Entrevista Playboy: Brigitte Baptiste

Una de las voces más reconocidas de la comunidad trans en Colombia habla de diversidad (biológica y de género), de innovación y  de sostenibilidad en un país megadiverso "con un poquito de todo"
Imagen por Felipe Villegas, Instituto Humboldt

Este artículo sale en la edición impresa de PLAYBOY COLOMBIA de junio-julio de 2018

La casa de Brigitte, cálida y acogedora, además de su hogar es el centro de operaciones de ella y de su esposa Adriana. Con la sala invadida de libros de biología y biodiversidad, la directora del Instituto Humboldt se mueve con propiedad por el espacio, mientras su esposa se encarga de organizar un nuevo proyecto que combina la moda con la biología.

A finales de 2017 Brigitte recibió el premio Prince Claus de manos del príncipe Constantijn de los Países Bajos. El premio reconoce las contribuciones que han hecho distintas personas del mundo en temas de cultura, ciencia y arte con perspectivas innovadoras. Para ella la importancia del premio radica en que exalta el contenido cultural del conocimiento científico, algo que ha querido destacar desde hace mucho tiempo: “Que la ciencia y el conocimiento son construcciones culturales y tienen que ser entendidas así”.

Brigitte es ante todo una persona valiente y apasionada por la naturaleza, la diversidad y la innovación. Les huye a las categorías que la quieren encasillar. Es querida por sus estudiantes, se ha convertido en un referente en temas ambientales y a la vez es la mujer trans con mayor reconocimiento en Colombia. En esta oportunidad le abrió las puertas de su casa a PLAYBOY para hablar sobre sus proyectos, sus luchas y sus amores.

¿Qué es y qué hace el Instituto Humboldt?

Mi visión actual del Instituto es que es una entidad que ensambla productos de conocimiento para distintos clientes. El cliente más importante es el Estado colombiano, porque el instituto tiene una función pública. Fue creado por una ley y depende del Ministerio de Ambiente. Pero también somos una institución mixta. Nosotros también somos LGBTI. Somos híbridos, somos bien posmodernos [risas].

También ensamblamos productos de conocimiento para el sector privado. En ese caso bajo la modalidad de consultoría, pero nunca con exclusión de nadie. Son cooperaciones con el sector privado pero que redundan en un beneficio colectivo. Todas las investigaciones que hacemos son públicas, gratuitas, y todos los resultados fluyen a través de nuestros medios de comunicación, redes que son inherentes a nuestra entidad. También trabajamos mucho con comunidades, con redes de ONG, con toda clase de actores. Siempre en temas de biodiversidad.

Pregunta para dummies, ¿para qué sirve la diversidad, cuáles son las implicaciones y beneficios de tener y proteger la biodiversidad?

La biodiversidad es la fuente del bienestar, sobre todo en un país ecuatorial como el nuestro, un país que tiene un poquito de oro, un poquito de petróleo, un poquito de todo. Un país que tiene una oferta de agua y de suelo muy importante y eso hace que —gracias a nuestra posición geográfica— haya una gran variedad de hábitats. La interacción de todo eso nos da mucha comida, nos da buena vida. Básicamente esa es la perspectiva de la megadiversidad.

Es un país donde la gente podría vivir muy bien solamente con base en la biodiversidad, es decir, todas las formas de vida, lo que contienen, cómo se organizan y cómo se conectan con la sociedad. Ese es el ámbito donde uno entiende la megadiversidad colombiana, esa variedad tan gigantesca, no solamente de organismos, sino de formas dentro de los organismos, de sus formas de asociarse. Tenemos selvas, sabanas, páramos, bosques de montañas, ciénagas. La lista de tipos de asociaciones vitales en Colombia es gigantesca comparada con casi cualquier país del mundo. Colombia es realmente excepcional incluso pensando en su tamaño relativamente pequeño.

¿Cuáles son los retos más grandes de Colombia en temas ambientales en este momento?

Lo primero, reconocerlo. Reconocer la condición excepcional de la biodiversidad. Para los creyentes debería ser una especie de mensaje divino. Por algo están las cosas ahí. Para los no creyentes representa una situación única que deberíamos entender y aprovechar, como cualquier persona utiliza sus atributos, y no lo hemos hecho. Históricamente hablando, Colombia ha estado en medio de muchos procesos de colonización, de conflicto, y ha sido difícil concentrarnos en el diseño de un modo de vida ajustado a la biodiversidad. Decimos que los pueblos indígenas son más amigables con la naturaleza, y eso tiene que ver con que los descendientes de los pueblos amerindios llevaban miles de años en contacto con esos ecosistemas y han desarrollado unos mecanismos de supervivencia y de desarrollo cultural estrictamente conectados con esa lógica. Cuando llega España y comienza la ocupación colonial eso se destruye por completo. Llevamos 500 años tratando de volver a entender en qué país vivimos, pero nos queda muy difícil porque seguimos pensándolo con los códigos de afuera, con los códigos coloniales, con los códigos occidentales. El proceso de reconocimiento de la diversidad en el presente es un reto por sí solo, porque ya no podemos renunciar a la ciencia, al mestizaje, no podemos echar para atrás en la rueda de la historia. Estamos enfrentados a construir algo nuevo y es un reto y un lujo que no todos los países se pueden dar.

Esa misma condición de biodiversidad también puede ser vista como recurso, como algo monetario, ¿todo eso hace parte de esa adaptación?

Por eso hablamos en términos de bienestar, no en términos de riqueza, sino cómo la diversidad nos ayuda a construir bienestar. El bienestar es un concepto más amplio que el de la acumulación material o el uso de las cosas como recurso. Es una construcción sensible, simbólica, es una conexión vital que eventualmente puede tener un componente de integración con la economía global. No es contradictorio necesariamente, pero siempre necesitamos un paraguas más amplio, un paraguas cultural donde la biodiversidad signifique un referente con el territorio, signifique un motivo de alegría, signifique un espacio de disfrute estético. No necesariamente esas cosas implican monetización, por eso mucha gente puede decir que vive muy bien con lo que tiene en Colombia, muchas comunidades pueden decir: “Somos pescadores, tenemos pescado, vivimos bien”. La contradicción es cuando desde afuera los empobrecemos por definición. En gran medida el mito del desarrollo económico ha generado una gran insatisfacción, a tal punto que perdemos de vista lo que tenemos y siempre estamos mirando los espejitos de oro. Lo que pasa es que ya entramos en una lógica de mercados globalizados y no es posible echar para atrás. Necesitamos resignificar nuestros consumos, nuestras relaciones con los demás y con la naturaleza y pensar qué es lo que nos hace felices.

En esa medida, ¿qué retos le pone esa situación geopolítica a Colombia?

La biodiversidad también es un recurso, eso innegable, y ha sido pésimamente manejado. Nos preocupa tanto la incapacidad de tener un modelo cultural propio basado en nuestra biodiversidad, como la incapacidad de usar la biodiversidad de una manera sensata, innovadora y emprendedora. Aquí es “véndalo, y vaya y emborráchese”, la lógica extractivista. El mundo mira con ojos muy curiosos a Colombia porque ellos sí reconocen esa riqueza potencial, pero no ven que lo pongamos en práctica. Al ser un país de selvas y bosques no hemos sido capaces. Realmente a mí me produce entre curiosidad y vergüenza. ¿Qué es lo que hace que los colombianos seamos tan malos emprendedores y seamos tan chambones haciendo negocios, vendiendo cosas a lo bestia? En Colombia las cosas en general se hacen así. Por ejemplo, un bosque de maderas valiosas, de 200 años, que en cualquier parte del mundo un cubito de esa madera no vale solo dinero, sino que la gente lo aprecia. Pero no, aquí le echan sierra a lo bestia, lo venden en un mercado ilegal en el cual nadie gana nada, dejan el hueco. La gente se queja de la minería, pero lo forestal es igual y la agricultura es igual. Todo el mundo es “siembre ese arroz pa’ ver si nos volvemos ricos” y eso es muy complicado.

Has hablado de los peligros de la ‘mala minería’. ¿Hay una buena minería?

Claro que sí, se puede hacer buena minería y cada vez se puede hacer mejor minería. No es que ya exista un modelo perfecto. La minería tiene impactos ambientales. La buena minería es la que sabe manejarlos, minimizarlos, prevenirlos y compensarlos adecuadamente dentro del marco de la ley. Eso es lo que significa un impacto. Entonces cuando la gente dice que El Cerrejón es un desastre, pues no. Está haciendo lo que negoció con el Estado de la mejor manera ¿Podría hacerlo mejor? Sí, pero a mí me parece que está bien hecha porque está dentro de la normatividad, porque innova cada vez más en su forma de hacer las cosas. El problema está cuando tratamos de juzgar la actividad minera y la confundimos con la política minera. Uno puede hacer buena o mala minería en río o en una región, en un periodo de tiempo, pero la política minera puede ser mala o buena. Una empresa puede hacer mala o buena minería en el contexto de una mala política, o puede hacer mala minería en el contexto de una buena política. Yo sí creo que el problema colombiano en general, en todos los sectores, es de una muy mala política ambiental sectorial. Eso no existe. El Ministerio de Agricultura no tiene política ambiental. Aun así, hay sectores que hacen las cosas muy bien, que son cuidadosos. La Federación de Cafeteros lleva años con una política ambiental que funciona bastante bien. El sector arrocero está tratando de construir una, pero no le está funcionando porque es el componente ambiental para un cultivo de ciclo corto y lleno de especuladores. La ganadería en Colombia es un desastre. Eso no quiere decir que no haya ganaderos serios, pero en general es un desastre. Se comió 40 millones de hectáreas, las destruyó y las tiene hechas un chiro y no responde. No sabe, no responde. Generó la guerra en Colombia en ese proceso, entonces uno no puede decir que todas las prácticas son buenas y que todas las políticas son buenas. Hay que hacer ese balance.

“Cada vez la gente es más pobre en

un país que se llena de señales de

riqueza y de crecimiento, pero que

en lo local no tiene efecto”

 

Se ha construido un discurso donde se criminaliza la minería ilegal, por muchas razones, pero ahí quedan atrapados muchos mineros tradicionales que no responden a lógicas de las corporaciones, que tal vez realizan malas prácticas, pero que al criminalizar esa minería “mala”, se llevan las peores consecuencias…

Por supuesto. Hay mucha gente que sufre bajo esa perspectiva de que toda la minería ilegal es criminal o que toda la minería informal es ilegal y es criminal (que son las tres palabras que van juntas). Por ejemplo, los mineros de oro de veta de San Turbán: 500 años sacando oro, tratando de aprender cada vez a hacerlo mejor, no es una gran minería, pero están completamente estigmatizados ante la opinión pública, que son malos, malos, malos. Y son varios centenares de familias que están a punto de morir de hambre cuando bajo ese estigma se les dice que son casi criminales, y nunca violaron la ley. En el Chocó pasa con muchas comunidades que hacen minería tradicional. Es lamentable. Eso tiene que ver justamente con esas fallas de política. Una política que no es capaz de ver esas diferencias y mete a todo el mundo en el mismo costal, es como mínimo sospechosa. Y cuando le dicen a uno que la solución es la minería corporativa y que todos los pequeños se conviertan en obreros de la grande, pues uno dice: si ese es el objetivo, hay razones de resistencia.

Tenemos problemas distributivos importantes. Hay estudios que muestran que algunos tipos de minería no dejan renta mínima y sí el hueco. Por eso la gente se emberraca. Pero para mí, gran parte de los temas de mala política tienen que ver con corrupción, que hace que ninguno de los beneficios de esos sectores se revierta en construcción de bienestar. Entonces cada vez la gente es más pobre en un país que se llena de señales de riqueza y de crecimiento, pero que en lo local no tiene efecto. Esa narrativa de lo local uno la ve en las consultas populares, la ve en ciertos movimientos de protestas, pero también la ve en movimientos muy demagógicos que usan narrativas muy apetitosas para el amarillismo del público y que no tienen ningún fundamento técnico. Al fin y al cabo, Colombia sí ha sacado a más de tres millones de personas de la pobreza absoluta en los últimos años. Si uno mira las cifras de lo que ha significado el petróleo, sí ha traído problemas, pero ha traído periodos estables de inversión en educación, inversión en infraestructura. Cuando hay bonanza todo el mundo estira la mano y pide plata, cuando no, ahí vienen las quejas. Somos muy maniqueos. Los medios ayudan mucho a eso.

¿Hay alternativas al modelo extractivista? ¿Cómo se entiende el extractivismo?

Yo entiendo extractivismo como un mecanismo de aprovechar recursos sin retribuir de manera equivalente en términos de producir bienestar, que es la definición de sostenibilidad. El extractivismo es incompatible con la sostenibilidad, por definición. Pero las actividades extractivas no son incompatibles, son compensables, tienen ciclos de vida cerrados que se pueden planear. Un pozo no es de por vida, me va a durar 30 años, pero se puede planear, cuánto petróleo hay ahí, cuánta plata se va a sacar y ser capaz de usar esa plata para cuando no haya petróleo y tener un recurso renovable. Eso es lo que no ha hecho Colombia. La plata que llega de las actividades extractivas casi que es como el resultado de la lotería: nos la bebemos. Y dependiendo de qué tan sensato sea el Gobierno o no, se utiliza en infraestructura. Entonces sí, las actividades extractivas no significan necesariamente extractivismo.

Hablemos de la diversidad en la naturaleza como un atributo que protege la existencia… ¿Crees que hay una conexión entre tu amor por la biodiversidad y tus opciones de vida en otros aspectos de tu vida?

Yo creo que sí, pero yo misma la descubrí bien tarde, y la he ido redescubriendo y reconfigurando a través del tiempo. Mi pasión por la diversidad biológica surge desde muy temprano en mi vida por el amor a la naturaleza. La niña o el niño que mira a las hormigas, salir al bosque, al río. Para mí eso era una experiencia vital y me llevó a trabajar en ecología y me sigue fascinando. En cambio, la noción de diversidad de género en aspectos culturales no existía cuando yo era niña. Al contrario, para mí todo era gris y plano. Me costó mucho entender incluso la existencia del homosexualismo y de la diversidad sexual; eso fue muy tardío y al mismo tiempo tardé en reconocerme como parte de ese mundo. Así que ahora yo logro conectar muy bien las razones evolutivas y de todo lo viviente con todo lo que la cultura experimenta en términos de diversificación de lo humano y estoy construyendo constantemente algo de manera más consistente para ver si esos vasos comunicantes entre biología y cultura nos sirven para pensarnos hacia el futuro. Eso es fascinante y me da una gran satisfacción en la medida en que encuentro cómo expresarme. No porque naturalice mi existencia, pero sí le da un fundamento a otra escala. El mundo constantemente está generando diversidad y creo que hay que entender eso como un fenómeno vital en todas las dimensiones. En mi caso personal, yo crecí pensándome como niña, sabiendo que no debía hacerlo, con vergüenza de sentirlo. Uno lo sabe muy pronto en la vida.

¿Crees que tu notoriedad pública en temas ambientales está influenciada por ser una mujer transgénero? ¿Disfrutas siendo una figura pública?

Sí. Eso es parte de la integración del discurso, de la defensa de las diversidades, de la construcción de redes solidarias con toda la comunidad LGBTI, pero también contra todas las formas de discriminación. Creo que logré posicionarme en lo profesional como Brigitte, eso me libera de muchas cargas y me permite ser más innovadora, más creativa. Al mismo tiempo eso se refleja en todo mi trabajo. Haber liberado a Brigitte me permitió muchas cosas.

Me gusta mucho el afecto de la gente. Afortunadamente algo que nunca esperé al estudiar biología es que me paren por la calle para decirme: ‘¿Profe, le puedo dar un abrazo?’ Y no a robarme la billetera [risas]. Eso me pasa todo el tiempo. Mis estudiantes me quieren. Viajo y pasa lo mismo. Siempre encuentro gestos amables y eso es muy grato. A mis hijas no les gusta tanto y dicen que me van a sacar con una máscara porque ya están mamadas de que la gente me pare y me pida la foto, pero eso es parte del reconocimiento.

¿Cómo sería Brigitte si hubiera decidido ser una mujer trans desde el inicio de su carrera, si no viniera de un contexto que la llevó a la educación superior?

Eso me lo preguntan a menudo y de golpe no la hubiera guerreado tanto, de golpe no hubiera estudiado tanto. De golpe la Brigitte de ahora sería una señora bien casada, hogareña, con un esposo convencional. Ni idea. Es un escenario radicalmente distinto. Yo lo veo en muchos chicos y chicas trans que hacen su tránsito en la adolescencia o desde la infancia casi sin que nadie se dé cuenta, entonces se insertan en la vida laboral y en la vida adulta con más tranquilidad. Me imagino que tendrán otras frustraciones.

Pero quizá ocupen otros roles, no es un secreto que la comunidad trans en Colombia termina ocupando unos papeles más restringidos. No tenemos muchas Brigittes en Colombia…

Sí, pero muchas no quisieran tener un papel visible y destacado. A muchas y muchos trans no les interesa que su condición sea reconocida. Al contrario, es muy importante vivir en el anonimato de la masculinidad o feminidad que escogieron y lo aprecian mucho. De hecho, yo estoy segura que en todas las instituciones no solo no sabemos quién es gay, sino que ahora no sabemos cuál es el género ni el sexo de muchas de las personas, porque cada quien ha aprendido a construirse muy bien y opera con una identidad pública anatómicamente más heterogénea. La gente se ha librado mucho de esa carga y veremos cada vez más que esa condición va a ser más irrelevante.

Yo lo pensaba más por el lado de tu posición, por tu acceso a la educación, sumado a que hayas hecho un nombre dentro de tu carrera antes de hacer pública a Brigitte…

Pero, por ejemplo, yo no hubiera sido tan buena estudiante de no haber tenido que encerrar a Brigitte entre el clóset. En esa perspectiva en que yo no podía manifestarme como yo quisiera, entonces me dediqué a estudiar con mucha pasión, a descubrir en el conocimiento esos espacios de placer que seguramente hubiera tenido de tener menos restricciones en mi expresión estética y corporal. Entonces en vez de salir a fiestear como Brigitte y tener una adolescencia más loca, estudié como un verraco. Lo disfruté, pero era una compensación por lo otro. Hice mi carrera y me comprometí con los temas ambientales. Tengo un capital que se dio gracias a que guardé a Brigitte en el clóset. Eso a veces es frustrante, a veces es una carga, porque la gente me dice: “Doctora, qué chévere que usted que es una persona tan inteligente”. O peor aún: “Usted que es un doctor tan inteligente…”. Me masculinizan y destacan mis habilidades comunicativas, o lo que sea que la gente llame inteligencia, pero de vez en cuando me gustaría que me valoraran por ser un bizcochazo [risas].

¿Cómo ves la situación de las mujeres transgénero en Colombia? ¿Te involucras en este tema?

Estoy muy atenta. Intervengo ocasionalmente en algunos debates, con algunas personas, pero es un espacio muy comprometedor, en el sentido de que para tener una acción significativa se requiere tiempo y esfuerzo equivalente o mayor al de los temas ambientales, porque estamos hablando de derechos humanos, de violencia, de vulnerabilidad en todo sentido. La comunidad LGBTI, sobre todo las chicas trans, están en condiciones muy complicadas y requieren tratamiento experto. Requieren sociología, antropología, psiquiatría y yo no tengo esas capacidades. Entonces trato de entender el fenómeno trans en Colombia, cómo se está dando, cómo está evolucionando y sobre todo defender los derechos de las personas vulneradas. Por supuesto, siempre me manifiesto cuando hay un acto de agresión o un acto discriminatorio. Pero entre nosotras también hay la misma diversidad que entre cualquier grupo humano. Hay trans ‘locas’
—bueno, todas somos ‘locas’—, pero hay unas que son realmente locas y otras que son brillantes en temas académicos, o muy buenas políticas o amas de casa. Entonces, es difícil crear una categoría trans para homogeneizar.

¿Sientes que al ser una figura pública tienes alguna responsabilidad con la comunidad trans?

Sí. Obviamente lo llevo todo el tiempo, muy en la piel. Trato de ser cuidadosa para que el resto del mundo entienda que ser trans es una condición conflictiva para nosotras como personas, es una cuestión tensionante, pero que eso no implica para nada el derecho del uso de la violencia o de la discriminación. Entonces la cuestión es cómo empoderar la figura de las personas trans y el espacio de derechos para expresar su sexualidad. Sobre todo, quiero proyectar una perspectiva de derechos, una perspectiva de creatividad, en el sentido de que al no permitir que las personas expresen su identidad de género libremente desde su infancia, se generan unos traumas y unos dolores increíbles. Genera, probablemente, parte de esta violencia de género de hoy en día, todos estos temas de acoso sexual, todo este estereotipo de lo masculino como depredador y de lo femenino como vulnerable; en ese sentido sí creo que parte de lo que debo hacer es mostrar que los seres humanos podemos usar el género y nuestra sexualidad de una manera infinitamente creativa y liberadora. Eso es muy PLAYBOY.

¿Juegas con la ambigüedad de ser mujer y hombre a la vez? ¿En qué momentos?

Sí. Por ejemplo, ya no estoy dispuesta a cambiar mi voz. Hay muchos aspectos de mi historia masculina que ya no me parece relevante transformar. Seguramente a los 15 años, si hubiera tenido la oportunidad de hacerlo, los hubiera cambiado. Y me estoy quedando calva [risas]. Es parte de la crisis hormonal y estoy tratando de entender qué significa eso en términos de mi cuerpo. Cómo volver eso un acto de apropiación mío sin que sea una falsificación, que ese es el riesgo del género: caer en muchas de las trampas y los estereotipos de lo que significa ser mujer o ser hombre en los medios, en la familia, en el Estado. Sí hay cosas en las que me imagino que Luis Guillermo sigue muy vivo en mí y hay muchas otras en las que, por supuesto, soy muy distinta, pero es un experimento permanente. Me dio la libertad y agradezco que pueda hacerlo, así mucha gente me lo reclame. Me dicen que sería más fácil entenderme si cambiara del todo y yo digo: ¿Cambiar del todo qué? Y empieza la discusión sobre lo que significa ser hombre o mujer en la sociedad. Me dicen: “¿Estás operada?” “¡Mucho, por supuesto!”, digo yo. Pero no voy a decir de dónde ni de qué. Mi historia clínica no es pública.

¿Cómo es ser una mujer trans en la institucionalidad? ¿Has tenido que dar batallas?

Ninguna. La maravilla es que yo soy yo. Yo soy Brigitte y el espacio de lo trans pasa a un segundo plano porque tengo el lujo de ser yo. La gente me dice: “Eso lo puede hacer usted, porque usted es Brigitte”. Es un espacio de autonomía identitaria que ya no es por ser trans, sino porque confluyen una cantidad de cosas en donde la libertad se expresa de una manera muy amplia. De hecho, una amiga que murió hace poco me dijo: “Yo no creo que usted sea una transexual auténtica, de las de catálogo. Es más una búsqueda de libertad extrema que usted tiene ahí por algo, pero es la manera que tiene de expresar su libertad absoluta”.

Yo siempre he sido muy anarquista. Es más, yo tampoco me identifico como mujer. También me parece un encasillamiento. Esa ha sido la lucha del feminismo por décadas. Que ser mujer no significa ser A, B o C, no es un concepto atrapable. Eso es lo liberador del feminismo. En mi caso no voy a decir que soy mujer, ¿por qué? ¿Porque mi anatomía es más femenina? Eso no me hace mujer. ¿Porque mi manera de pensar es más femenina? Complicadísimo de probar. Y empieza esa larga discusión de lo que significa ser mujer. Y llega Simone de Beauvoir y el feminismo contemporáneo a decir que ser mujer es ser una persona libre que goza su feminidad sin importar lo que eso signifique. En cambio, ser hombre sí es una cosa muy brava. Por lo menos el estereotipo. O bueno, es el mismo calificativo. Por supuesto me liberé de esa carga. No voy a saltar a otra jaula distinta.

“Mis estudiantes me quieren.

Viajo y pasa lo mismo, siempre encuentro gestos amables y eso es muy grato”

 

¿Te consideras feminista?

Sí. Yo trato de ser muy cuidadosa en la forma en la que construyo mis relaciones con las otras personas en términos de respeto a sus expresiones, a su manera de hacer las cosas, a su manera de expresar la sexualidad y creo que es una cualidad que bebemos del feminismo. Ese cuidado por la sensibilidad de los demás. Al mismo tiempo, en el espacio laboral, en los espacios donde tengo la oportunidad de intervenir, trato de asegurarme de que la cuestión de lo femenino y la existencia de mujeres no signifique un espacio de vulnerabilidad. Entonces en el Instituto hay discusiones sobre micromachismo, donde siempre acaba poniéndose en tela de juicio la cordura o la capacidad intelectual de lo femenino, el tema de la maternidad, cosas que son de la vida cotidiana y hay que afrontarlas y abrir un espacio para tratarlas de manera que logremos superar estos conflictos.

Cuando te preguntaba sobre la ambigüedad entre Luis Guillermo y Brigitte, ¿sientes que tu posición está alimentada porque quien la forjó en un principio fue una figura masculina?

¿Qué queda de Luis Guillermo en Brigitte? Yo no me puedo deshacer de mis formas de pensamiento de la adolescencia, de mis comportamientos inadecuados como hombre o como mujer. Ahí hay una hibridación muy profunda de comportamientos, de autocrítica que todavía requiero. Todavía me encuentro cometiendo gestos inadecuados con la sensibilidad de otras personas y eso es una herencia cultural de tiempo pasado; pero también hay formas de pensar que me están ayudando a entender otros circuitos, entrando en otras lógicas. En las discusiones sobre la mente femenina o masculina que hay en neurología eso es muy interesante. Si hay realmente o no hay una diferencia biológica o de algún tipo que haga que los niños vengan cableados de una manera distinta. Yo no creo mucho eso. Creo que casi todo es cultural, que la construcción de género es cultural y los roles son culturales y que el peso de la anatomía es cultural. Por tanto, incluso muchos de nuestros patrones de pensamiento insertados son culturales y podremos reprogramarlos todo el tiempo. Esa es mi fe en la humanidad. Que no estamos atrapados inexorablemente en nuestras limitaciones biológicas y químicas.

¿Crees que pudiste tener privilegios porque en algún punto la gente pensó “al fin y al cabo es Luis Guillermo”?

Pues es difícil de controvertir porque el que está aquí hoy en día es el resultado de esas miles de cosas que han sucedido en 54,3 años, pero sí hay momentos de la vida en que uno identifica ciertas rutinas que provienen del pasado masculino o que fueron positivamente influenciadas por el descubrimiento de la feminidad. Un caso muy particular es el tema de la sexualidad. Qué tanto la resistencia a tener una relación homosexual o heterosexual es cultural o proviene de la biología. Yo nunca me pensé como un hombre gay. Ahora me pienso con Adriana como una mujer gay y nos reímos de lo absurdo a lo que llega la nomenclatura. Pero nunca me enamoré de un hombre en mi juventud y tardé bastante tiempo en pensar en lo atractivo de los hombres y en aceptar que eventualmente a Brigitte le gustaría estar con un hombre. Y pensé: “¿Te estás volviendo gay?”. No tengo ni idea. Eso no significa en lo absoluto que esté insatisfecha en mi vida sexual o que se me volteó la canoa. Es como si las categorías me siguieran persiguiendo. Estamos muy entrenados en ese mecanismo analítico de fragmentar la realidad para apropiarnos de ella y desconfiamos de cualquier re ensamblaje que no siga las reglas del pasado. Por eso la innovación siempre tiene que ser radical, porque si no la gente no la va a identificar como tal y no va a prosperar.

¿Cuáles son tus referentes estéticos?

¡Claro! Todas las mujeres de PLAYBOY de los años 70 [risas]. Indudablemente la feminidad de los setenta que se presentaba en las revistas como Cosmopolitan, con un ánimo feminista. Yo no sabía entonces, o no lo veía, como una domesticación al mismo tiempo. Esa esa ambigüedad que también rodea a PLAYBOY en la historia, de si libera o encasilla. Pero esos fueron mis referentes inmediatos. También las chicas de la calle, de la Caracas, estamos hablando del año 75, yo tendría 13 años entonces. Me fascinaba, yo decía: “Yo quiero ser como ellas cuando sea grande”, pero era por la exuberancia y la capacidad de salir a las 12 de la noche semiempeloto en Bogotá a caminar. Y uno no lo asociaba con la prostitución necesariamente, sino con una actitud totalmente desenfadada y desafiante. Esos son mis modelos estéticos. Yo creo que yo tengo esa tara [risas].

Tengo niveles de encaprichamientos aleatorios, pero no sigo a nadie. Además, con las toneladas de información que circula por las redes descubro cosas. Ahora me encanta la moda gótica [risas]. Lo que pasa es que Brigitte cumplió 18 años hace muy poquito. Cuando yo dije: “Soy Brigitte” y empecé a caminar, pasó lo mismo que en una niña chiquita. Al segundo año empecé a poder caminar bien con mis tacones, a poder salir a la calle cogida de la mano de alguien como para que no me cascaran. A los cinco o siete años podía escoger mi ropa con un poco más de criterio. Por ejemplo, la primera vez que salí con falda fue como cinco años después de estar viviendo con Adriana, porque ella me decía: “La verdad se te ve fatal”. Y a los años dije: pues no importa que se me vea fatal. Y a los 15 años, fue coger pa’ la calle. Ahora estoy un poco más reposadita. Ya me llaman “Doña” [risas].

¿Tiene rutinas de belleza? ¿Cómo exploras esa parte de la feminidad?

Me consiento mucho con la ropa. Es un gesto muy especial con el que se manifiesta uno. ¿Qué se cubre y qué no se cubre? Me gusta maquillarme, pero eso requiere tiempo. Y me gusta ser colorida y exótica. De resto muy poco. Soy de salón de belleza de barrio. No tengo un gran modisto detrás. Soy bastante espartana con eso. Puede ser defecto del colegio Refous [risas]. Allá nos trataban mal por igual a hombres y mujeres. Hay una marca ahí [risas].

¿A los cuántos años del nacimiento de Brigitte te pusiste las tetas? ¿Cómo fue despertarse y tenerlas?

A los cuatro o cinco años. Fue la felicidad. Fue reencontrarme con el cuerpo soñado. Dicen los wayuu que uno solamente puede hacer las cosas con las que ha soñado. Y yo soñé eso hace muchos años. Me acuerdo perfectamente de un sueño mirándome al espejo y veía mi cuerpo totalmente femenino. Y me acuerdo que ese sueño me duró meses y lo atesoraba, la imagen seguía viva. Era un sueño en blanco y negro. Era una foto preciosa. Cuando logré que eso pasara fue tremendamente emocionante. Yo duré mucho llorando y brincando de la felicidad. Era algo muy mío que no tenía. Me acostumbré a ellas como si así hubiese sido yo desde siempre.

En alguna oportunidad contestabas en una entrevista sobre la transfeminidad y decías que “la transfeminidad no es para reafirmar roles de género clásicos y tradicionales, sino para afirmar derechos al placer y al goce de los sentidos”. Considerando esto, ¿por qué adoptar la estética ‘exuberante’ que muchas veces responde a la mirada masculina sobre el cuerpo femenino?

En parte puede que tenga una razón histórica de reafirmación desde mi identidad masculina. Es inevitable que la construcción de mi identidad tenga una raíz masculina. Eso me costó aceptarlo fácilmente, pero tampoco, porque yo no soy un objeto de consumo de mí misma. Gozo siendo yo, pero no creo que esté obsesionada. Sí hay un efecto como el de las trans callejeras de desafío, de afirmación de la libertad. Muchas mujeres, absolutamente femeninas, no consideran eso un espacio de lucha por lo fácil que puede ser estereotipado o por el mensaje aparentemente contradictorio, pero yo creo que no lo es. Yo creo que eso es una afirmación de que uno puede ser mujer de muchas formas y que además eso no le da derecho a nadie considerarme un objeto de consumo.

Yo creo que eso es un gesto que le falta a hacer a muchas mujeres: liberarse de su natural sujeción al estereotipo, como las modelos. Algo que me molesta mucho de los eventos a los que voy, es que las promotoras son unas chicas absolutamente hermosas, cuidadas, en el sentido de modelo de consumo, pero el hecho de que estén ahí quiere decir que están participando de un círculo de consumo sexista. Ahora, si lo hacen de manera autónoma, pues hágale como quiera, pero creo que es muy importante mostrar que el erotismo y la sexualidad se pueden construir infinitamente.

¿Te has sentido discriminada en algún momento? ¿Ha cambiado con el paso del tiempo?

Muy poco. Realmente al contrario, he sido muy afortunada de que mi forma de manifestarme me ha abierto espacios, genera conversaciones. Muy pocas veces, en algunas calles en algunas ciudades me he sentido amenazada. Curiosamente en Europa. En Bogotá camino por la calle y la gente me echa piropos, pero los mismos piropos genéricos. En cambio, en Europa sí han sido muy agresivos. Por ejemplo, en París, hace poco estando con una amiga, fuimos a la estación de tren y empezamos a entrar a una calle cerca a la estación y me dijo: “Tú no puedes pasar por acá, mira la gente que hay y en cualquier momento alguno sale a golpearte, aquí realmente hay mucha homofobia y mejor no”. Y el poquito que caminamos lo sentimos porque era un barrio muy radical y en cualquier momento podía ser un objetivo legítimo de violencia.

Tal vez te protege el hecho de ser quien eres, porque la violencia hacia las mujeres trans existe.

Ah, sí. Muchísimo, claro.

“Creo que casi todo es cultural,

que la construcción de género es cultural

y los roles son culturales y que el peso

de la anatomía es cultural”

 

¿La decisión en pareja de formar una familia ‘atípica’ te ha obligado a un ejercicio constante de reflexión o ya va en piloto automático con tus hijas?

Se hace en piloto automático, sobre todo porque nos enamoramos mucho y nos ha ido muy bien y ese es el piloto automático. Todo se va resolviendo en ese contexto.

¿De qué te sientes orgullosa en tu vida?

De muchas cosas, sobre todo de mi relación con Adriana y con mis hijas, de mi relación con mis papás, de haber logrado tener un ámbito doméstico absolutamente gratificante. Me parece increíble viendo lo que sucede en el mundo. Esa es una conquista de Brigitte, la posibilidad de establecer una relación con esa autocrítica hacia la masculinidad destructiva. Con Adriana las cosas son muy especiales, la posibilidad de ser muy yo misma nos abre espacios gigantescos. Y con mis hijas es tan automático ya que no es relevante. Habrá que entrevistarlas en unos años a ver qué dicen.

En mi casa yo soy papá en parte porque las familias tienen papá y mamá, un poco convencional, porque pensar de otra manera a veces es tan desgastante y hay que cambiar todos “los todos y todas”, entonces hay más bien un espíritu de libertad y autonomía que se construye todo el tiempo y ahí todos vamos creciendo y encontrando nuestro camino y espero que para mis hijas haya sido un espacio tranquilizador. Me parece que sí porque se gozan la vida.

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