hacen o no hacen.

Para ACA la lucha es la Ley del Actor, que con esa ley vamos a reivindicar unos derechos que hemos perdido, como las regalías, por ejemplo, y otro montón de cosas con las cuales los actores viven alrededor del mundo.

Otra cosa que ACA propone y con lo que los socios estamos comprometidos es que, si el productor sabe que el actor es socio de ACA, es un actor que va a llegar con la letra aprendida, es un actor que no va a llegar tarde, es un actor que va a funcionar, es un actor preparado. Entonces va a saber que el plan de trabajo se va a cumplir.

Hay unos chicos hoy en día en las escuelas que son unos voladores y esos son los que vienen pisando duro. ¡Para ellos es la ley! A nosotros ya nos tocó así… pero la ley es para ellos. Que cuando salgan de estudiar sepan que tienen unos derechos.

Hay muchas compañías y actores que se están quejando frente a la situación del Festival Iberoamericano de Teatro ¿Qué está pasando con el Festival? 

Lo que pasa con el Iberoamericano es que es un festival muy importante para Colombia, pero los grupos colombianos no son importantes para el Iberoamericano. No pasa ahora, sino siempre, que las condiciones para los grupos colombianos no son las mismas que para los grupos extranjeros. Lo que se invierte en grupos extranjeros obviamente no es lo mismo de lo que se invierte en grupos colombianos. Hay historias de grupos colombianos que tenían que pagar su propio transporte y venirse por tierra a Bogotá para presentarse, el tema de las taquillas también es complicado.

Lo que pasó ahora, es que todo el mundo se va a lo negativo, y dicen que nosotros estamos saboteando – nosotros como gremio de teatro, no como sindicato – y es todo lo contrario, queremos fortalecerlo. La propuesta para el Iberoamericano es “muchachos, este es un festival importante para Colombia y para Bogotá, ¿cuándo va a ser Colombia el país invitado de honor?”.

Y empezamos a enterarnos de muchas historias de gente a la que todavía se le debe plata, retomamos y entendimos por qué un teatro tan importante como La Candelaria desde hace muchos años se retiró del Festival.

¿Qué pasó con el Iberoamericano? Todo lo que pasó y todo lo que se armó sirvió para que a los grupos que ya habían sido invitados, pero habían rechazado ir, el Festival los volvió a llamar y les mejoraron las condiciones. Unas condiciones mucho mejores: en presupuestos y en trato. Igual el 90% de los grupos no quisieron asistir porque ya se había tomado esa decisión de decir que si no sentían respetados no iban. De resto todo sigue igual, seguimos en conversaciones, tenemos un chat que es la locura del cual hacen parte 500 personas y se están haciendo acercamientos con el gobierno y esta movida teatral se despertó de una manera maravillosa. Todas las crisis siempre sirven para algo.

¿Cuál es tu posición frente a esto?

Yo estoy tomando una posición gremial, que se acerca a mi posición personal. Es el momento para que los grupos y las compañías colombianas sientan y tengan un fomento maravilloso e importante en el Iberoamericano.

Se ha tomado la decisión de no participar, se armó un Congreso Nacional de Teatro maravilloso donde están más de 500 actores y más de 500 identidades de teatro de todo el país. Esto nos sirvió para formar una gran coalición, por así decirlo, pensando en el futuro del teatro en Colombia. Se descentralizó, ya no es solo Bogotá, hay gente de todo el país, desde la Guajira hasta el Amazonas.

Volvamos a tus personajes. Los actores normalmente hacen castings para ganarse sus papeles, pero también a veces los llaman exclusivamente para un rol, ¿te ha pasado?

Han sido muy contadas las veces que me han llamado directamente, pero contadas. Creo que la última vez que me pasó fue para La Prepago, pero siempre me he peleado los castings y es parte de la carrera.

Lo difícil de esta carrera no es el casting, es que tú te preparas, haces el casting, la pegas, terminas y todo vuelve a arrancar de cero otra vez. Lo que hiciste ya no vale en ese momento.

Es un poco como los ciclistas: te ganas el Tour de Francia, eres la verga, pero el siguiente año te toca empezar a pedalear desde la etapa 1, comerte toda la mierda, volvértela a ganar para que puedan decir que eres lo máximo.

¿Y te gusta hacer castings?

Me parece divertido. No me gusta en el sentido en el que la información que a uno le mandan es muy cortica, a veces no sabes mucho y terminas especulando cosas.

Pero sí me parece una vaina sensata poder demostrarles a muchos directores que no te conocen hasta dónde puede llegar la elaboración de un personaje.

Revisando tus personajes, todos son muy distintos, por ejemplo: Leo Reyes, Carlos Castaño, Juan Gabriel, por nombrar algunos… ¿Cómo logras que no te encasillen? ¿O sí te encasillan?

Hubo una época que sí, hubo una época muy difícil mía, cuando siempre era el personaje de barrio, el amigo del amigo, pero creo que la forma de lograrlo es haciendo personajes muy cercanos a la gente. Eso lo aprendí de Mario Rivero.

Cuando se hace un personaje y alguien te ve y dice: “¡Así es mi tío!”, eso genera identidad en el personaje y si logras esto con cada uno puedes lograr cosas diferentes. No es cuestión de acentos, ni ponerle un tic o un parche, todos los personajes pueden generar identificación diferente desde su forma de ser. Eso ha sido el secreto y aparte tengo otra cosa, es que soy muy afortunado, soy muy de buenas. A mí los personajes que me llegan son de un extremo al otro, entonces paso de Carlos Castaño a un lavaperros en La viuda negra, ambos se mueven en cosas parecida, pero son muy diferentes, lograr eso es chévere.

Pasar de Juan Gabriel a El comandante fue una cosa superbonita por los tiempos, y pasar de El comandante a esto que estoy haciendo que no tiene nada que ver, eso me genera una cosa superbonita.

Y tú tampoco te encasillas, porque hay gente que le gusta solo la comedia o solo drama.

No, no me gusta. No por encasillarme, sino que entre más difícil sea el personaje para salir del otro, me gusta más, es más divertido.

Entre más me angustie, entre menos noches duerma, entra más me despierte a las 3:00 a. m a buscar en Google y leer, a buscar información, me ayuda a despercudirme de lo otro. A los actores nos pasa algo y es que buscamos tanto llegar a una perfección en la interpretación que cuando algo funciona nos podemos quedar ahí. Y te funciona y te funciona, pero llega un momento en el que se desgasta y cuando esto pasa, estás tan pegado a esa fórmula que te proponen otra cosa y es muy difícil hacerla.

Mi papá me lo explicaba con un pianista. Me decía: “Si solo tocas salsa todo el tiempo, la misma salsa… y un día te ponen una partitura de Beethoven, pueda que la toques, pero no la vas a tocar fluido y va a ser con mucho esfuerzo. Pero si todo el tiempo estás cambiando, usas el mismo piano y diferentes ritmos, te vas ejercitando”.

La actuación es un ejercicio emocional, por eso los actores que están vigentes siguen haciendo teatro, siguen investigando, nunca paran. Como los músicos, ese tema del piano de mi papá siempre me ha encantado como ejemplo: si un pianista deja de tocar tres años se le nota. Va a tocar, pero es evidente la falta de práctica.

Cuando ves un actor afinadito, que se divierte, que te diviertes viéndolo, que dices: “Qué delicia de personaje que está haciendo…”. Yo creo que ese es el secreto: estar siempre vigente trabajando, siendo inquieto.

En la construcción de un personaje, ¿te dan directrices o te dejan ser un poco más libre?

Depende, por ejemplo, en personajes como el de Carlos Castaño o Juan Gabriel, era muy difícil especular. Son interpretaciones que tienen una línea muy delgada donde uno se puede ir al carajo, hacerlo muy sonso o quedarse en un punto específico.

Pero en los personajes que uno construye se puede especular un poco más, y los directores te pueden comprar la idea. A algunos guionistas les gusta y ya empiezan a escribir sobre lo que uno está haciendo, eso es muy chévere. En las bionovelas es un poco más riguroso el tema.

Un personaje que marcó tu carrera fue Leo Reyes. ¿Cómo fue vivir como él?

Fue la primera vez que experimenté realmente la fama. Experimenté no poder ir a hacer mercado porque se volvía un plan de cuatro horas, eran mil fotos. Me tocó, suena como una bobada, pero me tocó poner los vidrios negros al carro porque cada vez que llegaba a un semáforo la gente se bajaba de los carros a pedir una foto, porque Leo era un bacán, no era nada en mala onda.

Experimentar eso fue muy raro, porque más allá de un personaje, yo decía: “¿En que más aporta?”, aparte de reírse y ser chévere. Yo agradezco mucho que a la gente le guste el personaje, pero me da un poco de vergüenza ser tan famoso. Era una vaina muy fuerte. Fue muy bonito, pero sinceramente fue aterrador.

Es aterrador porque si uno tiene una cabeza poco estructurada se puede uno comer el cuento y sentir que es muy especial. Y uno no es especial. Especial el profesor Llinás.

Hay actores a quienes determinados personajes los drenan energéticamente, Andrés Parra contaba que esto le pasaba con Pablo Escobar. ¿Cómo te fue haciendo a Carlos Castaño?

Yo en ese tema pongo una barrera más grande para que no me afecte tanto. Es inevitable a veces que no te afecte, pero trato de no meterle tanta cabeza, pero sí experimenté cosas.

Me pasó una vez con Elkin Díaz. Se recreó la masacre de Mapiripán, entonces esto eran brazos mutilados, dummies de niños muertos. Era una escena donde llegábamos nosotros a hablar con unas personas del Ejército, cuadrando cómo se iba a tapar lo que había pasado.

Ese día salimos de escena y hubo un silencio como de dos horas, nos subimos al carro y ninguno hablaba. Llegamos al hotel y cuando me acosté no pude dormir en toda la noche, no entendía lo que pasaba, hasta que caí en cuenta, y pensé: “¡Está muy hijueputa lo que acabamos de hacer!”. Energéticamente estábamos reviviendo una vaina que realmente pasó y que visualmente era muy fuerte, esas escenas las editaron, eso nunca salió.

Este personaje tenía este tipo de escenas que era muy pesadas y yo tenía el DVD de El rey león, entonces yo ponía en el hotel la película porque necesitaba un lugar feliz. ¡Pero El rey león no ayudaba en nada porque mataban al papá de Simba! Lo único feliz es Hakuna Matata, de resto es muy triste esa película. Es muy malvada para los sentimientos.

Esa serie fue muy criticada, pero ustedes trataron de mostrar todo lo más preciso posible...

Mi discusión con la gente cuando me decían que lo veían [a Carlos Castaño] como un héroe, yo les decía: “Si para usted un tipo que viola, que descuartiza, que se inventa lo de las motosierras, un tipo que hace todo esto, para usted es héroe, ¡el del problema es usted!”, el problema no éramos nosotros.

Alguien me decía que yo estaba haciendo el personaje muy humano, pues es que así le sepa a mierda es un personaje humano, ese tipo tenía hijos y era un gran papá, era un hermano increíble, parece que fue un esposo ni el hijueputa, pero pues era paramilitar y era un asesino, ese era su otro trabajo.

Una de las ideas era mostrar cómo no ser una bestia salvaje como nos vende Hollywood y Disney, que la bruja es siempre la mala. El que uno menos piensa resulta siendo un tipo que hace un montón de atrocidades y lo más extraño es que sigue una vida normal mientras hace esto.

Hablemos de Juan Gabriel, un hito muy importante para Latinoamérica y una persona muy especial, además. ¿Cómo fue hacer este personaje?

Por primera vez me tocó involucrarme mucho más de lo que me gusta, por no conocer. Yo siempre tengo un límite y trato de no pasarlo, donde está la famosa memoria emotiva y donde uno empieza a meter lo de uno para el personaje. Pero de cierta forma me tocó romper ese límite porque yo no conocía la cultura mexicana, quería llegar al sentimiento de este personaje y no especular. Más allá del lenguaje, la cultura es muy importante y somos parecidos, pero muy diferentes.

Con Juan Gabriel empecé a sentir una tristeza y una desolación, aparte estaba solo en México, entonces todo se mezclaba. Todas las noches estaba solo en mi casa, escuchando Juan Gabriel para aprenderme las canciones para el otro día.

Fue de estos trabajos donde me tocó meterme en el tema todo el tiempo. No era Juan Gabriel todo el día, pero vivía sumergido en su mundo, al final toda esa tristeza y melancolía de él la empecé a sentir, fue muy fuerte porque estaba el corazón muy arrugado al final. El último mes tenía una tristeza y desolación, y fue por toda su historia. De esa mamá que no lo quiso, de ese amor que nunca consiguió completo por su decisión de vida, ese personaje me dejó muy triste.

El día que pude llorarlo, fue cuando se murió. Le hice un duelo. Fue muy raro porque estaba grabando El comandante y me llegó un mensaje del productor diciéndome que se había muerto Juan Gabriel. Y empecé a llorar y a llorar, me preguntaba por qué estaba llorando. Me llamó mi papá y yo le decía que no entendía por qué estaba llorando, me dijo: “Obvio Juli, llevas meses interpretándolo, lo conocías de alguna forma. Chévere, déjalo ir”. Fue muy bonito, porque estuve llorando un rato y se me fue esa tristeza que me había dejado el personaje.

Nunca quise aprovecharme de la situación, porque era muy fácil hacer prensa al respecto. Había actores que se les hacía agua la boca, de hecho, un colega me llamó y me dijo: “¿Por qué no aprovechó?”. ¡Qué cosa más vil aprovecharse de la muerte de alguien!

“El hecho de que yo monte en bicicleta no me hace ciclista, que yo me pare enfrente de una cámara no me hace actor”.

 

¿Cómo te fue en México haciendo ese personaje?

Hubo un tema muy rudo, al principio nadie me hablaba, nadie. Los únicos que me hablaban eran el director y la diseñadora de vestuario.

Ya me habían contado que había un tema con que yo fuera colombiano y escuché a unas personas en unos camiones diciendo: “Vamos a ver qué trae el colombiano”.

El primer día de grabación hice mi primera escena, me tocaba cantar Hasta que te conocí en el Noa Noa. Empieza la canción y yo no veía nada, tenía dos reflectores en la cara, pusieron la música, hice la canción. Segunda pasada y ya empecé a escuchar gritos de los extras, a la tercera pasada ya pasaban los técnicos y me decían: “Está de puta madre, carnal”. Cuando terminamos se me acercó la persona de sonido y me dijo: “No mames, me dejaste con la boca cerrada, ¡qué gran trabajo! Gracias por respetarnos a nuestro divo”, y de ahí en adelante ya es historia.

Al final de las grabaciones me regalaron la chaqueta del vestuario del concierto del Teatro de Bellas Artes. Yo quería llevarme un botoncito y la diseñadora me dijo: “Mira esto es tuyo”, ¡casi me muero!

Era un trabajo impecable el de todos. La pasamos increíble.

Volviendo a la ACA, y al tema de la posición política. ¿Por qué crees que acá los actores no tienen una postura política?

Yo no sé si quieran ser políticamente correctos, pero puede ser miedo. Somos un país de miedo, en nuestro medio hemos vivido muchos vetos. Solo hay dos canales, entonces tocaría opinar sobre esas líneas.

La gente se mide mucho. Hoy en día no me mido por muchas razones. Primero porque no tengo por qué medirme, y tampoco soy un radical. Obviamente doy mis opiniones. No pertenezco a ningún partido, por más que me digan mamerto o de izquierda.

¿Sabes qué pasa? El miedo de la gente es que uno no puede estar en la mitad. O eres radical o estás con el Gobierno, pero si estás en la mitad eres un hijueputa. Aparte acá en Colombia no se genera conciencia política, a la gente no lo importa mucho.

Otro tema es que hay mucha gente que quiere complacer a todo el mundo y ponen lo que a la gente le gusta ver. Creo que la gente busca ser políticamente correcto y esa actitud es la que nos ha llevado a estar donde estamos, donde sube el que uno menos piensa y nos toca quedarnos callados.

¿Para cuando ves la Ley del Actor?

Tenemos un problema muy bravo y es que estamos en una época de legislación muy difícil —fast track, la Ley de Paz— eso trae puntos más importantes, no digo que el nuestro no sea importante y por ley el fast track va primero.

El problema de nuestra ley es que la agendan de cuarta o quinta, pero por lo general en los dos primeros puntos se van los debates, entonces casi nunca llegan a nuestro punto. No es que no quieran que nuestra ley no pase, sino que están en Justicia y Paz, pues eso va primero, y lo entendemos.

Pero nuestra lucha es generar una conciencia en los legisladores para que nos den la oportunidad. La idea es que para finales o mitad del próximo año ya la ley esté para firma presidencial. Sabemos que nos tocó bailar con la más fea, en ese sentido. Sabemos que es una época difícil, pero tenemos muchos senadores que son muy sinceros y nos dicen: “La estamos apoyando al máximo, entiéndanos”. No es la que no la quieran poner, sino que vienen cosas muy difíciles para el país, un proceso de paz.

Nos pasó algo muy bonito y fue que la ley al principio tuvo muchas objeciones de Asomedios. Y la ley que teníamos la volvieron un borrador, la desbarataron y quedó muy débil. La sacamos, se rearmó y ahorita es una ley con un peso muy fuerte. El que la lea se da cuenta de que no es por joder, sino porque de verdad queremos hacer cambios.

Otra de tus pasiones es la bicicleta. ¿Cómo llegas a este tema?

A mí la bicicleta siempre me ha gustado. Hace nueve años conocí a una gran amiga que se llama Catalina Orrego, que me enseñó a montar en ruta. Se me volvió una pasión y aparte he tenido la posibilidad de conocer profesionales del ciclismo: Esteban Chávez, Edgar Sevilla, Checho Henao.

Es un deporte de gente anormal, son de otro mundo, los conozco y cada día los admiro más y lo que más me enloquece de ellos es que son unos tipos fantásticos.

Se me volvió una pasión, es una delicia. Es lo más cercano que he encontrado a la meditación. Cada vez que medito, me quedo dormido por no estar en el presente. En la bicicleta si no estás en el presente, te matas. Es una delicia de deporte, estás viendo el paisaje, así sea en el simulador estás pendiente del corazón, es una nota. Estoy muy feliz y cada vez más me gusta este deporte.

¿Qué deportistas te gustaría conocer?

A Froome, aunque me puso muy triste ver las noticias que salieron de doping, ojalá no le quiten todos sus títulos, eso sí sería muy triste. “Todos menos él”, pensaba yo. Por ejemplo, cuando lo veía contra Nairo en el Tour, pensaba: “Bacano, Nairo… pero chévere Froome”. Es que es un monstruo, también bacano que gane él.

A Nairo también me gustaría conocerlo, de resto he tenido la oportunidad de conocer a varios. A Esteban tengo la fortuna de decir que es muy cercano, se ha generado una amistad muy chévere y mucha admiración.

Volvemos al tema de comparar, es como que yo diga que soy ciclista… el hecho de que yo monte en bicicleta no me hace ciclista, que yo me pare enfrente de una cámara no me hace actor.

Para mí esto es un hobbie, pero la actuación es mi pasión.

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