El regreso de Colin Kaepernick

Imagen por Stephen Lovekin/Variety/Shutterstock

El ex mariscal de campo de los 49ers de San Francisco, Colin Kaepernick, es la figura deportiva políticamente más polarizada de Estados Unidos desde que Muhammad Ali rechazó la inducción en el ejército hace medio siglo, así que Nike debe haber sabido lo que pasaría cuando se anunció el lunes que Kaepernick será uno de los rostros de la edición del trigésimo aniversario para la campaña publicitaria "Just Do It". En el adelanto el deportista mira directamente a la cámara de forma taciturna. El eslogan que lo acompaña es: “Cree en algo. Incluso si eso significa sacrificarlo todo”.

Kaepernick no ha jugado fútbol desde que optó por ser un agente libre (un deportista profesional que tiene libertad de negociar una próxima contratación sin condiciones previas y con cualquier equipo que decida elegir) después del triste récord 2-14 de los 49ers en la temporada 2016. Pero nadie recuerda estas estadísticas, porque esa misma temporada el jugador decidió arrodillarse durante el Himno Nacional para protestar contra la brutalidad policial y otras formas de desigualdad que sufren los afroamericanos. Al principio, Kaepernick había optado por mantenerse sentado, pero luego decidió tomar el consejo del ex Seattle Seahawk (y ex Boina Verde), Nate Boyer, de que arrodillarse era menos irrespetuoso. En cualquier caso, no le dio mucha importancia al tema, no se pronunció al respecto ni le dio previo aviso a la prensa. Solo esperó a que la gente se diera cuenta de lo que estaba haciendo, y la gente se dio cuenta.

Otros jugadores de la liga comenzaron a imitarlo. Pero fue en la temporada 2017, cuando realmente se convirtió en algo serio, los entrenadores e incluso los dueños de los equipos se unieron a los jugadores, mientras que el propio Kaepernick, que no había sido contratado por ningún equipo de la NFL, a pesar de estar todavía en su mejor momento profesional, brillaba por su ausencia. No hace falta decir que la gran diferencia, radicaba en que, para ese entonces, Donald Trump ya era el presidente de los Estados Unidos. Y no existe un problema que Trump no pueda convertir en una auténtica catástrofe.

En caso de que lo hayas olvidado, Trump envió a Mike Pence a un juego de los Colts-49ers en Indianápolis, solo para que pudiera desfilar, ostentosamente, cuando los jugadores se arrodillaran durante el himno. (El costo para los contribuyentes fue de casi de $250,000 USD; y al equipo de prensa de Pence le dijeron que no se molestara en acompañar al vicepresidente al estadio, porque de todas formas se irían pronto). Trump twitteó docenas de veces sobre lo que consideró un insulto al himno, sobre Old Glory y de la ridícula tolerancia de la liga frente a la situación. Preguntó en un motín en Alabama, "¿No les encantaría que uno de los propietarios de los equipos actuara cuando alguien no respeta nuestra bandera, y dijera: ‘saquen a ese hijo de perra del campo ahora mismo. ¡Fuera! Estás despedido. ¡Estás despedido!’?”

Al ignorar las injusticias contra los afroamericanos que motivaron estas protestas (algo que tiene sentido que haga porque está a favor de esas injusticias), Trump redefinió la postura de los jugadores como una falta de patriotismo. Y eso fue lo que pensaron millones de estadounidenses (en su mayoría blancos), muchos de los cuales consideran que el himno nacional es algo genuinamente sagrado, sin preguntarse siquiera, por qué los eventos deportivos son espacios adecuados para demostrar nuestra lealtad colectiva al país favorito de Dios, su ejército y el rojo, blanco y azul, para empezar. No importó cuán pacientemente el safety de los Eagles, Malcolm Jenkins, entre otros, tratara de centrar nuestra atención en las estadísticas al respecto de las desigualdades raciales en los homicidios policiales y el encarcelamiento masivo. En lo que respectaba a Trumplandia, se trataba simplemente de otro atleta caprichoso y sobrevalorado, que debería estar agradecido por su buena suerte, y no ponerse altanero.

Kaepernick no ha recibido ningún pago antes de eso. Pero tampoco se ha declarado como activista de tiempo completo, probablemente porque eso significaría decir adiós a lo que realmente quiere hacer: jugar fútbol americano. Su silencio ha resultado ser más elocuente que cualquier palabra. Incluso cuando GQ lo puso en su portada como "Ciudadano del Año" en 2017, la revista tuvo que conformarse con una sesión de fotos sin una entrevista que lo acompañara. Solo ha sido motivo de noticias gracias a la queja que presentó contra la NFL que acusa a sus dueños de confabularse para condenarlo, pero no es que haya estado persiguiendo a los medios para contar su versión de la historia.

Sus dos años de completo silencio ayudaron mucho a que el anuncio de Nike fuera aún más impactante. Proyectar un descarado desprecio por las consecuencias siempre ha sido vital para el argumento de venta de la marca, pero esto va más allá de lo descarado. Es el equivalente corporativo de darle un puño en la cara  a Trumplandia y, al menos en el corto plazo, Nike ya ha pagado por ello. El hashtag #BoycottNike se viralizó al instante, junto con videos de personas quemando sus tenis de la marca o eliminando el vil logotipo de Nike de sus medias. Consecuentemente, las acciones de la compañía en el mercado también cayeron, aunque no será una sorpresa si vuelven a subir.

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Nike ha subido las apuestas al poner la cara de Kaepernick, junto con su dinero, donde está su boca.

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Nike tuvo que haber anticipado la reacción negativa, e incluso puede haberla recibido con cierto agrado. Todo el mundo sabe lo que Colin Kaepernick representa hoy, y que Nike está dibujando una línea clara al respaldarlo, aunque, técnicamente, él es quien los respalda. Se trata de un movimiento arriesgado, y también del siguiente paso lógico en la emergencia de las marcas estadounidenses del lado progresista de las luchas culturales, algo que antes habría podido parecer altamente improbable.

Si a Chick-fil-A no le importa que los consideren homofóbicos porque sus clientes se sienten de la misma manera, muchas más compañías con marcas nacionales rechazan la legislación antigay porque decidieron que es mejor para su imagen y sus ganancias, a largo plazo. Lo mismo ocurre con ser antirracista, razón por la cual ABC no perdió el tiempo y canceló el revival de Roseanne la primavera pasada. Nike ha subido las apuestas al poner la cara de Kaepernick, junto con su dinero, donde está su boca. Pero, ¿lo hubieran hecho si los índices de popularidad de Trump no fueran tan bajos?

Alienar a una minoría de sus clientes puede parecer una apuesta inteligente si la recompensa es emocionar a la mayoría de ellos, y no olvidemos que Nike tiene un público joven y diverso. También es internacional, prácticamente garantizando que el entusiasmo en el exterior compensará con creces cualquier caída en las ganancias en Estados Unidos. En cuanto a Kaepernick, lo que obtiene no es reivindicación, a nivel personal es obvio que no necesita nada de eso. La paradoja es que el respaldo de Nike es un gran recordatorio para todos nosotros de que Colin Kaepernick es un atleta antes que cualquier otra cosa.

 

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