Entre los ateos

Un exministro bautista asiste a la convención de los Ateos de América y da testimonio del movimiento no creyente que resurge de las cenizas de 2016.

Imagen por Edel Rodríguez

Este artículo sale en la edición impresa de PLAYBOY COLOMBIA de agosto-septiembre de 2018

Luego de aterrizar en el aeropuerto Will Rogers de Oklahoma City pedí un servicio de transporte; a los pocos minutos me recogió una joven llamada Sandra para llevarme al hotel. En su radio sonaba música cristiana contemporánea a bajo volumen, había una cruz colgada en su retrovisor y una Biblia se asomaba del compartimiento de la puerta al lado de mis pies. Reconocí a Sandra, aunque no personalmente. Yo era como ella hace varios años.  En ese entonces estaba en una misión para salvar a un mundo condenado al infierno, por los medios que fuera necesario. Llamábamos a eso, “sembrar semillas”.

Lo que ella no sabe, y lo que no me tomé la molestia de decirle, es que yo fui ordenado ministro en la Convención Bautista del Sur. Sandra me habría admirado en ese entonces, cuando cenaba con el juez Roy Moore y montaba en el bus de Herman Cain. Ahora probablemente no sería muy fan. Hace cerca de seis años, luego de un creciente odio hacia mí mismo y de una culpa alimentada a la fuerza, me convertí en ateo. Hoy, el pasajero de Sandra está en la ciudad para asistir a la Convención Nacional de Ateos de América de 2018.

Me crie con la creencia de que Madalyn Murray O’Hair, fundadora de los Ateos de América, y personaje del reciente docudrama de Netflix The Most Hated Woman in America, era una maniática sexual y drogadicta que adoraba al diablo. Por eso no sé realmente qué esperar de esta convención, excepto que tal vez se adore al diablo mientras se consumen drogas y se tiene sexo desenfrenado. Hace algunos años, yo habría protestado en la calle contra un evento de este tipo, pero ahora soy un asistente registrado. ¡Qué momento para estar vivo!

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Estoy aquí, en parte, para ver cómo el movimiento ateo, la vanguardia de cerca del 27 % de los estadounidenses que se identifican como no religiosos, ha cambiado desde la elección de Donald Trump. ¿Será que el apoyo abrumador al presidente por parte de los votantes cristianos evangélicos está amenazando los derechos de los no creyentes y la libertad religiosa? Los evangélicos blancos, según el Centro de Investigación Pew,  le dieron a Trump el 81 % de sus votos, por lo menos un tres por ciento más de lo que dieron a cualquiera de los tres candidatos presidenciales republicanos anteriores.

Con su historial de lenguaje rudo, bravuconería sexual y aparente entusiasmo por la mayoría de los pecados capitales, Trump no se ve de inmediato como un cristiano devoto. Dijo que la Biblia era su libro favorito en una entrevista de 2015 y luego se negó a identificar un solo versículo. Barack Obama era un cristiano declarado mucho antes de llegar a la Casa Blanca, y sin embargo, los evangélicos en general lo despreciaban. George W. Bush, un hombre fervoroso que comparte la visión evangélica de una Segunda Venida, obtuvo casi la misma base que Trump. Si se hace caso omiso a la posibilidad de que este apoyo tenga algo que ver con el sexismo, el racismo, la homofobia y la xenofobia, se necesitaría una buena dosis de gimnasia mental para darle sentido a la situación actual.

Donald Trump en Great Faith Ministries International en 2016 / AP Photo, Evan Vucci

En una ruidosa sala de banquetes preparada para la cena de los premios de los Ateos de América, me encuentro con Alison Gill, directora legal y de políticas del grupo, así como con el abogado Geoffrey Blackwell, para entender mejor lo que han visto en los últimos dos años. Gill me dice que, por el lado positivo, “ha habido un verdadero interés en el proceso electoral y en el Gobierno”. Muchos activistas, defensores y filántropos quieren estar más involucrados que antes; ella cita una “nueva ola de personas” interesadas en  hacer campaña electoral.

Gill también admite que, “A nivel federal hemos visto una ola de cambios negativos que realmente impiden la separación del Gobierno y la religión, un ataque mucho más grande del que sospechábamos. Blackwell dice que uno de los problemas más consecuentes que está viendo es “el nombramiento de jueces muy cuestionables en la Judicatura Federal”. La administración Obama se esforzó por llenar estas vacantes, pero la administración actual está trabajando más eficientemente para llenarlas de “conservadores religiosos de extrema derecha que están poniendo en riesgo varios precedentes en los que se basa nuestra comprensión actual de libertad religiosa”.

Blackwell añade que Trump podría terminar decidiendo hasta el 30 % de esos cargos importantes. Gill señala que hasta ahora esas confirmaciones incluyen a Neil Gorsuch de la Corte Suprema de Justicia y a la juez del Séptimo Circuito, Amy Coney Barrett. Gorsuch redactó la opinión ultraconservadora Burwell v. Hobby Lobby Stores, Inc., y Barrett, según Gill, “era una académica que buscaba involucrar el papel de la religión en la interpretación de ciertas reglas legales y cuerpos de la ley”.

Por eso sorprende que Gill y Blackwell mencionen que los Ateos Americanos están de acuerdo en algo con algunas organizaciones religiosas. Resulta que la Enmienda Johnson —la cláusula del código tributario de 1954 que prohíbe a todas las organizaciones sin ánimo de lucro 501 respaldar u oponerse a candidatos políticos— tiene detractores en ambos lados.

Más de 100 organizaciones religiosas de todo el país firmaron una carta dirigida a Trump en agosto pasado, pidiéndole que protegiera la Enmienda Johnson. “Muchas iglesias de todo el país no quieren que la política sea llevada al santuario”, dice Blackwell. Con la reducción de sus feligreses, algunos líderes religiosos aparentemente se preocupan por las promesas de Trump de revocar la enmienda: “¿Por qué poner a las iglesias en una posición en la que se sientan obligadas a asumir una posición política si no lo estaban haciendo?”, dice Blackwell. Comenta, además, que en varios temas individuales, incluyendo la forma en que el IRS [agencia tributaria de los Estados Unidos] trata a las organizaciones sin ánimo de lucro, las iglesias y los ateos se unen, “incluso si no estamos de acuerdo en el punto de si existe o no un dios”.

Neda Bolourchi, investigadora asociada del Centro Interdisciplinario de Teoría Innovadora y Empírica de la Universidad de Columbia, comparte los sentimientos de Blackwell sobre la búsqueda de un terreno común. Por correo electrónico me dice que “ha habido una confluencia de apoyo a la Enmienda Johnson... Todos ellos se han unido porque no creen que la religión deba estar involucrada en esta ley, que ha existido por más de 50 años y ha sido apoyada por ambas partes y todas las ramas del gobierno”.

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La cifra aproximada de no Teístas los convierte en el grupo votante más grande de EE.UU.

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Bolourchi cree que los únicos grupos que se opondrían a esta ley son los que ven a las organizaciones 501 como vehículos fáciles para introducir “dinero oscuro”, casi imposible de rastrear en la política. Con la decisión de Ciudadanos Unidos de 2010 y las compuertas financieras que abrió para las contribuciones a campañas, uno puede ver un problema aquí: millones de iglesias en Estados Unidos podrían convertirse en comités de acción política individuales financiados por donantes prácticamente anónimos.

Eso no solo es un problema para unas elecciones justas; también podría generar un control sobre los entes religiosos locales. Aunque gran parte de la convención se centró en la lucha contra lo que sus organizadores ven como amenazas actuales a la separación entre la iglesia y el estado, también se dedicó una cantidad casi igual de tiempo a examinar los pasos que los ateos deben dar para reclamar un lugar igual en la sociedad estadounidense.

Al día siguiente me reúno con David Silverman, presidente de los Ateos de América, en el camerino de los oradores. Menos de dos semanas después del cierre de la convención, Silverman fue despedido luego de una investigación por malas conductas económicas y sexuales. “Niego categóricamente cualquier delito legal o ético”, escribió Silverman en un comunicado (que luego borró) en su página de Facebook.

Pero aquí en la convención, Silverman se centra en un tema diferente. “Creo que lo que hemos visto en los últimos dos años es una terrible crisis en la mayoría del movimiento de Ateos de América”, dice. El presidente Obama tenía una política de puertas abiertas con líderes religiosos y no religiosos por igual, incluso mencionó favorablemente a estos últimos en su segundo discurso inaugural: “Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes y no creyentes”. Hasta la fecha, Trump se ha negado a reunirse con la comunidad no religiosa.

“Pasamos de un punto muy alto a uno muy bajo”, dice Silverman. “No estábamos listos para esa derrota”. Pero esto es una convención, no un velorio, y Silverman insiste en algo que se repetirá muchas veces durante el fin de semana, algo que, irónicamente, me recuerda a los grupos religiosos que enfrentaron el escepticismo, en el mejor de los casos, y el fanatismo en el peor momento, antes de entrar en el mainstream estadounidense: “Creo que hemos tocado fondo”, dice. “Esta convención se centrará en elevar el resto del movimiento. Si salimos y dejamos de escondernos detrás de eufemismos como agnósticos o humanistas, si realmente nos llamamos ateos, podremos asumir nuestro lugar en la sociedad casi de inmediato”.

Con más de 850 asistentes y una celebridad como orador principal —la estrella de Dr. House, Hugh Laurie — los Ateos de América parecen estar llevando su mensaje a una dirección más popular. Mientras estoy en la parte de atrás del salón, no puedo evitar notar la atención de la multitud. El recinto está lleno pero silencioso. No recuerdo haber visto una reunión con tanta asistencia durante todo este tiempo, incluso en mis días como ministro. Los aplausos parecen genuinos y hay ovaciones ocasionales; nada de eso se ve forzado. Desde el comienzo de la convención ha habido electricidad en el aire. En cada rincón del hotel, veo a los asistentes sosteniendo conversaciones profundas acerca de todo, desde política hasta sexualidad.

La presidenta de los Black Nonbelievers, Mandisa Thomas; el orador principal, Hugh Laurie; el comediante Víctor Harris Jr / Josiah Mannion, cortesía American Atheists

Por mi parte, comienzo a compartir información personal que muchos en mi propia familia no saben, y no me siento juzgado. Creo que nunca he estado tan a gusto con ningún otro grupo de personas en mi vida. Varios oradores elogian el tamaño del bloque de voto ateo del país: el número estimado de no teístas, incluso en el modesto final, los convierte en el grupo de votación más grande del país. Una encuesta de 2016 Pew arrojó que el 20 % de los votantes eran evangélicos blancos, mientras que el 21 % no tenía ninguna religión (un enorme aumento del siete por ciento desde 2008). Si se le suma un reciente estudio de la Universidad de Kentucky, que muestra que hasta un 26 % de la población puede ser atea, uno comienza a ver la influencia potencial de una comunidad no religiosa organizada.

Como Silverman sugirió en nuestra conversación, el problema de este grupo no es el tamaño, sino la visibilidad. Para aprovechar nuestro considerable potencial, los ateos debemos ser más sinceros con nuestras creencias, o con la falta de ellas. Tal vez eso ya esté en marcha. Los ateos están teniendo algo de éxito en lugares que antes se consideraban impensables: en Tennessee, Gayle Jordan, la directora ejecutiva de Recovering From Religion, una organización que ayuda a la gente a enfrentarse a las repercusiones de dejar su fe, se postuló para el Senado por su estado y obtuvo alrededor del 30 % de los votos en un distrito republicano y bastante religioso.

Durante la convención, Jordan me dice que sus partidarios demócratas “eran en su mayoría personas religiosas, y yo me presentaba como abiertamente atea”. Sorprendentemente, también fue capaz de reunir el apoyo de muchos miembros del Tea Party estatal. Frente a la elección entre “un cristiano republicano sin ética o un ateo demócrata con ética”, Jordan me dice que el apoyo de los votantes de su distrito fue notable. Notable, teniendo en cuenta los resultados de las elecciones presidenciales de 2018. Pero cuando se tienen en cuenta las casi tres décadas de ataques al personaje de Hillary Clinton por parte de la derecha, se hace más claro por qué los votantes evangélicos fueron capaces de justificar sus votos por  Trump.

El momento cumbre del fin de semana es cuando me presento ante Mandisa Thomas, presidente y fundadora de Black Nonbelievers, una organización dedicada al apoyo y la visibilidad de los ateos negros. Thomas, que se crio como no religiosa, me dice que los no creyentes negros muchas veces piensan que son los únicos en aquellas áreas tradicionalmente religiosas: “Decir que eres ateo en la comunidad negra es casi como si estuvieras negando tu raza”. La realidad, dice, es que con los niveles de violencia, pobreza y enfermedades que afligen a tantas comunidades negras, los pensamientos y las oraciones no van a mejorar la situación. “Uno tiene que decir ‘es suficiente’”, me comenta. “¿En qué punto rezar o ir a la iglesia va a resolver eso? ¿En qué punto vas a empezar a pensar por ti mismo y poner en marcha más medidas basadas en la evidencia?”.

Eso, en resumidas cuentas, es lo que me llevo de esta convención: Si quieres que las cosas cambien, tienes que cambiarlas. Por supuesto, muchas organizaciones religiosas hacen grandes cosas por la sociedad, pero esas cosas a menudo vienen con ataduras. Los no creyentes tienen el poder de hacer el bien sin la promesa o la amenaza de un ser omnipotente.

Me gustaría decir que los ateos han acaparado al mercado con carácter, pero la desordenada salida de Silverman de la organización, pocos días después de la convención, sirve como un recordatorio: ningún grupo está libre de la fragilidad o los errores humanos. De todos modos, el trabajo continúa. Al final de la convención
— Domingo de Pascua— organizadores y voluntarios compran, empacan y donan 30 mil comidas para familias necesitadas de la zona. Cientos de ateos, incluyendo a Dr. House, trabajan hombro a hombro en el salón de convenciones de un hotel. Voy camino al aeropuerto, más animado de lo que me he sentido en años—, no solo por los ateos, sino por la humanidad en general.

Una ideología no controla la narrativa de los actos de bondad; es responsabilidad de todos nosotros. Después de ese fin de semana en Oklahoma City, me siento fortalecido para repetir el sentimiento de Hugh Laurie, quien le dijo a un salón de convenciones repleto, “Me paro ante ustedes orgulloso de ser ateo”. Si vuelvo a ver a Sandra, le diré eso.

David Silverman, presidente de los Ateos de América hasta que un escándalo legal y ético ocasionó su salida / Josiah Mannio, cortesía American Atheists

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