El Depredador: el clásico ochentero regresa

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Hace mucho tiempo, en una década muy, muy lejana (los ochenta), se estrenó una película que dejó a su público con la boca abierta: su nombre era Depredador, su protagonista era Arnold Schwarzenegger y su director era John McTiernan. La fusión del cine de terror, acción y ciencia ficción demostró ser supremamente efectiva y la cinta de 1987 acerca de un poderoso extraterrestre que llega a la tierra en plan de cacería, se convertiría en uno de los clásicos del cine de entretenimiento de la década (hasta que McTiernan se superara a sí mismo un año después con Duro de matar).

 

Como es costumbre, el éxito de la cinta llevó a una secuela la cual, pese a que tuvo un toque de originalidad al llevar al extraterrestre a un violento escenario urbano y al contar con protagonistas de otros orígenes étnicos (Danny Glover y Rubén Blades), sufrió por la ausencia de Arnold y de McTiernan, por lo que Depredador 2 terminó siendo ese tipo de películas que comprueba el viejo adagio de que “las segundas partes nunca son tan buenas”.

 

El feroz extraterrestre se rehusó a morir y causó impacto en el mundo de los cómics y las figuras de acción, llegando a protagonizar a comienzos del siglo XXI dos horripilantes crossovers, las cuales es mejor olvidar (Alien Versus Depredador y Alien Versus Depredador: Réquiem). Y luego vino una secuela no oficial llamada Depredadores, la cual no es tan mala, pero que no llegó a superar en calidad a Depredador 2, lo que dejó a la cinta original en un lugar tan aislado como privilegiado.

Ocho años después, regresa a la pantalla grande nuestro malvado extraterrestre en un nuevo intento por revivir la franquicia llamado El depredador, una cinta que bien puede servir como resurrección y como la tercera parte de la saga original. Sin embargo, la pregunta es si esta entrega es tan buena como la cinta original o es otro intento fallido por devolverle a nuestro feroz amigo el estatus de icono cinematográfico. La respuesta es triste. Pero no todo está perdido…por lo menos esta cinta es mejor que los crossovers

El depredador cuenta con el talento de Shane Black, guionista de esa otra saga mítica del cine de acción de los ochenta llamada Arma mortal y autor de dos magníficas cintas neo-noir llenas de testosterona llamadas Kiss Kiss Bang Bang y Dos tipos peligrosos. Pero hay que recordar que Black también fue el guionista y director de Iron Man 3, la entrega más floja de la serie del supehéroe icónico de Marvel.

Arnold sigue sin aparecer y tampoco se asoma Danny Glover, el protagonista de la segunda parte. Ahora los protagonistas son, obviamente el depredador (que ahora parece un mafioso haitiano) y un grupo de soldados renegados encargados de detener su cacería desenfrenada y que nos recuerdan a la serie Los magníficos (como si cada uno de los soldados fuera una variación del loco Murdock). Junto a ellos se une una científica sexy de armas tomar, la cual nos recuerda a la Sarah Connor de Terminator (menos lo de científica), un hombre que quiere capturar a la criatura y utilizarla con fines militares (estereotipo robado de los villanos de Aliens, E.T. y Corto circuito), y un niño que logra hacer contacto con la raza de depredadores y que nos recuerda al niño de E.T. (excepto que aquí los extraterrestres no son amigables y el niño es un autista superdotado que evoca a una cinta oscura de los ochenta llamada D.A.R.Y.L.). ¡Ah! Y no pueden faltar los “perros depredadores” (¿cómo puede pensarse en un homenaje al cine de los ochenta sin mascotas?).

Black nos ofrece una amalgama de referentes ochenteros mucho más delirante e indigesta que la que nos ofreció Steven Spielberg en Ready Player One (otro producto que apela a esa idealización exagerada de la década de los ochenta, característica de nuestra generación), pero con la diferencia que El depredador es un producto poco divertido, ultraviolento, acartonado y estereotipado, que se encuentra lejos de ese placer visceral que significó la película de 1987.

Pero eso no va a afectar la taquilla. El público actual, acostumbrado a dejar su cerebro fuera de las salas de los Multiplex, va a acudir de manera masiva para presenciar este derroche de efectos especiales y diálogos primitivos, que explota a otro personaje que hace parte del imaginario ochentero. Después de unos días, ese mismo público se va a olvidar de lo que vio y con un apetito renovado, va a iniciarse en la cacería de una nueva película que buscar explotar a un nuevo icono reconocido, llámese Aquaman, Mary Poppins o Chucky. Estos son los nuevos cazadores del siglo XXI: los depredadores de la cultura popular.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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