Entrevista Playboy: Gabriel García Márquez - Febrero de 1983

Imagen por fotografías por Oscar Pulgliese

Este artículo sale en la edición impresa de PLAYBOY COLOMBIA de abril - mayo de 2018

El Premio Nobel es el más prestigioso y menos predecible de los honores. Por eso recibimos con grata sorpresa la noticia de que el ganador en el campo de las letras de 1982 era el novelista latinoamericano Gabriel García Márquez. PLAYBOY no solo ha publicado sus escritos de ficción durante más de una década, sino que recientemente envió a una periodista a hacerle la entrevista más extensa de su carrera. Así que cuando se anunció que el colombiano haría el tradicional viaje a Estocolmo a principios de diciembre para recibir su premio, tuvimos el placer de ofrecerles a nuestros lectores, de manera fortuita, una entrevista en el momento preciso. Sin embargo, entre la comunidad literaria el anuncio no fue inesperado. Durante años los críticos han quedado extasiados con el autor de Cien años de soledad. Lo consideran uno de los grandes novelistas vivos y comparan su trabajo con el de William Faulkner y James Joyce. Además, entre los literatos, desde hace mucho tiempo ya se hablaba de García Márquez —Gabo, como es conocido entre sus amigos— como un contendiente al Nobel. Por eso solo era cuestión de tiempo para que el escritor recibiera este honor.

Estos son algunos datos sobre García Márquez: es el principal exponente del “realismo mágico” de Latinoamérica, un estilo literario en el que la fantasía y la realidad se mezclan en una forma única de narración del Nuevo Mundo; Cien años de soledad, su magistral novela de vida, amor y revolución en un pueblo latinoamericano, ha vendido más de 6 millones de ejemplares en más de 30 idiomas; el libro es un clásico de culto en los campus de las universidades estadounidenses; además, antes de obtener su Nobel, el escritor ganó todos los premios internacionales de mayor importancia.

Pero más allá de sus logros literarios, García Márquez es un activista político, un defensor de la revolución social en el Tercer Mundo y en Latinoamérica en particular. Es amigo íntimo de muchos líderes mundiales, entre ellos el cubano Fidel Castro y el presidente socialista de Francia, François Mitterrand. Sus puntos de vista izquierdistas y su perfil lo han convertido en una figura controvertida en Estados Unidos.

Cuando Cien años de soledad fue publicado en EE. UU. en 1970, los críticos coincidieron en que García Márquez era un genio. A eso le siguió la publicación de El otoño del patriarca, una obra tremendamente surrealista sobre un dictador latinoamericano que ha estado en el poder tanto tiempo que nadie recuerda cómo llegó allí. En abril Knopf lanzará su última novela, Crónica de una muerte anunciada, una historia de sexo, asesinato y retribución.

El escritor, nacido en el pueblo costero colombiano de Aracataca en 1927, creció en una atmósfera que lo convirtió en un narrador natural. Siempre ha dicho que su pueblo natal era un lugar maravilloso de “bandidos y bailarines”. Cuando joven, su abuelo le contaba verdaderos cuentos de guerra, injusticia y política, mientras que su abuela le narraba historias sobrenaturales a la hora de dormir.

Desde los 18 años García Márquez sabía que un gran libro sobre Latinoamérica se gestaba en su interior. En su juventud estudió derecho en Bogotá, pero se retiró a finales de los 40 para ganarse la vida como escritor y periodista. Durante los 50 y 60 vivió la itinerante vida de un reportero en París, Roma y Caracas, además de una temporada como corresponsal de Prensa Latina, la agencia de noticias de la Revolución cubana.

En un breve viaje a casa en 1958 se casó con Mercedes Barcha, su novia de la infancia. Cuando no escribía para los periódicos García Márquez escribía ficción: La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Los funerales de la Mamá Grande, son trabajos que algunos eruditos consideran ahora los primeros borradores de Cien años de soledad. Hacia 1965 García Márquez cristalizó la idea de Cien años de soledad mientras residía en Ciudad de México con su esposa y sus dos hijos.

Luego de su publicación en 1967, la obra catapultó a García Márquez y lo convirtió en un hombre rico, con la influencia política y el renombre internacional reservados solo para las estrellas de cine y los estadistas. Su familia ahora posee elegantes residencias en Ciudad de México y París, y el escritor ha usado su influencia para convertirse en un embajador no oficial de la izquierda latinoamericana. Ha tratado de ignorar su fama, infructuosamente, afirmando que detesta convertirse en un espectáculo público.

El año pasado PLAYBOY le dio luz verde a la periodista Claudia Dreifus para que intentara entrevistar a este inusual escritor. Este es su informe:

“Describir a García Márquez como esquivo es un eufemismo. No contesta cartas porque teme que su correspondencia sea vendida en subastas. Su teléfono parece estar dañado siempre. Le escribí a varias direcciones en París y llamé constantemente a su agente en España. No pasó nada. Entonces, una tarde en Nueva York, Gregory Rabassa, el traductor a lengua inglesa del autor, me llamó: ‘Gabo está en Nueva York, solo por esta tarde. Si se apresura, es posible que logre conseguirlo’”.

“De inmediato lo contacté en el Hotel Park Avenue. ‘Sr. García Márquez, se ha escrito mucho sobre usted, pero muy poco es cierto’, le dije. ‘Con una entrevista para PLAYBOY, usted podría aclarar toda la ficción. Y más aún, con la situación actual de Centroamérica, los estadounidenses estarían interesados en escuchar a alguien distinto hablar sobre las realidades latinoamericanas. ¿Por qué no nos cuenta su versión de la historia?’”.

“García Márquez estaba intrigado. En marzo de 1981 sufrió la experiencia de tener que huir de su país después de que los militares intentaran vincularlo con una organización guerrillera castrista. En los Estados Unidos estaba teniendo problemas con el Departamento de Estado debido a su conexión con Castro, por lo que solo se le concedía una visa de entrada limitada al país. Dijo que sí le gustaría hablar de todo esto, y luego me preguntó si hablaba español, a lo cual respondí que no. Posteriormente me preguntó si hablaba francés, y le dije que un poco. Yo sugerí hacer la entrevista en alemán —el idioma más difícil en una situación como esta—, y ambos nos reímos por lo ridículo de mi propuesta”.

“‘Algo nos ingeniaremos’, me dijo. ‘Nos vemos en París o en Barcelona, lo que tú prefieras’, concluyó. Le dije que prefería la primera ciudad. ‘Muy bien’, me dijo riéndose. ‘Esta conversación ya está empezando a parecer una novela de Dos Passos’”.

“Dos meses después nos reunimos en su moderno apartamento en un rascacielos de París. Durante nueve días hablamos y discutimos distintos temas con la diligente ayuda de Patricia Newcomer, que hizo la traducción de español a inglés. Ocasionalmente, Mercedes, la esposa del autor, una mujer morena de modales delicados, se sentaba en las sesiones”.

“Casualmente, nuestras conversaciones sobre política latinoamericana ocurrieron cuando El Salvador estaba en los titulares y antes de los resultados del conflicto de las Malvinas del verano pasado y las renovadas tensiones en Nicaragua. Por esa razón, estos debates deberían leerse en ese contexto”.

“Curiosamente, el humor negro, tan característico en la escritura del colombiano, apareció solo después de una larga persuasión. El escritor estaba dando una entrevista para la posteridad, ¡y válgame Dios si hablaba en serio! Cierto día, en un intento infructuoso por hacerlo reír, le llevé una caja de trufas de la mejor chocolatería de París. En Cien años de soledad hay un sacerdote que levita cada vez que bebe chocolate. ‘¿Va a levitar con estos?’, le pregunté. ‘¡Solo funciona con el chocolate líquido!’, dijo con tristeza. Y luego arrojó las trufas a un rincón de la habitación”.

“Sin embargo, cuando García Márquez vaya a Estocolmo a recibir su Nobel, recibirá algo que sin duda apreciará más: 157 mil dólares en efectivo, gran aclamación y un lugar certificado en la historia de las letras. Será un viaje delicioso para García Márquez, el fabulista que comenzó a escribir en Aracataca dibujando caricaturas de los cuentos ocultos de su abuela, el hombre que escribe porque quiere ‘que lo quieran más’”.

***

Usted ha recibido numerosos honores literarios desde la publicación de Cien años de soledad. Ha sido mencionado en relación con el Premio Nobel, y John Leonard del New York Times dijo alguna vez: “La gran novela americana ha sido escrita por un latinoamericano”. En vista de eso, ¿le parece irónico que, debido a su problema con el Departamento de Estado de Estados Unidos, usted tenga dificultad para obtener una visa cada vez que quiera visitar el país?

En primer lugar, la gran novela americana fue escrita por Herman Melville. En cuanto a mi problema, como tú lo llamas cortésmente, tiene que ver con mi pensamiento político, que no es ningún secreto. Es desagradable. Es como si tuviera una marca en mi frente, y no debería ser así. Soy uno de los grandes propagandistas de la literatura norteamericana. Les he dicho a las audiencias de todo el mundo que los novelistas norteamericanos han sido los gigantes del siglo. Además, se están llevando a cabo grandes cambios culturales en los Estados Unidos debido a la influencia de Latinoamérica —y mi trabajo es parte de esa influencia—. Debería poder participar más libremente.

¿Por qué no puede?

Todo el asunto surge del hecho de que en 1961 trabajé para la agencia de noticias cubana en Nueva York. Ni siquiera fui jefe de la oficina. A partir de ese momento a mi esposa y a mí nos dijeron que no éramos “aptos para entrar” cuando queríamos visitar los Estados Unidos. Eso continuó hasta 1971, cuando la Universidad de Columbia me otorgó un título honorario. Desde entonces, he tenido algún tipo de visa condicional que me hace sentir inseguro. Es un juego creado por el Departamento de Estado. Y lo que es aterrador es que ese organismo puede terminar el juego cuando quiera y excluirme de los Estados Unidos para siempre. Ningún hombre culto puede existir hoy sin viajar con frecuencia a los Estados Unidos.

A pesar de sus problemas de visa y sus opiniones izquierdistas, está claro que usted tiene un verdadero afecto por los estadounidenses y su cultura.

Sí, el pueblo de los Estados Unidos es uno de los que más admiro en el mundo. Lo único que no entiendo es por qué un país que logra hacer tantas cosas bien no puede elegir mejor a sus presidentes. Pero podemos hablar de eso más tarde. Noté que no me has hecho la pregunta con la que empiezan todos los entrevistadores.

¿Cuál pregunta?

No me has preguntado si soy comunista.

“El Departamento de Estado puede terminar el juego de la visa cuando quiera y excluirme de los Estados Unidos para siempre”.

 

Pensamos que dejaríamos que los lectores sacaran sus propias conclusiones. Hacerle a alguien esa pregunta tiene connotaciones negativas en Estados Unidos, debido a la época de McCarthy.

Sí, pero los lectores de PLAYBOY se preguntarán por qué no lo has preguntado de todos modos.

Muy bien. ¿Usted es comunista?

Por supuesto que no. No lo soy y nunca lo he sido. Tampoco he pertenecido a ningún partido político. A veces tengo la impresión de que en los Estados Unidos hay una tendencia a separar mi escritura de mis actividades políticas, como si fueran opuestas. No creo que lo sean. Lo que pasa es que, como latinoamericano anticolonial, tomo una posición que molesta a muchos intereses de los Estados Unidos. Y así, de manera simplista, algunas personas dicen que soy un enemigo de ese país. Lo que me gustaría corregir son los problemas y errores de las Américas. Yo pensaría de la misma manera si fuera norteamericano. De hecho, si lo fuera, sería aún más radical, porque se trataría de corregir las fallas de mi propio país.

Por cierto, ¿por qué siempre usa la palabra Norteamérica para describir a los Estados Unidos?

Me molesta que el pueblo de los Estados Unidos se haya apropiado de la palabra América como si fueran los únicos americanos. América, de hecho, comienza en el Polo Sur y termina en el Polo Norte. Cuando los residentes de los Estados Unidos se llaman a sí mismos “americanos”, nos están diciendo que piensan que ellos son los únicos americanos. En realidad, esas personas son residentes de un país sin nombre.

¿Qué quiere decir?

No tienen nombre. Deberían encontrar un nombre, porque en este momento no tienen ninguno. Tenemos los Estados Unidos de México, los Estados Unidos de Brasil. ¿Pero los Estados Unidos? ¿Los Estados Unidos de qué? Ahora, recuerda que eso lo digo con cariño. Como mencioné, me encanta la literatura norteamericana. La única academia de las letras a la que pertenezco es a la de los Estados Unidos. Sus críticos son los que mejor entienden mis obras.

Pero como latinoamericano, como partidario de Latinoamérica, no puedo evitar sentirme resentido cuando los norteamericanos se apropian de la palabra América. Veo a América como a un barco con una primera clase, una clase turista, una bodega y marineros. Nosotros los latinoamericanos no queremos estar en la bodega del barco y no queremos que los norteamericanos estén en primera clase. Tampoco queremos hundir la primera clase, porque si lo hacemos todo el barco se hunde. Nuestro destino histórico —el de Latinoamérica y Norteamérica— es navegar este barco juntos. Por otra parte, Cuba es una parte muy importante de este barco americano. A veces pienso que sería más seguro para la revolución cubana si su gente pudiera conseguir un remolcador y remolcarse a un lugar que no estuviera a 90 millas de Florida.

Ya que estamos jugando a ser Dios con la geografía, ¿qué más podríamos mover?

Si uno pudiera hacer esto, tal vez uno podría mover ríos y océanos hacia donde se necesitan. Las cosas son muy injustas. En cualquier caso, ya está hecho, ¿no? La mitad de México fue tomada y trasladada a los Estados Unidos. Los Estados Unidos hicieron lo mismo con Puerto Rico (por lo cual sentimos una gran nostalgia, porque es un país latinoamericano). Lo mismo sucede con muchos países de Europa del Este. No quiero parecer sectario.

Usted hizo un viaje en bus por el sur de los Estados Unidos en 1961 cuando era un reportero sin dinero, ¿cierto?

Sí. Recientemente había leído a Faulkner y lo admiré mucho, así que hice un viaje desde Nueva York hasta la frontera con México. Viajé en bus porque quería ver el país desde las pequeñas y polvorientas carreteras que Faulkner describía; y también porque casi no tenía dinero.

¿Cómo vio la región?

Vi un mundo muy similar a mi natal Aracataca en Colombia. Al ser un pueblo construido por la United Fruit Company, Aracataca tenía las mismas chozas de madera con techos hechos de zinc y estaño. En el campo de Faulkner, recuerdo haber visto pequeñas tiendas a lo largo de la carretera con gente sentada al frente con los pies en las barandas. Había un mismo tipo de pobreza que contrastaba con una gran riqueza. De alguna manera me pareció que Faulkner era también un escritor del Caribe, debido a la gran influencia que la zona ha tenido en el golfo de México y en Misisipi.

Hablaremos extensamente de su obra, pero sigamos con el tema de la literatura y la política. Usted está fascinado por la relación entre las dos, ¿cierto?

Estoy fascinado por la relación entre la literatura y el periodismo. Comencé mi carrera como periodista en Colombia y nunca he dejado de ser un reportero. Cuando no estoy trabajando en la ficción, estoy recorriendo el mundo, practicando mi oficio como reportero. Hago todo tipo de periodismo, excepto entrevistas. Con las entrevistas, el entrevistador tiene que trabajar demasiado. Pero volviendo a tu pregunta, lo que sucedió es que, como resultado del éxito de mis novelas, tengo esta gran reputación, y, sí, soy latinoamericano, y teniendo en cuenta todo lo que está sucediendo en Latinoamérica, sería un crimen no estar interesado en la política. Si viniera de una parte del mundo que no tuviera los enormes problemas políticos, económicos y sociales de Latinoamérica, podría ignorar la política y vivir muy felizmente en una isla griega. Sin embargo, soy latinoamericano, así que la única opción que tengo es ser un político de emergencia.

¿Qué hace un político de emergencia?

Antes que nada, no milito en ningún partido. Tampoco estoy involucrado en la política de un país en particular. Me siento latinoamericano en el sentido más amplio. Como tal, utilizo mi reputación internacional para llevar a cabo lo que podría llamarse diplomacia extraoficial. Tengo amigos en las altas esferas en gobiernos de Europa y Latinoamérica.

Hablemos de una de sus amistades más famosas, la de Fidel Castro. Son amigos cercanos, ¿cierto?

Somos buenos amigos. Nuestra amistad es intelectual. Puede que no sea ampliamente conocido que Fidel es un hombre bastante culto. Cuando estamos juntos, hablamos mucho de literatura. Es un lector fantástico. De hecho, la amistad realmente comenzó después de que él leyó Cien años de soledad. Le gustó mucho.

Alguna vez Castro dijo refiriéndose a usted: “García Márquez es el hombre más poderoso de Latinoamérica”. Si es una cita exacta, ¿en qué sentido cree que la dijo?

La expresión no parece de Fidel, pero si dijo eso, estoy seguro de que se refería a mí como escritor, no como político.

¿Está diciendo que no habla de política con él?

Bueno, sería difícil no hacerlo. Pero en realidad no hablamos mucho de ese tema. A la mayor parte de la gente le resulta difícil creer que mi amistad con Fidel Castro se basa casi totalmente en nuestro interés mutuo por la literatura. Muy pocas de nuestras conversaciones tratan sobre el destino del mundo. Con mayor frecuencia hablamos de los buenos libros que hemos leído.

Cada vez que voy a Cuba le llevo a Fidel un montón de libros. Por lo general, cuando llegó al país se los dejo con uno de sus ayudantes y luego me encargo de mis asuntos. Unas semanas más tarde, cuando Fidel y yo finalmente tenemos la oportunidad de conversar, ya se ha leído todo y hay muchas cosas de qué hablar. Recuerdo que una vez le dejé una copia de Drácula, de Bram Stoker, un libro absolutamente fantástico que los intelectuales consideran indigno. Pues bien, le llevé ese libro a Fidel una noche hacia las 2:00 a.m.. Uno siempre puede ver a Fidel a una hora como esa. Así es su vida. Esa noche, él tenía que leer y revisar varios documentos de Estado. Hablamos durante una hora y luego nos encontramos de nuevo al día siguiente al mediodía. “Me jodiste, Gabriel”, dijo. “No logré dormir por leer ese libro”. Leyó Drácula desde las cuatro hasta las once de la mañana. Este es un aspecto de su personalidad que pocas personas conocen, y es por eso que la amistad se ha desarrollado. Contrariamente a lo que se dice de nosotros, nunca hemos conspirado en temas políticos. Fidel piensa que los escritores están destinados a escribir sus libros y no a conspirar.

Pero la gente piensa que usted conspira con Castro, ¿no?

Hay gente del Gobierno de Colombia, mi propio país, que piensa eso. Pero permíteme hablarte realmente de mi amistad con Fidel, porque tal vez este es el lugar para aclarar los malentendidos al respecto. Empezaré con una historia que creo que es típica.

En 1976 y 1977 fui a Angola para hacer una serie de artículos que fueron publicados en el Washington Post. Cuando regresaba de Angola paré en Cuba. En La Habana, periodistas de Reuters y Agence France Presse me pidieron una entrevista. Les dije que saldría a México a las siete de la noche, pero que podían venir al hotel a las cuatro. Alrededor de las 3:30 p. m., Fidel llegó inesperadamente a una charla. Entonces, cuando los periodistas llegaron, el personal del hotel les dijo que no podían verme porque yo estaba con Fidel.

Le conté a Fidel mis impresiones sobre Angola durante diez minutos, y luego, no sé por qué —tal vez porque estábamos discutiendo la escasez de alimentos en Angola— me preguntó si había comido mal allí. “No me fue mal”, le dije. “Me las arreglé para encontrar una lata de caviar y me puse feliz”. Así que Fidel me preguntó si me gustaba el caviar y yo le respondí que sí. Me dijo que era un prejuicio puramente cultural e intelectual y que no creía que el caviar fuera un plato tan exquisito. Una cosa llevó a la otra, y continuamos hablando durante horas sobre comida (langostas, pescado, recetas de pescado). Él es un experto en mariscos. Cuando llegó el momento de tomar mi vuelo, me dijo: “Te llevaré al aeropuerto”. Allí, Fidel y yo nos sentamos en la sala VIP y hablamos más acerca de pescado, mientras me llamaban a abordar.

¿Una sala VIP en el aeropuerto de La Habana? Eso no suena muy socialista.

Es socialista. De hecho, hay dos salas VIP. De todos modos, los reporteros llegaron al aeropuerto y al parecer comentaron entre ellos: “Si García Márquez acaba de llegar de Angola, y Fidel lo ha llevado al aeropuerto, ¡entonces deben estar teniendo una conversación muy importante!”. Cuando me iba a ir, los periodistas llegaron a la puerta del avión y me dijeron: “No se vaya sin decirnos de qué estaba conversando con Fidel durante todas estas horas”. Les dije: “Será mejor que no les conteste. Si les contara la verdad, nunca me creerían”.

¿Cómo se mantiene una relación personal con alguien como Castro?

Es difícil, obviamente, porque es una amistad con limitaciones. Fidel es un hombre con pocos amigos personales. Es inevitable, por supuesto, debido a su trabajo y a su poder. Una vez alguien le preguntó, delante de mí, si no sentía la soledad del poder. Él respondió que no. Sin embargo, me pregunto si los que tienen poder realmente sienten lo solos que están.

Se rumora que usted deja que Castro les dé una mirada preliminar a sus novelas antes de presentarlas a sus editores. ¿Es cierto?

Bueno, con mi libro más reciente, Crónica de una muerte anunciada, sí le envié el manuscrito.

¿Le gustó?

¡Sí! La razón por la que se la mostré es porque él es un muy buen lector con una capacidad de concentración realmente asombrosa, además de ser muy cuidadoso. En muchos de los libros que lee encuentra rápidamente contradicciones de una página a otra. Crónica de una muerte anunciada se estructura tan cuidadosamente como un reloj. Si hubiera habido un error en las obras, una contradicción, habría sido muy grave. Por lo tanto, como conozco la rapidez visual de Fidel, le mostré el manuscrito original esperando que pudiera encontrar alguna contradicción.

¿Entonces usa al presidente de Cuba como musa literaria?

No, como un buen primer lector.

Conociendo a Castro como usted lo conoce, ¿tiene alguna idea de lo que los Estados Unidos podrían hacer —o haber hecho— para cambiar sus relaciones con Cuba?

Sí. Estoy absolutamente convencido de que en los planes de Jimmy Carter para un segundo mandato había una solución al problema de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Habría levantado el bloqueo, restaurado las relaciones, terminado el acoso a Cuba por parte de grupos contrarrevolucionarios. Pero Reagan hizo lo contrario desde el comienzo. Estoy seguro de que Carter habría resuelto el problema de esas hostilidades de la misma manera que John Kennedy quería cuando lo mataron. Sin duda, Kennedy buscaba una solución para Cuba.

“Me molesta que la gente de los Estados Unidos se haya apropiado de la palabra América como si fueran los únicos americanos”.

 

En su opinión, ¿por qué tantos presidentes estadounidenses, incluyendo a Kennedy, tenían una obsesión tan grande con Cuba?

Por dos razones. La primera es que, hasta la Revolución, Cuba era prácticamente una parte de los Estados Unidos. Era territorio de ese país totalmente. Fue una pérdida increíble para los intereses financieros norteamericanos que controlaban el país cuando la Revolución cubana demostró ser una verdadera revolución, tanto a nivel nacional como social. Y esa es la segunda razón de esta obsesión. Antes de Cuba, todas las revoluciones en Latinoamérica ofrecían la posibilidad de caer tarde o temprano bajo el control de Estados Unidos. Cuba cambió la historia de Latinoamérica.

Puede que sí, pero también pasó de depender de los Estados Unidos a depender de la Unión Soviética.

Mucho de eso era artificial y fue causado por el bloqueo económico de Estados Unidos. Los cubanos tuvieron mucha suerte de que la Unión Soviética les brindara ayuda cuando lo hizo, porque Estados Unidos estaba tratando de matarlos de hambre. Pero eso no significa que la situación no sea artificial. No es posible que un país como Cuba tenga todas sus fuentes de energía a 14 mil kilómetros de distancia indefinidamente; un buque petrolero llega allá cada 32 horas. Eso tiene que cambiar. Podría cambiar si los Estados Unidos reconocieran que los cubanos tienen derecho a su propia revolución en su propio estilo.

De lo que muchos en Norteamérica no se dan cuenta es que Cuba tiene un gran afecto por la gente de los Estados Unidos. Si el embargo terminara, habría buenas relaciones. En los Estados Unidos, por ejemplo, se escucha mucha propaganda sobre la influencia cultural soviética en Cuba. Creo que la influencia cultural de los Estados Unidos en Cuba es un poco más fuerte. Recuerdo que una noche estaba sentado en un bar en La Habana con un periodista europeo, y hablaba de la increíble dominación soviética de Cuba mientras un hombre tocaba piano. Al final de la conversación de dos horas, le dije al periodista: “¿Te diste cuenta de la música que el pianista ha estado tocando?”. Curiosamente, no había tocado una sola melodía soviética, era toda música norteamericana. Ojalá los norteamericanos se dieran cuenta de ese tipo de cosas.

Durante tres años usted estuvo escribiendo un libro de no ficción sobre Cuba. Se rumora que ha decidido detener la publicación del libro. ¿Por qué?

Es una larga historia. He estado trabajando en ese libro muchos años. Cada vez que voy a Cuba, encuentro que mi trabajo anterior se ha vuelto anticuado. La realidad se mueve muy rápido allí. Finalmente decidí dejar de trabajar en el libro y esperar a que la situación cubana llegara a ser normal antes de completarlo y publicarlo.

En 1980, el New York Times lo citó diciéndole a un reportero que había decidido no publicar el trabajo porque era demasiado crítico con Cuba.

Escribí un libro muy duro, muy franco. Sería muy fácil que alguien citara frases fuera de contexto que parecen contra Cuba. No quiero que eso suceda. Pero esa no es mi razón para retener el libro; estoy esperando un evento —quizá el levantamiento del embargo estadounidense— antes de terminarlo.

Otro amigo poderoso es el presidente de Francia, François Mitterrand. ¿Es cierto que usted le sirve como asesor no oficial para asuntos latinoamericanos?

No. Él no necesita asesoría en Latinoamérica. A veces necesita información. Entonces hablamos.

París tuvo una confrontación hace algún tiempo con Washington cuando decidió enviar ayuda militar al régimen sandinista en Nicaragua. ¿Es ese el tipo de cosas de las que hablan?

¿La decisión de venderles las armas? No. Aparentemente, los debates sobre ese tema eran secretos. Pero sí sabía lo de la ayuda comercial y económica. Tengo buenos amigos entre los que están en el poder en Nicaragua ahora. Trabajamos juntos durante su lucha contra el régimen de Somoza. Si quieres saber lo que le dije al presidente Mitterrand sobre Nicaragua y, de hecho, sobre toda la situación centroamericana, estaré encantado de repetir lo que dije.

Adelante.

Para mí el gran problema en Latinoamérica, en Centroamérica en particular, es que la administración Reagan lo interpreta todo como resultado de la dinámica soviético-norteamericana. Eso es ridículo y poco realista porque la administración ve cualquier inconformidad por parte de la gente de Latinoamérica no como el producto final de las condiciones miserables en esos países, sino como una especie de operación soviética. Al creer eso, Reagan está creando una profecía que se cumple (tal como lo hizo Kennedy con Cuba a principios de los 60). Conozco muy bien a los sandinistas y sé que están haciendo grandes esfuerzos para resolver su propio sistema, independiente de cualquier poder mundial. Desafortunadamente, los nicaragüenses se enfrentan ahora a todo tipo de conspiraciones e incursiones internas de las antiguas fuerzas de Somoza que operan desde Honduras e intentan desestabilizar al gobierno con elementos financiados por los Estados Unidos. Al mismo tiempo los nicaragüenses necesitan con urgencia fondos para la alimentación, el desarrollo y la defensa. Si Occidente los rechaza, se verán obligados a buscar eso recurriendo al único Gobierno que se lo dará, es decir, a la Unión Soviética.

¿Cómo ve la situación en El Salvador? ¿Cree que Reagan la considera como una evidencia de más actividad soviética?

Creo que, en Centroamérica, EE. UU. quiere tener Gobiernos que pueda controlar. Afortunada, o desafortunadamente —dependiendo de lo que uno crea— los EE. UU. no pueden lograrlo sin una guerra. Es difícil saber cuáles son los motivos de Reagan. Debe saber que lo que él plantea (que El Salvador es víctima de una conspiración soviética) no puede ser cierto. Si no lo sabe, estamos en una situación muy peligrosa, porque significa que el presidente de EE. UU. está desinformado. Prefiero pensar que es un juego político de Reagan y sus asesores.

¿Cree que la Unión Soviética es expansionista?

Creo que la Unión Soviética se aprovechará de las situaciones, en especial cuando EE. UU. se niega a apoyar al bando inconformista. Pero en el caso de El Salvador es una situación muy peligrosa. Cuando se contemplan posibles escenarios, uno piensa que el mundo podría estar llegando a una gran conflagración. En primer lugar, no estamos hablando de una guerra solo en El Salvador. Si EE. UU. interviniera allí, como lo hizo en Vietnam, la guerra se expandiría a toda Centroamérica, y tal vez a toda Latinoamérica. Los EE. UU.
podrían tomar control sobre Centroamérica militarmente, porque ese es un lugar débil. Luego podrían crear un bloqueo naval para evitar que los cubanos ayuden a los centroamericanos. Aunque no creo que Cuba hiciera algo tan absurdo como provocar una guerra con los EE. UU., pero ciertamente se defendería contra una invasión.

Claramente no está de acuerdo con la política exterior de Reagan, ¿pero cree que difiere mucho de la de su predecesor?

Bastante. Cuando Carter llegó a Latinoamérica estaba muy bien informado, y durante los últimos años de su periodo tuvo mucha influencia el difunto general Omar Torrijos, el exlíder de Panamá. Torrijos era uno de mis mejores amigos, y sé muchas cosas que se decían entre ellos. Sé, por ejemplo, que Carter y Torrijos estaban tratando de encontrarle una solución política negociada a los problemas de El Salvador. La política de Carter en la firma de los tratados del Canal de Panamá fue un paso importante en la mejora de las relaciones entre EE. UU. y Latinoamérica. Los tratados por los que luchó resultaron ser su política internacional más importante. Cuando los firmó, demostró que los EE. UU. estaban comenzando a tratar a Latinoamérica con justicia. Y, además, las políticas de derechos humanos de Carter eran a menudo loables. Admito que cuando estaba en el poder, pensé que su campaña de derechos humanos era una fachada, un escaparate, pero con la llegada Reagan, he cambiado de opinión.

“Reagan no ve ningún inconformismo de Latinoamérica como el producto final de la miseria, sino como una especie de operación soviética”.

 

Mencionó su amistad con Torrijos, quien murió en un accidente de avión en 1981. ¿Es cierto que tiene una úlcera desde su muerte?

¿Quién te habló de eso?

Solo es un informe que oímos. ¿Por qué le molesta la pregunta?

¡Porque ya no tengo privacidad!

¿Pero es cierto lo de la úlcera debido a la muerte de su amigo?

Sí y no. tengo un problema crónico en mi duodeno que se ve afectado por el estrés. Hace algunos años la úlcera sangraba, pero estuvo bien durante mucho tiempo. Pero cuando Torrijos murió, estaba terriblemente alterado. Era un gran amigo mío. Me consideré uno de sus mejores amigos. Aparte de eso, era un hombre muy importante para Latinoamérica. Por otra parte, por poco me monto con él en el vuelo fatal. Como se puede imaginar, todo se me juntó.

¿Casi toma ese vuelo fatal?

Sí. Algunos días antes del accidente pensé que llevaba mucho tiempo sin ver a Torrijos. Eso me molestó. Entonces lo llamé y estuvimos en Contadora. Nos quedamos en la casa donde había vivido el Shah.

¿La casa que el Shah odiaba tanto?

Sí. Nunca había visto a Torrijos de mejor humor. Trabajaba mucho en los problemas de El Salvador. Estaba convencido de que era posible una solución política negociada y que el único obstáculo era que los Estados Unidos podrían no cooperar. Dijo que Carter habría aceptado un acuerdo negociado, pero las cosas eran diferentes con Reagan. Así, luego de pasar un tiempo en Contadora, volamos a Ciudad de Panamá. Pasamos algún tiempo juntos y luego se fue a un lugar desconocido y dijo que enviaría un vuelo para que yo lo acompañara. Pasó otro día y él no regresaba, por eso decidí volver a México. Le dejé un mensaje diciendo que volvería para terminar nuestra conversación. Dos días después se mató en el accidente. Si no me hubiera ido a México yo también habría estado en ese avión.

No cree que el accidente haya sido simplemente un accidente, ¿no es así?

Las posibilidades son iguales para ambos casos. Pero tengo muchas dudas.

Torrijos pudo haber sido amigo suyo, pero en la prensa estadounidense a menudo lo describían como un “hombre fuerte”; un término para decir “dictador militar”. Hay algunos que piensan que es extraño que el autor de El otoño del patriarca y un “hombre fuerte” fueran mejores amigos.

En la prensa de EE. UU. se dicen cosas buenas y malas. El general Torrijos fue uno de los líderes nacionalistas más grandes de Latinoamérica. Su lugar en la historia del continente será muy alto. Torrijos era auténtico. Nadie podría acusarlo, a diferencia de muchos otros, de ser una herramienta para los intereses norteamericanos. Lo más importante que hizo fue recuperar el Canal de Panamá. La gente lo amaba. En su funeral se pudo ver el amor de la gente (más de lo que él imaginaba). Estoy seguro de que quienes lo llamaron dictador en EE. UU. tuvieron que reconsiderar cuando vieron el enorme clamor público por su muerte.

Seguramente usted es consciente de que algunos estadounidenses y europeos piensan que la política latinoamericana no tiene esperanza y que siempre está llena de brutalidad.

Sí, me di cuenta de eso cuando viajé por primera vez a Europa en los años 50 y cuando me preguntaron cómo podía vivir en países tan salvajes como los suramericanos, donde la gente se mata entre sí por razones políticas.

¿Cómo se sintió con eso?

Furioso. Hasta cierto punto es un análisis injusto. Los países europeos son mucho más antiguos y han pasado por episodios más atroces que los que estamos atravesando en Latinoamérica. ¡Nunca hemos tenido una revolución tan bárbara como la Revolución francesa! Los suizos —los queseros que se consideran grandes pacifistas— eran los mercenarios más sangrientos de Europa en la Edad Media. Los europeos tuvieron que derramar mucha sangre para convertirse en lo que son hoy en día. Cuando seamos tan viejos como los países europeos, estaremos mucho más avanzados que ellos ahora, porque tendremos nuestra experiencia y la suya.

No ha vivido periódicamente en Colombia desde 1955. ¿Por qué? ¿Será que los escritores nunca pueden volver a casa?

No, no, no. Eso no ha sucedido de manera tan planeada. Es más por una serie de accidentes en mi vida. Sí, es cierto que ahora vivo la mitad del año en México y la otra mitad en Europa. Esto comenzó en 1955 cuando salí de Colombia durante la dictadura de Rojas Pinilla. Me fui a trabajar en Europa como periodista. Pero Rojas Pinilla cerró mi periódico y me quedé varado en París, donde estuve tres años. Luego regresé a Suramérica, me casé con Mercedes y nos mudamos a Venezuela, donde trabajé como periodista. Después del triunfo de la Revolución cubana, trabajé para la agencia de noticias cubana, Prensa Latina, en Nueva York. Más tarde nos trasladamos a México, donde trabajé en guiones cinematográficos y, eventualmente, en Cien años de soledad. Una cosa llevó a la otra, y no he vivido en Colombia por más de algunos meses. Después del éxito de Cien años de soledad ya tenía los recursos para vivir en cualquier lugar del mundo. Pero Colombia se me volvió un problema porque soy propiedad nacional, patrimonio nacional. Todos los colombianos actúan en consecuencia. No tengo intimidad. Sin embargo, hasta el percance reciente que tuve, regresé a Colombia periódicamente, durante unos meses, durante un año.

¿Qué “percance reciente”?

El Gobierno colombiano —como muchos— se niega a creer que solo hablo con Fidel Castro de pescados y mariscos. Cuando estuve en Colombia en 1981 hubo un incidente muy desagradable. Acababa de verme con Fidel en Cuba dos o tres semanas antes. Mientras estaba en Colombia, un grupo guerrillero de izquierda, el M-19, organizó un desembarco al sur del país. Después de que los guerrilleros fueron capturados, el Gobierno intentó hacerles declarar que yo había coordinado la acción con Fidel Castro. Afortunadamente tengo muchos amigos en Bogotá que me mantienen al tanto. Tres fuentes me dijeron que había intentos de vincularme con el M-19. Hubo, al parecer, una cena en el palacio presidencial, donde, en presencia del presidente y los principales mandos militares, se discutió mi presunta participación con dicha organización. Mientras tanto, a los guerrilleros los estaban torturando y les decían que firmaran confesiones que me implicaban.

Al oír eso me alarmé. Mis fuentes me dijeron que no me preocupara ya que el Gobierno no se atrevería a tocarme debida mi importancia. Pero me pareció que eso era un ejemplo de que no había respeto por nadie. Me fui de inmediato a la embajada de México y pedí protección diplomática para salir de Colombia.

Eso fue un gran escándalo para el Gobierno colombiano. Declaró oficialmente que no había nada en mi contra y que probablemente yo estaba tratando de buscar publicidad para mi nuevo libro. Ha habido un juicio contra la guerrilla, y varios guerrilleros dijeron que fueron torturados y les pidieron firmar dichas confesiones. Uno de ellos firmó. Por mi parte, demandé al Ejército colombiano por abuso de autoridad. No es fácil  para mí hablar de esto, porque cuando se publique esta entrevista, la situación política en Colombia puede ser completamente distinta.

¿Sintió miedo cuando tuvo que irse de Colombia? Los escuadrones de la muerte parecen haberse institucionalizado en Suramérica.

En absoluto. El Gobierno solo quería hacer un gesto a costa mía. Si quisieran matarme, lo habrían podido hacer en cualquier esquina. Querían algo distinto. A la administración Reagan y sus aliados en Latinoamérica les gustaría volver a la situación de comienzos de los años 60, cuando Cuba estaba completamente aislada. Si el Gobierno podía probar que un amigo personal de Fidel había coordinado un desembarco guerrillero, entonces podía justificar la ruptura de las relaciones diplomáticas con Cuba. Aunque eso fue lo que hicieron de todos modos.

Habla con mucha seguridad acerca de que la administración Reagan quiere menoscabar a la izquierda latinoamericana. Si un presidente de izquierda fuese elegido en Colombia, como ocurrió con Salvador Allende en Chile en 1970, ¿cree usted que la actual administración lo derrocaría?

Estoy completamente seguro. Carter no habría hecho algo así, pero Reagan no vacilaría. Sin embargo, no es probable que ocurra. Las condiciones internas en Colombia son diferentes a las de Chile a principios de los años 70.

Hablemos de su obra. Algunos admiradores de Cien años de soledad han dicho que al narrar la saga de la familia Buendía, ha logrado contar toda la historia de Latinoamérica. ¿Están exagerando los críticos?

Cien años de soledad no es una historia de Latinoamérica, es una metáfora de Latinoamérica.

En una de sus historias cortas, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, una joven prostituta le dice a su amante: “Lo que me gusta de ti es la seriedad con que inventas disparates”. ¿Es Gabriel García Márquez hablando de sí mismo?

Sí, es una afirmación absolutamente autobiográfica. No es solo una definición de mi trabajo, es una definición de mi carácter. Detesto la solemnidad, y soy capaz de decir las cosas más atroces y fantásticas con la cara seria. Este es un talento que heredé de mi abuela —la madre de mi madre—, doña Tranquilina. Ella era una narradora fabulosa que contaba cuentos salvajes de lo sobrenatural con una expresión solemne en su rostro. A medida que crecía, me preguntaba si sus historias eran verdaderas o no. Usualmente yo tendía a creerle por su expresión facial. Ahora, como escritor, hago lo mismo: digo cosas extraordinarias en un tono serio. Es posible salirse con la suya con cualquier cosa, siempre y cuando uno lo haga creíble. Eso es algo que me enseñó mi abuela.

Para quienes puedan necesitar un resumen, Cien años de soledad recorre seis generaciones de la familia Buendía en el mítico pueblo de Macondo. Comienza con la fundación del pueblo en una época en que “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre”, y termina con el último de los Buendía, un niño nacido con la cola de un cerdo, siendo devorado por hormigas mientras la estirpe de los Buendía se extingue. Entre tanto, Macondo experimenta la “fiebre del banano”, la “peste del insomnio”, 32 guerras civiles, revolución, contrarrevolución, huelgas y una lluvia que dura casi cinco años. Usted describe estos eventos en un estilo llamado realismo mágico, en el que lo fantástico y lo mítico se mezclan con lo cotidiano —un sacerdote que levita cuando bebe chocolate, por ejemplo—, así que comenzaré preguntándole cuánta de su ficción está basada en la vida real.

Todas las frases de Cien años de soledad, y de todos mis libros, parten de la realidad. Yo les doy una lupa a los lectores para que puedan entenderla mejor. Déjame darte un ejemplo. En la historia de Eréndira tengo el personaje de Ulises que hace que el vidrio cambie de color cada vez que lo toca. Ahora, eso no puede ser verdad. Pero ya se ha hablado tanto sobre el amor que tuve que encontrar una nueva forma de decir que este muchacho está enamorado. Así que tengo los colores que cambian al vidrio, y a su madre diciendo: “Esas cosas solo pasan por amor… ¿Quién es?”. La mía es solo otra forma de decir lo mismo que siempre se ha dicho sobre el amor: cómo se afecta la vida, cómo se afecta todo.

En los últimos 20 años hemos visto un auge de novelas latinoamericanas de realismo mágico. ¿Qué tiene el mundo latino que inspira a los escritores a trabajar en esta mezcla salvaje de lo real y lo irreal?

Claramente, el ambiente latinoamericano es maravilloso. En especial el Caribe. Vengo del Caribe colombiano, un lugar fantástico, completamente distinto a la región andina, a las tierras altas. Durante el período colonial de la historia de mi país, todos aquellos que se consideraban respetables se fueron al interior, a Bogotá. En la costa solo quedaron bandidos (en el buen sentido) y bailarines, aventureros, gente llena de alegría. Los habitantes de la costa eran descendientes de piratas y contrabandistas, con una mezcla de esclavos negros. Crecer en un ambiente como ese ofrece recursos fantásticos para la poesía. Además, en el Caribe somos capaces de creer cualquier cosa, porque tenemos las influencias de todas esas culturas, mezcladas con el catolicismo y nuestras propias creencias locales. Creo que eso nos abre la mente para ver más allá de la aparente realidad. En mi niñez, en Aracataca, escuché historias maravillosas de personas que eran capaces de mover sillas solo con la mirada. Había un hombre del pueblo que tenía la habilidad de desparasitar vacas poniéndose delante de ellas. Al hacerlo, los gusanos comenzaban a salir de las cabezas de los animales. Una vez fui testigo de eso.

¿Cómo explica eso?

Ah, si pudiera explicarlo no estaría tratando de hablarte de eso ahora. Me pareció maravilloso cuando niño, y todavía me parece.

Hablemos de los prototipos de la vida real de Cien años de soledad. ¿Su abuela fue el prototipo de Úrsula Iguarán, la matriarca de la novela?

Sí y no. Ambas preparaban animalitos de caramelo y también eran supersticiosas. Pero todos mis personajes están basados en gente que conozco. Tomo rasgos de la personalidad de alguien y los mezclo con los de otras personas. En cuanto a mi abuela, viví con ella en la casa de mi abuelo desde el momento en que nací hasta los ocho años. La casa de mi abuelo era una casa de muchas mujeres. Mi abuelo y yo éramos los únicos dos hombres allí. Las mujeres eran increíblemente supersticiosas, locas en el sentido de que eran personas con imaginación. Doña Tranquilina, mi abuela, tenía la capacidad de decir las cosas más extraordinarias sin ningún tipo de tacto. No estoy seguro de cuáles eran sus orígenes, pero probablemente era gallega. Galicia es una región muy extraña de España, extremadamente mística y ligada a lo oculto. Con mi abuela todos los eventos naturales tenían una interpretación sobrenatural. Si una mariposa volaba por la ventana, ella decía que una carta llegaría ese día. Si la leche hervida se regaba en la estufa, ella decía que algún familiar estaba enfermo. Cuando niño, mi abuela me despertaba en la noche y me contaba historias horribles de personas que, por alguna razón, presentían su muerte, de muertos que aparecían, de muertos que no aparecían. A menudo nuestra enorme casa en Aracataca parecía embrujada. Todas esas primeras experiencias, de alguna manera, han aparecido en mi literatura.

¿Puede darnos un ejemplo?

En Cien años de soledad un grupo de mariposas amarillas siempre precede la aparición de Mauricio Babilonia, el amante de Meme Buendía. La base realista de esta historia es que había un electricista que iba a nuestra casa en Aracataca. Cierto día, después de su visita, mi abuela encontró una mariposa en la cocina y la golpeó con una toalla. “Cada vez que ese hombre llega a esta casa aparecen mariposas”, dijo. Solía decir cosas así… Y también compraba la lotería, aunque nunca ganó.

¿Dijo que era irónico que su nombre fuera Tranquilina?

Para ser una loca era muy tranquila. Su agitación solo era mental. Nunca estuvo apresurada a nivel físico.

Mi abuelo Nicolás Márquez era todo lo contrario. Era la única persona con la que me comunicaba en la casa. El mundo de las mujeres era tan fantástico que se me escapaba. Pero mi abuelo me traía de vuelta a la realidad contándome historias sobre cosas tangibles —artículos de periódicos, historias de guerra de cuando era coronel del lado liberal en las guerras civiles colombianas—. Cuando mi abuela o mis tías decían algo particularmente loco, él me decía: “No escuches eso. Esas son creencias de mujeres”. Mi abuelo también tenía un gran sentido práctico, que creo que heredé de él. Entre mis amigos dicen que soy uno de los pocos escritores que tiene un sentido práctico (hasta me piden consejos). Es ese sentido práctico el que utilizo para la política. Y también para la vida cotidiana. Tengo un gran sentido de seguridad. Me preocupo por prevenir accidentes, tomo precauciones para evitarlos. Prefiero las escaleras a los ascensores. Prefiero cualquier cosa a los aviones. Esa sensibilidad práctica no es típica de los poetas. Y si algún día me vuelvo patriarca, en el sentido político, será por esa razón, no porque tenga verdadero poder.

Dice que su abuelo le contaba historias de sus experiencias de guerra. Esas historias deben haber sido tan desconcertantes como los cuentos sobrenaturales de su abuela.

La verdad es que no. Cuando hablaba de las guerras civiles se refería a ellas como a experiencias casi agradables; una especie de aventuras juveniles con armas. Nada como las guerras de hoy. Desde luego, las guerras civiles tuvieron batallas terribles y miles de muertes. Pero durante esa época mi abuelo también tuvo muchas aventuras amorosas y una gran cantidad de hijos.

El personaje central de Cien años de soledad, el coronel Aureliano Buendía, hijo de José Arcadio Buendía, tiene 17 hijos ilegítimos con 17 mujeres durante 32 guerras civiles. ¿Nicolás Márquez también tenía 17 hijos?

No sé. Nunca sabremos el número exacto. Hasta hace como hace 15 años conocí señoras que resultaron ser tías. Según mi madre había 17 hijos. Ella era uno de los dos hijos del matrimonio.

Entonces, muchos de los buenos recuerdos que tiene su abuelo de las guerras civiles colombianas eran realmente por las relaciones sexuales.

Creo que le gustaba el sexo, con o sin guerra. Para mi recuerdo, era muy promiscuo.

Eso no le debió haber gustado mucho a su abuela.

Era curioso. Mi abuela era muy celosa. Pero cuando se enteró de que habían nacido unos de esos niños, reaccionó como Úrsula  Iguarán: los llevó a su casa. Mi abuela decía que la sangre de la familia no podía andar por ahí, perdida. Ella quería mucho a todos esos niños. Hubo un punto en esa casa en el que no se sabía cuáles hijos eran del matrimonio y cuáles no. Además, era una mujer muy fuerte. Cuando mi abuelo se fue a la guerra, no supo de él durante un año y aún así se encargó de la casa y la seguridad de la familia.

Da la impresión de que Úrsula es su personaje favorito.

Sí. Ella tiene los pies en la tierra. Contrario a lo que vi en mi infancia, porque las mujeres en la casa de mi abuelo con frecuencia parecían estar en otro mundo. Sin embargo, creo que en la mayoría de los casos las mujeres son el sexo práctico. Los hombres son los románticos, los que hacen locuras; las mujeres saben que la vida es dura. Úrsula es un prototipo de esa mujer práctica. Después de Úrsula, me gusta más su tataranieta, Amaranta Úrsula. De todos los descendientes de los Buendía, ella es la que más se asemeja a la Úrsula original, pero sin los complejos ni prejuicios. Amaranta Úrsula es Úrsula, pero emancipada, con experiencia del mundo, con ideas modernas. Sin embargo, al vivir en la atmósfera creada por el coronel Buendía —la del triunfo conservador— no se le permite desarrollar su personalidad. La historia de Latinoamérica es una serie de frustraciones de ese tipo.

Cuando su abuelo le contaba historias de guerra, ¿también le contó sobre la huelga de las bananeras de 1928? En Cien años de soledad, los trabajadores bananeros de Macondo, empleados de una compañía, que podría ser United Fruit, entran en huelga. 3 mil de ellos son masacrados en la plaza de Macondo, y sus cuerpos son enviados en vagones al mar. A partir de entonces, ninguno de los pobladores de Macondo recuerda la huelga. El único que la recuerda es un Buendía, y para él, el recuerdo es la fuente de su locura.

Ese episodio no es de ninguna narración. Es, de cierto modo, basado en la realidad histórica. Las razones y la forma en que ocurrieron los hechos de la huelga fueron exactamente como en la novela, aunque no hubo 3 mil muertos, por supuesto. Hubo muy pocas muertes. Si 100 personas hubieran muerto en 1928, habría sido catastrófico. Escribí 3 mil porque estaba usando ciertas proporciones en mi libro. 100 muertes no se habrían notado. También estaba interesado en lograr un cierto imaginario: quería que los cuerpos fueran llevados en un tren como los que transportaban bananos. Investigué y encontré que para llenar ese tren, se necesitaban por lo menos 3 mil cuerpos. Esa cifra en 1928 habría significado todos los residentes del pueblo.

¿Es así es como la realidad se transforma en arte?

Déjame contarte algo muy curioso sobre ese episodio. Nadie ha estudiado los hechos en torno a la verdadera huelga bananera; y ahora cuando hablan de eso en los periódicos, e incluso una vez en el Congreso, ¡hablan de los 3 mil muertos! Yo me pregunto si con el tiempo se volverá verdad que 3 mil personas fueron asesinadas. Es por eso que, en El otoño del patriarca, hay un momento en que el patriarca dice: “No importa si no es verdad ahora; lo será con el tiempo”.

Cien años de soledad inicia con la siguiente frase: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. ¿Su abuelo alguna vez lo llevó a conocer el hielo?

Algo así. Aracataca era un pueblo tropical y bananero, y cuando yo vivía allá, antes de tener refrigeración, nunca había visto el hielo. Un día, mi abuelo me llevó a la tienda de United Fruit Company y me enseñó una caja llena de pescados y hielo. Lo que sea que hubiera dentro de las cajas era tan frío que me pareció que estaba hirviendo. Toqué el interior de la caja y sentí que me quemaba. “Pero esto está hirviendo”, le dije a mi abuelo. Y me dijo: “No, por el contrario, es muy frío”. Y luego me dijo que tocara una sustancia, que era hielo. Desde esa época de mi vida, lo que me queda son destellos de memoria que apenas analizo. Prefiero las sensaciones que dejan.

Sus historias siempre están llenas de olores.

Sí. Creo que el poder evocador del sentido del olfato es el más grande de todos, incluso que el del gusto o el oído.

Hay un sentido casi erótico del olfato en toda su literatura. ¿Es esa su manera de lidiar con la pasión sexual?

Sí. Es algo de mi propio carácter.

De todos los placeres sensuales de la vida, ¿cuál es el más importante para usted?

Comer.

¿Comer? ¿Por qué?

Es algo que implica sentimientos. Es imposible de explicar. Pero lo que más me gusta es comer.

Volviendo a su historia personal, ¿cómo llegó a vivir con sus abuelos?

Es una historia común en el Caribe. Mis padres eran pobres. Mi padre trabajaba como telegrafista. Cuando quiso casarse con la hija del coronel Nicolás Márquez, su familia se opuso; mi padre tenía fama de mujeriego. Entonces, después de la boda, aceptó un trabajo en otra ciudad lejos de Aracataca. Cuando mi madre quedó embarazada de mí, en un gesto de reconciliación, mis abuelos le dijeron que tuviera el bebé en la casa de ellos. Después de un tiempo, mi madre regresó a donde trabajaba mi padre, y mis abuelos le dijeron: “Déjanos a Gabriel y lo criaremos”. La familia era pobre y, como he dicho, las familias extensas son comunes en el Caribe. Luego, cuando mis padres regresaron a Aracataca, me fui a vivir con mis abuelos hasta que tenía ocho años (cuando mi abuelo murió). Fui muy feliz allí.

¿Se sintió abandonado por su madre?

No, solo pensé que era parte de la vida. Tal vez, en otro tipo de sociedad, podría haberme sentido abandonado. Pero en el Caribe es común vivir con abuelos, tías y tíos. Ciertamente durante mucho tiempo mi madre fue una desconocida para mí. Recuerdo que una mañana me dijeron que me vistiera porque ella venía de visita. Fui a una sala donde había muchas mujeres, y me sentí desconcertado porque no sabía cuál era mi madre. Luego, una mujer hizo algún tipo de gesto que me hizo darme cuenta de que era ella. Llevaba un vestido de los años veinte, con cintura baja y sombrero de paja. Se parecía a Louise Brooks. Luego me abrazó y me asusté mucho porque sentía que no la amaba. Había oído que se suponía que uno debía amar a su propia madre, y me pareció malvado que eso no me ocurriera. Más tarde, cuando mis padres se mudaron a Aracataca, recuerdo que iba a su casa solo cuando estaba enferma. Pasaba la noche allí y me daban un purgante de aceite de ricino. No es un recuerdo agradable.

¿La muerte de su abuelo fue una experiencia dolorosa para usted?

No. Prácticamente no me di cuenta. Además, al ser un niño de ocho años no tenía una noción clara de lo que significaba la muerte. Como había sido criado católico, probablemente pensé que había ido al cielo y estaba muy contento.

Pregunto por su muerte porque, a menudo, les ha dicho a los entrevistadores que no le ha ocurrido nada interesante desde que tenía ocho años.

A lo que me refiero es a que luego me fui a vivir con mis padres a otra parte, y siento que toda mi escritura se trata de las experiencias de la época que pasé con mis abuelos.

¿Su vida actual es menos interesante que su niñez?

Tiene menos misterio. No tengo una abuela que me inventé cosas maravillosas.

La Aracataca de su niñez debe haber sido un lugar maravilloso.

Lo considero un horrible pueblo de bonanza. Era un centro bananero de la United Fruit Company, un lugar donde la gente venía a enriquecerse lo más rápido posible. Pero lo que sucede en un lugar así es que cuando de repente se convierte en un punto de encuentro para el mundo, inevitablemente se llena de elementos fantásticos.

Es extraño que diga que Aracataca es un horrible pueblo de bonanza. Se dice que Macondo, el mítico pueblo que usted creó basado en Aracataca, es uno de los pueblos más encantadores de la literatura.

Lo que ha sucedido es que Macondo es un pueblo construido con nostalgia. La virtud de la nostalgia es que elimina todos los aspectos desagradables de los recuerdos y deja solo los agradables.

¿Cómo se le ocurrió la idea de crear Macondo a partir de los recuerdos de Aracataca?

Cien años de soledad realmente empezó cuando yo era muy joven (tenía tal vez 20 años). Traté de escribir una novela sobre la familia Buendía titulada La casa. Todo el drama iba a tener lugar en la casa; nada en exteriores. Después de escribir algunos capítulos, sentí que todavía no estaba listo para escribir un libro tan grande como ese. Decidí empezar algo más fácil y aprender a escribir progresivamente. Más que todo escribí cuentos cortos. Por esa época, cuando tenía 21 años, mi madre me pidió que hiciera un viaje con ella a Aracataca, y esa visita tuvo un impacto decisivo en mi carrera como escritor. En ese momento vivía en Barranquilla, una ciudad caribeña no muy lejos de Aracataca. Mis abuelos habían muerto y mi madre quería vender su casa.

Al principio me puse muy contento con la idea de volver a Aracataca. Pero cuando llegamos quedé estupefacto. El pueblo no había cambiado en lo absoluto. Tuve la sensación de que yo había dejado el tiempo, que lo que me había separado del pueblo no era la distancia sino el tiempo. Así que caminé por las calles con mi madre y me di cuenta de que ella estaba pasando por algo similar. Caminamos a la farmacia, que pertenecía unos amigos íntimos de la familia. Detrás del mostrador había una señora trabajando en una máquina de coser. Mi madre la saludó. Cuando la mujer la reconoció, se puso de pie, se abrazaron, lloraron y no dijeron absolutamente nada durante más de media hora. Tuve la sensación de que todo el pueblo estaba muerto, incluso los que estaban vivos. Ese día me di cuenta de que todas las historias cortas que había escrito eran simplemente elaboraciones intelectuales que no tenían nada que ver con mi realidad. Cuando regresé a Barranquilla, de inmediato me senté y escribí mi primera novela [La hojarasca], que tiene lugar en Macondo. Por cierto, en ese viaje, mi madre y yo pasamos una plantación de banano que había visto muchas veces cuando niño. Había un letrero en el lugar. Se llamaba Macondo.

¿Cuándo empezó a tomar forma Cien años de soledad en su cabeza finalmente?

El viaje que describí tuvo lugar alrededor de 1950. Después de ese primer esfuerzo, hice una segunda prueba de la novela en México en 1963. Tenía, para entonces, una idea más clara de la estructura, pero no del tono. Aún no sabía cómo contar la historia para que se creyera. Así que, de nuevo, me dediqué a escribir historias cortas. Pero un día, en 1965, creo que iba a Acapulco en carro. Y, de repente, no sé por qué, tuve una iluminación en cuanto a cómo escribir el libro. ¡Tenía el tono, todo!

¿Le llegó como una visión?

Más o menos. Era como si hubiera leído todo su contenido. Entonces regresé a Ciudad de México y durante los 18 meses siguientes me dediqué a escribir desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde. Yo tenía familia —esposa y dos hijos pequeños— y había estado trabajando en relaciones públicas y arreglando guiones de películas. Tenía que dejar eso de lado para poder escribir mi libro. Pero no teníamos ingresos, por eso empeñamos el carro y Mercedes se encargó del dinero. A partir de entonces, tuvo que ser como las mujeres de las guerras civiles colombianas: tenía que dirigir la casa y mantener la vida en marcha mientras yo estaba en campaña.

Hizo una infinidad de hazañas. Todos los días se aseguraba de que tuviera mis cigarrillos, papel, todo lo que necesitaba para escribir. Pidió dinero prestado y crédito en tiendas. Cuando terminé el libro le debíamos al carnicero unos 5.000 pesos, ¡que eran una suma enorme! De alguna manera, en el barrio corrió el rumor de que yo estaba escribiendo un libro muy importante, y todos los tenderos querían colaborar. En un momento dado, me di cuenta de que Mercedes ya no podía seguir sola. Entonces dejé de trabajar en la novela e hice un guion para radio. Pero, en el momento en que comencé a hacer eso, me dio una jaqueca insoportable. Nada me la quitaba, los médicos me dieron todo tipo de cosas.

Finalmente, cuando retomé la novela, me pasó el dolor. Me demoré 18 meses en terminar el libro. Pero teníamos bastantes problemas. Hacia el final, a la mecanógrafa, que tenía las únicas copias de muchos de los capítulos del libro, la atropelló un bus. Así que las únicas copias de la mitad del libro salieron volando por una calle de Ciudad de México. Afortunadamente, el autobús no la mató, y ella fue capaz de levantarse y volver a armar el manuscrito. Cuando por fin se terminó, necesitábamos 160 pesos para enviarlo a la editorial de Buenos Aires. A Mercedes le quedaban solo 80 pesos. Decidí entonces dividir el manuscrito en dos. Envié la mitad y luego empeñé la batidora y el secador de pelo de Mercedes para pagar la otra parte. Cuando Mercedes oyó que nuestra última posesión estaba empeñada dijo: “¡Bueno, ahora, lo único que nos falta es que la novela sea mala!”.

¿Cómo se le ocurrió el título del libro?

Se me ocurrió cuando estaba escribiendo la última página. Hasta ese momento, no sabía cómo llamarlo. Ya había descartado La Casa. Cuando tomé la decisión, hice algunos cálculos y descubrí que habían pasado más de cien años, pero no sonaría bien si lo titulara “Ciento cuarenta y tres años de soledad”. Redondeé el número y fue una buena decisión. El libro fue publicado en 1967, y luego fue reconocido a nivel internacional cuando lo tradujeron al inglés y lo lanzaron en Estados Unidos en 1970.

¿Cien años de soledad se podría convertir en una película, como se rumora?

Jamás. Los productores me siguen ofreciendo dinero por los derechos, pero siempre me niego. La última oferta fue por dos millones de dólares. No quiero que se convierta en una película, porque quiero que los lectores se puedan imaginar a los personajes. Eso es imposible en el cine. En las películas la imagen es tan definitiva que el espectador solo se puede imaginar el personaje que la pantalla le impone.

Cuando estudié cómo se hacía el cine me di cuenta de que hay limitaciones que en la literatura no existen. Aprendí que el trabajo de un novelista es el más libre que existe. Eres dueño de ti mismo.

¿Como Dios?

Algo así. El problema es que, a diferencia de Dios, no puedes matar personajes tan fácilmente. Tienes que matarlos cuando de verdad están muriendo. Eso fue lo que pasó con Úrsula Iguarán. Si haces las cuentas, ella debía tener 200 años. Mientras estaba escribiendo Cien años, me di cuenta que había vivido demasiado y yo intentaba que muriera. Pero ella continuó, porque siempre la necesitaba para algo. Tenía que vivir hasta su muerte natural.

También se dice que usted quemó mil páginas de Cien años de soledad. ¿Es cierto?

Es falso. Pero es curioso cómo todas esas leyendas tienen algo de verdad. Cuando terminé el libro, deseché todas las notas y la documentación para que no hubiera ni un rastro de eso. Y así los críticos tendrían que leer el libro como tal y no podrían ver los documentos originales. Ese material es la parte más íntima de mi vida privada. Me da un poco de vergüenza… es como si te vieran en ropa interior.

¿O como si alguien aprendiera los secretos de su magia?

Claro. Como los magos, que nunca les dicen a los demás cómo sacaron una paloma de su sombrero.

Hacia el final de Cien años de soledad escribió que “la literatura es el mejor juguete que han inventado para burlarse de la gente”. ¿Cree que es verdad?  

De hecho, un amigo mío lo dijo y por eso lo escribí en el libro.

¿Cree que es verdad?

Creo que es divertido cuando puedes controlar tu libro. No hay nada más maravilloso que escribir cuando tienes el control. Ese es un estado mental al que yo llamo inspiración. Pero no es un murmullo divino, como los románticos creen. Es la correspondencia perfecta entre el tema del que escribes y tú. Cuando eso pasa, todo empieza fluir y esa es la alegría más grande que puedes tener. Cuando el libro está saliendo bien, es el mejor estado en el que puedo estar.

El último capítulo de la novela está lleno de chistes y acotaciones personales. Ha escrito personajes sobre Mercedes y muchos de sus amigos. ¿Por qué?

Porque me estaba divirtiendo. Era el final de mis 18 meses de asedio y el libro estaba avanzando bien en ese punto; presentía que nadie lo podía detener, que yo podía hacer lo que quisiera y que estaba prácticamente terminado. En ese estado, estaba tan feliz que comencé a hacer esos chistes personales. En esa sección hay algunas bromas evidentes para el lector. Mis amigos las leen y se ríen, porque saben a qué se refiere cada una. Ese era un libro que tenía que terminar con alegría, porque, de otra manera, es un libro muy triste. Como la vida, ¿no?

Sí, es un libro muy triste. Parece que insinúa que es imposible progresar en Latinoamérica; el desinterés en la política significa que un cambio social nunca ocurrirá, que todo está condenado a repetirse. Es la interpretación política común.

Sí, me han dicho mucho eso. Una vez tuve un problema con algunos profesores de literatura en Cuba que decían: “Cien años de soledad es un libro extraordinario, pero tiene un defecto: no da soluciones”. Para mí, eso es un dogma. Mis libros describen situaciones y no tienen que dar soluciones. Pero con Cien años de soledad sí quería mostrar que la historia latinoamericana tenía una realidad tan opresiva que tenía que cambiar… ¡cueste lo que cueste! De todos modos, Cien años de soledad no dice que el progreso no sea posible. Dice que la sociedad latinoamericana está tan llena de frustraciones e injusticias que podría desalentar a cualquiera. Eso realmente evidencia a una sociedad que debe cambiar.

Hemos hablado mucho de Cien años de soledad. ¿Le molesta que los lectores piensen que es el único libro que ha escrito?

Profundamente. He leído reseñas que dicen que Cien años de soledad es una novela latinoamericana insuperable. ¡Eso es ridículo! Si fuera una novela insuperable, no habría seguido escribiendo. Creo que El otoño del patriarca es, como obra literaria, mucho más importante, en términos experimentales. Era un libro que no podía terminar hasta tener la estabilidad económica que me dio Cien años de soledad, porque requería mucho tiempo y dinero.

¿Le molesta cuando la gente dice que El otoño del patriarca es muy difícil de leer?

¡Fue un libro muy difícil de escribir! Para leerlo necesitas cierta experiencia literaria, pero espero que con el tiempo demuestre que es igual de fácil de leer que mis otros libros. Cuando publicaron Ulises se creía que era ilegible. Ahora los niños lo leen. Si me preguntas, el único defecto de Cien años de soledad es que es muy fácil de leer.

El otoño del patriarca es una novela sobre la muerte de un dictador, un tema popular en la literatura latinoamericana. ¿Había algo más en su vida que lo motivara a hacerlo?

Las raíces del libro vienen de mi infancia en Aracataca. Mientras crecía, vi cómo exiliaron a muchos venezolanos, por la época del dictador Juan Vicente Gómez. Como ocurre a menudo en los exilios, el dictador se convirtió en un personaje mítico y adorado. La visión de las personas sobre Gómez es parte de lo que me motivó, pero también había otras razones.

Cuando los estudiosos y críticos intentan interpretar su trabajo, usted despoja esos argumentos. Una vez dijo: “Cien años de soledad no es el libro universal del que hablan. Solo es la historia de la familia Buendía, quienes estaban destinados a tener un hijo con cola de cerdo. Y mientras hacen todo por evitarlo, sí terminan con un hijo con cola de cerdo”. Ahí les estaba tomando el pelo, ¿no?

Esa es la trama, pero es una exageración sobre cómo los críticos intentan encontrar explicaciones y símbolos donde no los hay. No hay ni un solo símbolo intencional en el libro.

¿Le fastidia que muchos hayan leído palabra por palabra Cien años de soledad?

No, siento cierta compasión por ellos. Los libros no se deben analizar palabra por palabra. Hay una tendencia académica a encontrar lo que va más allá del libro.

Alastair Reid, un escritor neoyorquino y uno de los estudiosos de su obra, asegura que el verdadero significado de Cien años de soledad es que “nadie nunca nos conocerá. Vivimos solos en el mundo, en nuestra propia burbuja”. ¿Reid entendió el libro?

Absolutamente. Estoy convencido de que todos tenemos secretos y de que hay una parte de nuestra personalidad que nunca revelaremos. Mercedes y yo tenemos una gran relación; hemos estado juntos 25 años. Pero los dos sabemos que tenemos secretos que el otro nunca sabrá y hemos respetado eso, porque no tiene solución. Por ejemplo, yo no sé cuántos años tiene Mercedes. No sabía cuántos años tenía cuando nos casamos, y en ese momento ella era muy joven. Cuando viajamos, nunca miro su pasaporte o su cédula. En los aviones, lleno la tarjeta de inmigración y dejo en blanco la sección de su fecha de nacimiento. Obviamente, esto es un juego, pero representa muy bien las áreas impenetrables a las que ninguno de nosotros se puede acercar. Es imposible conocer a una persona por completo.

¿La soledad de Cien años de soledad es una reflexión de eso?

No. Yo creo que esto es algo que todos han sentido. De todas formas, todos estamos solos. Por ejemplo, como escritor, me comunico con mucha gente, y lo hago con mucha facilidad, pero cuando me siento a escribir, que es el momento más importante de mi vida, estoy completamente solo. Nadie me puede ayudar, nadie sabe exactamente qué quiero hacer y a veces ni siquiera yo lo sé.

¿Eso lo asusta?

No. Ya no me asusta, porque he demostrado que me puedo defender con una máquina de escribir. Pero sí creo que todos le temen a eso. Cuando abres los ojos en la mañana y estás rodeado por la realidad, lo primero que sientes es miedo.

Creció en un lugar del mundo donde la influencia de Freud y el psicoanálisis eran mínima. ¿Puede que los fenómenos que los occidentales llaman inconscientes sean las mismas cosas descritas por el realismo mágico?

Sí, tal vez. Pero nunca trato esas áreas. No me meto con el inconsciente, y me ha dado buenos resultados como escritor.

¿Cómo se siente cuando los críticos hacen una interpretación psicoanalítica de su obra?

No me causa mucha admiración. Nada de lo que hago es consciente de esa manera. Yo entiendo que el trabajo literario, en especial en la ficción, está en el límite del inconsciente, pero cuando alguien intenta explicar esa parte inconsciente de mi trabajo, no lo leo.

¿Podría ser que el realismo mágico no se tratara tanto de lo surrealista, sino del mundo cotidiano visto desde un ojo más agudo?

Es cierto, tengo un gran sentido de observación, pero soy del Caribe, y los caribeños son capaces de creer cualquier cosa. Estamos empapados de diferentes culturas: africanas, europeas y nuestras propias creencias. Eso nos da un pensamiento libre para ver más allá de las realidades.

¿Le pasan cosas que a los demás no? Tenemos un amigo en común que cree que usted es telepático.

Sí, me ocurren cosas extraordinarias a menudo. Creo que a los demás también les pasa, lo malo es que nada de esto puede ser sistematizado. No sabes qué es una premonición o un fenómeno telepático hasta que ocurre. Eso pasa con casi todas las profecías; siempre están codificadas. Por ejemplo, hace poco estaba viajando a Barcelona en tren. En nuestra casa en México trabaja una mujer, que en ese momento estaba embarazada. Mientras me quitaba los zapatos en el tren me dio la impresión de que algo había pasado en México. Le dije a Mercedes: “Teresa está dando a luz”. Cuando llegamos a Barcelona, llamamos y nos dijeron la hora exacta en la que Teresa había dado a luz. Era más o menos a la hora que tuve mi premonición. Las visiones no son precisas, pero son como un murmullo mágico. Creo que eso les pasa a todos, pero la gente no lo cree ni lo reconoce, por su contexto cultural. Necesitas un poco de inocencia para ver estas cosas.

Hay un fragmento memorable de Cien años de soledad sobre un sacerdote que levita cuando toma chocolate caliente. ¿Cómo se le ocurrió esa idea?

Había un sacerdote en Aracataca de quien decían que era tan sagrado que levitaba cada vez que alzaba el cáliz durante la misa. Cuando escribí sobre eso, no me parecía creíble. Si no creo en algo, tampoco lo escribo. Entonces decidí ver qué tan creíble era con otras bebidas. Él tomaba todo tipo de cosas y nada funcionaba. Finalmente, tomó Coca-Cola y eso parecía ser creíble. Aún así, no quería darles publicidad gratis y lo cambié por chocolate caliente, que también era creíble. Si hubiera escogido la Coca-Cola, habría carteles por toda Latinoamérica con las palabras: “Levita con una Coca-Cola”.

Hemos escuchado que hizo un borrador de El otoño del patriarca y lo tiró a la basura porque parecía un clon de Cien años de soledad. ¿Es vedad?

En parte es cierto. Hice tres intentos. La primera vez que lo escribí lo basé en un recuerdo que tenía de La Habana en 1959. Había estado cubriendo el juicio de uno de los grandes generales de Batista. Fue juzgado por crímenes de guerra en un gran estadio de béisbol. Mientras lo veía a él, lo que me interesaba eran las posibilidades literarias de su situación. Por eso, cuando me senté a escribir El otoño del patriarca, pensé que podría utilizar la forma de un monólogo del dictador mientras estaba sentado en el centro del estadio. Sin embargo, cuando comencé a escribir, la idea se derrumbó rápidamente. No era real. Los grandes dictadores latinoamericanos murieron en la cama o escaparon con grandes fortunas. En el segundo intento decidí escribir la novela como si fuera una biografía falsa, y esa versión resultó ser más al estilo de Cien años de soledad. Por eso me deshice de ella. Honestamente no entiendo por qué tanta gente quería que El otoño del patriarca fuera como Cien años de soledad. Sospecho que, si quisiera éxito comercial, podría seguir escribiéndola por el resto de mi vida. Podría engañar, como lo hacen en Hollywood: “El regreso del coronel Aureliano Buendía”. Lo que decidí, en última instancia, fue tener estructura basada en múltiples monólogos, que es mucho la forma como se vive bajo una dictadura. Hay diferentes voces que dicen lo mismo de distintas maneras.

Después de algún tiempo llegué a otro fragmento. Personalmente nunca había vivido bajo una de las viejas dictaduras. Para hacer que la novela funcionara, quería saber cómo era la vida cotidiana en una dictadura antigua. Mientras escribía, me interesaron dos: España y Portugal. Mercedes y yo nos mudamos a la España de Franco, a Barcelona. Pero incluso en España, después de cierto momento, me di cuenta de que todavía faltaba algo en la atmósfera del libro. Las cosas estaban muy frías. Entonces, para tener buen humor, nos mudamos al Caribe. Cuando llegué a Colombia la prensa me preguntó: “¿Qué ha venido a hacer?”, y yo les respondí: “Es que quiero recordar a qué huele una guayaba”. Mercedes y yo viajamos a todas las islas del Caribe, pero no a tomar notas, simplemente a vivir. Cuando volvimos a Barcelona, el libro fluía a buen ritmo.

Su última novela, Crónica de una muerte anunciada, se está publicando este año. Leí en alguna parte que usted dijo que no publicaría otra novela mientras Pinochet permaneciera en el poder. Él sigue gobernando Chile, y su libro salió. ¿Qué pasó?

Eso fue algo que le dije a la prensa después de que El otoño del patriarca fuera publicado. Estaba molesto. Trabajé siete años en ese libro y lo primero que me preguntaron fue qué estaba haciendo ahora. Cuando me hacen preguntas como esa, me invento todo tipo de respuestas para hacerlos felices. Cuando terminé El otoño del patriarca no tenía planes para otra novela. Esa respuesta eliminó esa desagradable pregunta de muchas entrevistas.

Nos dijeron que con frecuencia inventa historias en las entrevistas.

¿Quién dijo?

Lo acaba de hacer. Pero esa es una de las muchas leyendas que giran a su alrededor: que “mejora” las historias que cuenta en sus entrevistas.

Mi problema es que tengo mucho afecto por los periodistas y, cuando me caen bien, puedo crear algo para asegurarme de que reciban una entrevista diferente.

“Desde la visita de la embajadora de la ONU Jeane Kirkpatrick a Chile, es imposible sacar a un prisionero de las cárceles de Pinochet”.

 

¿Ha inventado algo en esta entrevista?

¡No! Por el contrario, he tratado de refutar todos los mitos que hay a mi alrededor.

Volvamos a Crónica de una muerte anunciada. En este trabajo, como en casi todos sus libros, usted escribe con gran afecto acerca de las prostitutas.¿Hay alguna razón en particular para eso?

Tengo buenos recuerdos de prostitutas y escribo sobre ellas por razones sentimentales.

¿Los jóvenes latinoamericanos aprenden de sexo en los burdeles?

No, es más feudal que eso. Los burdeles cuestan dinero, y por eso son lugares para hombres mayores. La iniciación sexual en realidad comienza con las sirvientas de la casa, con primas, con tías. Pero las prostitutas eran mis amigas de verdad cuando era joven. El ambiente en el que crecí fue muy represivo. No era fácil tener una relación con una mujer que no fuera prostituta. Cuando las visitaba no era realmente para hacer el amor, sino para no estar solo. En mis libros las prostitutas siempre son muy humanas y son buena compañía. Son mujeres solitarias que odian su trabajo. Con las prostitutas —incluso con las que no me acosté— siempre tuve algunas buenas amistades. Podía dormir con ellas porque era horrible dormir solo. Siempre he dicho, en tono de broma, que me casé para no almorzar solo. Por supuesto, Mercedes dice que soy un hijo de puta.

“Cien años de soledad no es una historia de Latinoamérica, es una metáfora de Latinoamérica”.

 

Las mujeres de sus libros son muy fuertes, son las que se encargan de manejar la vida.

Ocurre lo mismo en mi hogar. Mercedes se encarga de todo. Y mi agente literario también es mujer. Estoy respaldado por mujeres. Para mí es casi una superstición. Cuando sé que una mujer está involucrada en algo, sé que va a salir bien. Tengo muy claro que las mujeres sostienen el mundo.

¿El mundo entero o la mitad?

Las mujeres se preocupan por la realidad cotidiana, mientras que los hombres hacen toda clase de locuras. Me parece que las mujeres tienen una gran virtud porque carecen de sentido histórico. Están interesadas en la realidad de hoy.

Mejor dicho, no salen a promover 32 guerras civiles, como Aureliano Buendía.

No, se quedan en casa, la dirigen y hornean animalitos de caramelo, para que los hombres puedan irse a la guerra. Otra virtud que tienen las mujeres es que son mucho más leales que los hombres. Lo único que las mujeres no perdonan es la traición. Si desde el principio se establecen las reglas del juego, sin importar lo que sean, las mujeres generalmente las aceptan. Pero lo que no pueden soportar es que las reglas se rompan en algún punto. Si eso sucede, pueden ser absolutamente inclementes. Por otro lado, la mayor virtud de los hombres es la ternura.

¿La ternura?

Sí. La ternura no es inherente a las mujeres, sino a los hombres. Las mujeres saben que la vida es muy dura.

Si las mujeres no tienen un sentido histórico, como ha dicho, ¿cómo explica los casos de mujeres como Eva Perón, Indira Gandhi y Golda Meir, por no hablar de Juana de Arco?

Estoy hablando en términos generales. Tú estás mencionado buenas y grandes excepciones.

¿Le alegra ver a sus hijos crecer en un mundo en el que los hombres y las mujeres están más cómodos entre sí?

Es fabuloso. Me muero de envidia. A veces, cuando les cuento a mis hijos cómo era todo cuando era joven, les cuesta creer. Por ejemplo, en Crónica de una muerte anunciada (la historia de dos hermanos que matan a un hombre) una muchacha se casa, y en su noche de bodas su marido se la devuelve a sus padres porque es no virgen. Entonces los dos hermanos matan al hombre que creen que la desfloró. En mi época eso era un drama muy común en Latinoamérica. Pero cuando mis hijos lo leen, les parece ciencia ficción.

“Estoy convencido de que todos tenemos secretos. Hay una parte de nuestra personalidad que nunca revelaremos”.

 

¿Cómo conoció a Mercedes?

Toda la historia está en Crónica de una muerte anunciada. Vivíamos en el mismo pueblo, Sucre, cuando éramos jóvenes. Nos comprometimos en 1952, cuando yo trabajaba para el periódico El Espectador. Antes de la boda, el periódico me dio la oportunidad de ir a Europa como corresponsal. Entonces tuve que elegir entre hacer algo que siempre había querido hacer y la boda. Cuando hablé de esto con Mercedes, me dijo: “Es mejor que te vayas a Europa, porque si no lo haces, me culparás por el resto de nuestras vidas”. Finalmente me fui. El plan original era que me quedara solo un mes. Sin embargo, llevaba poco en Europa cuando el dictador Rojas Pinilla cerró El Espectador. Eso me dejó varado y sin dinero en París, entonces cobré la parte de la devolución del pasaje de avión y usé el dinero para seguir viviendo en Europa. Me quedé tres años.

¿Cuál fue la reacción de Mercedes?

Este es uno de los misterios de su personalidad que nunca tendré claro. Ella estaba absolutamente segura de que yo volvería. Todos le decían que estaba loca, que encontraría a alguien nuevo en Europa. Y en París tuve una vida totalmente libre. Pero yo sabía que cuando todo terminara volvería a ella. No era una cuestión de honor, sino más bien de un destino natural, como algo que ya había sucedido. Desde París le escribí todas las semanas. Y después de casarnos, cada vez que a ella no le gustaba algo decía: “No puedes hacer esto, porque en tu carta de París, dijiste que nunca harías algo así”. Finalmente, le dije: “Quiero comprarte tus cartas” [Mercedes ha estado en silencio escuchando esta parte de la conversación]. ¿Cuánto pagué por ellas?”.

Mercedes Barcha: Me pagaste 100 bolívares.

García Márquez: Me salió barato.

Mercedes Barcha: Así es.

¿Qué hizo Mercedes con el dinero?

No tengo ni idea [Mercedes sonríe]. Quemé las cartas. Y estoy feliz por eso, porque si existieran, alguien estaría detrás de ellas para publicarlas.

“Mercedes era como las mujeres de
las guerras civiles colombianas: tenía que dirigir la casa y mantener la vida en marcha mientras yo estaba en campaña”.

 

Un hombre con tantos honores literarios en su haber tiene que hacer más que pronunciamientos grandiosos, y usted lo ha hecho. ¿Hay algo más que quiera que sepamos sobre el hombre tranquilo y privado que hay detrás de esos pronunciamientos?

No. Creo que nos hemos perdido de muy poco. Por supuesto hay zonas oscuras de cada ser humano que nadie aborda. Y creo que quienes leen entrevistas no quieren entrar en esas zonas, prefieren encontrar a la persona que quieren ver.

Entonces, ¿quién es usted?

Soy el hombre más tímido del mundo. También soy el más amable. ¡En esto no acepto ningún argumento o debate!

Ya que es la persona más amable y tímida sobre la faz de la tierra, ¿cuál diría que es su mayor debilidad?

¡Nadie me había preguntado eso antes! Mi mayor debilidad es mi corazón. En el sentido emocional, sentimental. Si yo fuera una mujer, siempre diría que sí. Necesito que me quieran mucho y por eso escribo.

Es una suerte que la escritura le haya traído tanto amor. Incluso las personas que odian sus pensamientos políticos adoran sus libros.

Sí. Pero soy insaciable. Todavía necesito más amor.

Hace que suene como una ninfómana.

Sí, pero una ninfómana del corazón. Y lo que quiero ahora es que les transmitas a los lectores de los Estados Unidos esta impresión mía con absoluta sinceridad. Tengo mucho miedo de que haya alguien en los Estados Unidos que no me quiera, y quiero que esa persona me quiera gracias a esta entrevista.

Muy bien. Para concluir le haré una última gran pregunta. ¿Cuál cree que ha sido el significado de su vida hasta ahora?

Tal vez puedo responderte diciéndote lo que me gustaría haber sido si no fuera escritor. Me gustaría haber sido pianista en un bar. De esa manera, podría haber ayudado a que los amantes se quisieran más. Si puedo lograr eso como escritor —que la gente se ame gracias a mis libros— creo que ese es el significado que he querido para mi vida.

 

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