Corazones, mentes y cuernos de rinoceronte

Una semana en la selva con VETPAW, una organización de veteranos que luchan para salvar la fauna africana en peligro mientras curan las heridas de la guerra
Imagen por Níall Beddy/Michael O’Leary de Greengraf Photography

Este artículo sale en la edición impresa de PLAYBOY COLOMBIA de octubre-noviembre de 2018

Acaba de pasar la una de la madrugada y me encuentro en las profundidades de la selva sudafricana con Ryan Tate, de 33 años, nativo de Fort Myers, Florida y exmarine de los Estados Unidos. Seguimos el perímetro de una valla electrificada que rodea una reserva privada de vida silvestre de 260 km2, ubicada en la franja norte de la provincia de Limpopo. Justo en el horizonte se encuentra la frontera entre Sudáfrica, Zimbabwe y Mozambique, un semillero de contrabando apodado Crooks Corner.

En estos años, algunos habitantes de Crooks Corner han estado traficando un nuevo y particular contrabando: cuernos de rinoceronte. Entre 2007 y 2014, la caza furtiva de rinocerontes ha aumentado en un 9.000 % y aproximadamente 7.245 rinocerontes han sido asesinados en la última década. La mayoría de especies de rinocerontes se encuentran en peligro, razón por la cual Tate está aquí al amparo de la noche. En 2013, Tate fundó VETPAW [sigla en inglés para Veteranos empoderados para proteger la fauna africana], una organización de seguridad en contra de la caza furtiva integrada por veteranos militares estadounidenses, quienes usan las habilidades que obtuvieron en la guerra para combatir la caza furtiva en África. Después del lanzamiento en Tanzania, VETPAW ha pasado los últimos tres años vigilando esta reserva privada de vida silvestre, hogar de los “cinco grandes” de África; leones, leopardos, jirafas, búfalos acuáticos y una de las pocas y prosperas manadas de rinocerontes que quedan en la región.

Antes de llegar al continente, lo más cerca que Tate estuvo de la fauna africana fue en el zoológico de su ciudad. Ahora es una de las figuras más controversiales en el mundo de la conservación de la vida silvestre. Algunos alaban a VETPAW por su enfoque innovador al problema de la caza furtiva y por darles a los veteranos la oportunidad de prestar su entrenamiento militar a una causa en tiempo de paz. Otros ven la organización de Tate como un peligroso y erróneo uso de la militarización estadounidense en un rincón del mundo que ya es violento.

Miembros del equipo VETPAW en junio de 2018, con el fundador Ryan Tate en segundo lugar de izquierda a derecha.

Tate está vestido totalmente de camuflaje y lleva una pistola en la cadera. Con una linterna ilumina unas huellas humanas junto al rastro de un impala; recoge un palo y mide una huella, que parece ser de la suela de un empleado. Esta probablemente pertenece a uno de los hombres de las aldeas tribales Venda, que todos los días pasan debajo de la cerca para trabajar en la propiedad. Pero un segundo par de huellas preocupa a Tate, pues son de tenis. Parecen venir de la misma dirección que las de los trabajadores y Tate sabe que en esas aldeas también viven cazadores. Aparentemente, los animales no son los únicos que merodean más allá de la cerca en la oscuridad.

A muchos veteranos les cuesta adaptarse a la vida después de la guerra, pero Ryan Tate no era uno de ellos, al menos no al principio. Sirvió en Ramadi durante los años violentos en 2005 y 2006. Era el líder de las patrullas de barrio y cada vez que derribaba una puerta, pensaba que era “como jugar ruleta rusa”, cuenta. Pero le encantó su tiempo en Irak, pensaba que “era como ser un G.I. Joe”. Cuando se acabó, encontró un trabajo en un área de seguridad para el Departamento de Estado, donde fue el guardaespaldas de altos funcionarios como Hillary Clinton. Por momentos era aburrido, pero Tate estaba orgulloso de hacerlo, pues su entrenamiento militar coincidía con una profesión que servía a su país. Lo único curioso que notó fue que ya no sentía la misma adrenalina al practicar motocross.

Entonces, una tarde de domingo en 2012, Tate estaba en el sillón de su casa en Nueva York, viendo un documental sobre naturaleza, cuando vio fotos de elefantes con muñones ensangrentados donde una vez estuvieron sus colmillos y rinocerontes con sus caras cortadas. Por cinco días no pudo salir de su apartamento y se reportó enfermo al trabajo. Lloró incontrolablemente, no entendía qué estaba pasando.

Tate estaba enojado, quería pelear e ir a África a “patear algunos traseros”. Pero también se sentía impotente, desconcertado. ¿Cómo no sabía que todas esas cosas horribles sucedían en el mundo? ¿Por qué no podía hacer nada al respecto? Pasaron casi seis años antes de darse cuenta de que la rabia y la tristeza que sentía esa semana estaban ligadas a las emociones que había enterrado con su experiencia de la guerra.

Tate tiene hombros anchos, antebrazos gruesos y una mirada intensa. Pero cuando sonríe, sus mejillas barbudas se sonrojan. “Uno ve muchas cosas en la guerra; ve morir amigos y niños. Uno quita vidas y destruye hogares. En la noche caen bombas. La casa del vecino es atacada, hay tiroteos y las mujeres gritan. Estas personas tienen que vivir con eso. Eso me marcó”.

Cuando Tate volvió a trabajar, lo hizo con un nuevo propósito. De alguna manera llegaría a África. Reclutaría a otros veteranos para que se unieran y juntos utilizarían sus habilidades militares para combatir la epidemia de caza. Creía que muchas de las cosas que hicieron en Irak y Afganistán —recopilar información, desmantelar redes terroristas, hacer diplomacia en la zona de guerra, detener el flujo de contrabando—, podrían llevarse al campo.

Tardó un par de meses y aprovechó sus contactos en el Departamento de Estado para generar interés en su nueva aventura. La primera oportunidad de VETPAW llegó en 2013 cuando unos oficiales de Tanzania invitaron a su joven organización a entrenar a sus guardabosques. Tate y otros cinco veteranos llegaron a la nación del oriente de África, donde vivieron en casas oficiales y anduvieron en Land Cruisers y helicópteros del gobierno. La operación se centró principalmente en recopilar información sobre redes de caza furtiva.

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"Solo porque sea de las fuerzas especiales, no lo hace el soldado perfecto para esto".

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“Quería ser una fuerza multiplicadora”, dice. “Quería tomar a estos guardabosques y convertirlos en el equivalente a 20 guardabosques”. El enfoque parecía efectivo. VETPAW logró identificar varias redes de caza furtiva con la ayuda de los guardabosques locales. Tate resume su modus operandi con una historia: después de que los guardabosques detuvieran a un cazador, Tate venía a hablar. El sospechoso era un intermediario, un tipo que le pagaba a los cazadores locales con dinero de grupos más grandes que traficaban los cuernos de rinoceronte. Tate vio una oportunidad; así como había hecho tantas veces en Irak, sentó al señor y le preguntó si tenía esposa o hijos.

“Sí, tengo dos hijas”, respondió. “¿Sabe qué, hombre?”, dijo Tate. “Sé que solo intenta sostener a sus hijas. Sé que tiene que llevarles comida”. El hombre asintió y Tate continuó. “Pero lo que realmente está haciendo al cazar a estos animales, es destruir la herencia y el futuro de su comunidad”, recuerda haber dicho Tate. “Si no tienen a estos animales, su comunidad se derrumbará y los criminales y los terroristas prosperarán en esta región. Lo que está haciendo al sostener a sus hijas de una manera deshonrosa es dañar su futuro. No está sosteniéndolas realmente”. Al día siguiente, Tate dice que el hombre llevó a los soldados y guardabosques a las casas de otros cazadores.

La razón por la que los rinocerontes son asesinados en África es casi tan inconcebible como la disminución de su población. Ya establecido en China, en el sudeste asiático se ha abierto un mercado floreciente de cuerno de rinoceronte. Los médicos de pueblo muelen el cuerno, que es prácticamente idéntico en substancia a la uña humana, y venden el polvo como tratamiento para el cáncer y la disfunción eréctil. Los supuestos efectos y la cantidad de cuerno de rinoceronte que se obtienen en el mercado negro —USD 65 mil por kg; más que el oro o la cocaína— lo han transformado en un símbolo de estatus para la creciente clase media en países como Vietnam. Es un apetito que los sindicatos del crimen del bajo mundo no tienen ningún problema en satisfacer.

Pero el mercado del sudeste asiático solo es una de las amenazas a la vida silvestre en África, la cual ha visto una gran disminución en la población de elefantes, jirafas, leones y otros animales. A medida que la población humana se expande, los hábitats naturales se reducen. A menudo la corrupción perjudica las políticas oficiales de conservación que combaten la caza. Los países emplean diferentes enfoques de conservación con diversos grados de éxito, y algunas ONG luchan por enfocarse en una estrategia en particular. La crisis de la vida silvestre se relaciona con muchas otras crisis en África: la sobrepoblación, la mala administración de recursos, la llegada de forasteros bien intencionados pero improductivos y la desigualdad profundamente arraigada que se remonta al colonialismo.

Este es el mundo al que entraron Tate y sus veteranos cuando comenzaron a trabajar con el gobierno de Tanzania. Tate pronto descubrió que era un entorno complicadísimo. A comienzos de 2015, justo antes de una misión, un antiguo miembro del grupo, Kinessa Johnson, dio una entrevista en un show de la National Shooting Sports Foundation [Fundación nacional de deportes de tiro] en Las Vegas, y dijo que quería “matar a algunos tipos malos y hacer el bien”. Meses después, cuando la entrevista salió, el gobierno de Tanzania le pidió a VETPAW que abandonara el país.

Los esfuerzos de conservación de VETPAW incluyen quitar cuidadosamente los cuernos de algunos rinocerontes antes de que los cazadores lleguen a ellos.

Los comentarios de Johnson tocaron una fibra sensible del gobierno y de las organizaciones, a quienes les preocupaba que la aparición de personal militar extranjero militarizara aún más la crisis de la caza furtiva, que ya había visto un aumento de cazadores fuertemente armados en lugares como el Parque Nacional Kruger. Desde la experiencia en Tanzania, Tate se ha concentrado en perfeccionar su modelo, moderando las fantasías de “patear algunos traseros” que había tenido en el pasado. Encontró la reserva en Sudáfrica yendo de puerta en puerta, buscando propietarios que aceptaran servicios de seguridad gratuitos, a cambio de darle a
VETPAW una base de operaciones. (VETPAW les paga a sus veteranos recaudando dinero, en su mayoría, de donantes estadounidenses). El objetivo: crear grupos en contra de la caza, que logren más que hacer redadas y reunir información. Tate quiere ofrecer servicios de monitoreo, seguridad y capacitación que puedan adoptarse en todo el continente.

Los guardabosques de VETPAW generalmente rotan cada tres meses, y normalmente  hay de cuatro a seis veteranos en el terreno. La rutina de los soldados incluye patrullajes matutinos y vespertinos, y turnos con Níall Bedzer –un expatriado irlandés que maneja el programa de control de rinocerontes de la reserva–, a quien ayudan a vigilar los movimientos de la manada. Después del anochecer, se dirigen a los rincones más remotos de la reserva y, a veces, pasan días enteros acampando en la selva. Están ahí para monitorear a los intrusos, pero también para enviar un mensaje. “Nos gusta ser dueños de la noche”, dice Tate.

El equipo VETPAW vive en una pequeña casa, el equipo de entrenamiento está disperso afuera, y en el interior las paredes están cubiertas con mapas, tableros y señales de advertencia de serpientes venenosas. Hay una hamaca colgada entre las ramas de un gran árbol baobab.

Más allá de la propiedad, la reserva es enorme. Hay dos valles polvorientos y llenos de árboles que casi cubren el horizonte. Grandes manadas de jirafas, dos rebaños de elefantes, e incontables impalas, kudu, ratas almizcleras, ñus y búfalos de agua deambulan por el campo. En el centro hay una cordillera delgada y montañosa, que tiene paredes de ladrillos de arcilla de antiguas ruinas tribales de Venda. Una noche, Bedzer me lleva al lado de una de esas cordilleras, a un refugio rocoso a 30 metros por encima del valle. Estamos de pie, y el excremento de mono nos llega hasta los tobillos; desde allí vemos el contorno de un rinoceronte pintado en la pared de piedra caliza, una prueba de que estos mamíferos han estado aquí durante milenios.

En las lunas llenas, cuando el cielo está lo suficientemente iluminado para caminar sin linterna o antorcha, las patrullas aumentan la frecuencia y la longitud. Pero cuando la luna está en sus primeras fases, la vida nocturna se centra en un braai [afrikáans para asado], en donde los veteranos —con un promedio de edad cercano a los 30 años— se sientan alrededor del fuego a esperar que su carne fresca de gacela se ase. La conversación incluye los avistamientos de una mamba negra y algunas bromas. Durante la semana que paso con el equipo, Ben Powers, exfrancotirador del ejército, se lleva la mayor parte del castigo debido a su constante chateo en Tinder.

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“La verdad es que cuando están aquí afuera, ya no son soldados. Son ecologistas”.

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Al ver la burla, recuerdo que, aunque VETPAW es un equipo anticaza, el grupo de Tate también está en otra misión. La organización les ofrece a estos muchachos una forma de recuperar algo de la camaradería que tuvieron durante la guerra, un aspecto menos conocido de la retirada militar, que puede ser tan desmoralizante como la caída repentina de la adrenalina. De esta manera, VETPAW es parte de un creciente número de organizaciones que ayudan a los veteranos por vías poco habituales; desde Operation Surf, que les enseña a surfear, hasta Force Blue, que los contrata para restaurar arrecifes de coral dañados.

Según un estudio de la corporación RAND, casi el 20 % de los militares veteranos de Irak y Afganistán, sufren de TEPT o depresión, y el 19 % sufre de una lesión cerebral traumática. Y casi el 50 % de los que son diagnosticados no buscan tratamiento. Para los veteranos que no encuentran atención médica o cuya recuperación es larga y lenta -con problemas que no son tan fáciles de diagnosticar- las organizaciones como VETPAW ofrecen una manera de procesar el daño que ha dejado el servicio.

“Es cuestión de empoderamiento para mí. Mostrar que estos muchachos son más que solo máquinas de guerra para el gobierno y los políticos. Las habilidades de los veteranos que estamos aprovechando aquí, son solo una parte de todo”.

Al siguiente día encuentro a Powers en el campo, leyendo Más allá del bien y del mal de Friedrich Nietzsche. Me dice que la vida con VETPAW se parece a las campañas militares por las constantes patrullas, las largas horas en el campo, el uniforme, las armas y la vida comunitaria, pero eso no es todo. Antes de que viniera a Suráfrica trabajaba largas horas en una compañía de acero; se levantaba a las cuatro de la mañana y se iba a dormir alrededor de las nueve o diez de la noche.

“No tenía mucho tiempo para mí. Esa comunidad militar, ese estilo de vida militar es lo que extrañaba”. En Sudáfrica Powers tiene algo que no se puede encontrar yendo solamente a terapia. Tiene tiempo para leer, entrenar y socializar con colegas que saben de primera mano lo que es haber vivido en una zona de guerra. Y a diferencia de muchos otros trabajos, VETPAW ofrece la oportunidad de recuperar algo de la vida militar en una misión, que no es, como dice Powers, “gris”. “Es una misión pura”, dice.

Claro está que ninguna misión es 100 % pura. La expulsión de Tanzania ha dejado una marca que VETPAW todavía no ha superado. Muchas organizaciones de conservación a las que contacté no respondieron o se mostraron renuentes a hablar sobre VETPAW. En privado, un representante me dijo que no quería que su nombre apareciera en el artículo asociado con el grupo. La GRAA [sigla en inglés para la Asociación de guardabosques de África] no me habló sobre VETPAW, en cambio, me envió una declaración de cinco páginas. Sin dar nombres, enumeran una cantidad de quejas sobre exmilitares extranjeros actuando en contra de la caza, señalando falta de coordinación y poca comprensión de los problemas culturales y políticos, además de una inclinación de los medios que los describen como “la respuesta para los problemas de la caza furtiva en África”.

Estamos sentados alrededor de una fogata en el campamento VETPAW cuando le comentó de algunas de esas preocupaciones a Tate. Descansa sus codos sobre sus rodillas, como cada vez que la conversación se torna seria. Dice que VETPAW ha contactado muchas veces a organizaciones anticaza y oficiales gubernamentales. En su mayoría, Tate ha encontrado a los diferentes operadores distantes y territoriales. Cuenta una historia sobre el gerente de una reserva cercana, un afrikáner, que rechazó la oferta de VETPAW de patrullar su reserva de forma gratuita. El afrikáner presumió sobre matar a un cazador en su propiedad, diciendo que tenía la situación bajo control. Unas semanas después, todos sus rinocerontes fueron asesinados, a excepción de uno.

Aun así, Tate no olvida la lección de Tanzania. VETPAW ha cambiado la forma en que selecciona a los guardabosques, y este verano hizo su primer evento de entrenamiento y reclutamiento en Arizona. Por diez días los veteranos interesados en unirse entrenaron e incluyeron juegos de rol diseñados para deshacerse de los radicales.

La tierra arenosa da pistas de los movimientos de los animales que VETPAW busca proteger y de los humanos que los cazan.

“Solo porque sea de las Fuerzas Especiales, no lo hace el soldado perfecto para esto”, dice Tate. “No están en la guerra. Incluso un simple disparo que no hiera a nadie, puede arruinar todo. Y ciertamente, si matas a una persona inocente, todo se acaba”.

Tate también ha aprendido que, para el éxito en este ámbito, es necesario combinar la fuerza con actos de bondad. Cuando VETPAW llegó por primera vez a la reserva, era más común que los campesinos vecinos atravesaran el terreno. Una vez, Tate recibió la llamada de uno de sus exploradores diciendo que un presunto cazador estaba en la propiedad. Subió en un helicóptero con el propietario del coto de caza para rastrear al intruso. Lo siguieron hasta el pueblo y aterrizaron en el jardín del hombre. Era una clara advertencia: había nuevas consecuencias para quien traspasara los linderos. Unas semanas después, cuando el equipo de VETPAW regresó, notaron que la bomba de agua del pozo del pueblo se había dañado. Regresaron y la arreglaron.

La imagen de un ejército implacable no encaja con los miembros del equipo VETPAW que veo en el terreno; la organización se asemeja a un campamento de niños exploradores para adultos. Cuando no están en una misión anticaza, los soldados ayudan a los gerentes de la reserva a administrar la propiedad, a monitorear las especies, administran medicinas a los elefantes con el veterinario y vigilan a los rinocerontes.

“La verdad es que cuando están aquí ya no son soldados”, dice Tate. “Son ecologistas”. Todo es parte de la visión en continuo crecimiento de Tate sobre cómo su organización no solo puede salvar a los rinocerontes sino también a los veteranos. Quiere plantar un jardín cerca del cuartel para que los que sufren de un TEPT severo participen en terapia hortícola. También quiere expandir la huella de VETPAW en África para que más veteranos usen su entrenamiento en una buena causa. Hasta la fecha, el grupo ha sido invitado a poner una segunda base de operaciones en una reserva privada en el Cabo Oriental de África. El equipo incluirá a personas que tienen experiencia en el funcionamiento del programa VETPAW y algunos nuevos miembros. Si todo va bien, la nueva operación demostrará el éxito de la organización al proteger las manadas de rinocerontes, así como la cultura operacional que podrá ser replicada en diferentes contextos.

Tal vez no sorprenda que, mientras otras organizaciones anticaza han dudado de VETPAW, los dueños de las reservas privadas se han dado cuenta de su potencial. El enfoque de VETPAW refleja el estilo directo y claro de Tate. Para él, las complicaciones con las burocracias en el mundo en contra de la caza —desde gobiernos hasta algunas ONG y personalidades protectoras— son escandalosas. VETPAW puede evitar todo enfocándose en una misión simple: proteger a los rinocerontes que están a su cuidado.

“Nos estamos concentrando en trabajar aquí y en hacerlo bien”, dice Tate. “Nunca hemos tenido un accidente de caza en ningún lugar en el que hayamos trabajado. Todos quieren salvar a los rinocerontes. Me importa una mierda quién los salve, el punto es hacerlo”. A fin de cuentas, la única prueba del éxito de una organización en contra de la caza es la salud de la vida silvestre. Y aunque por razones de seguridad VETPAW no puede decir cuántos rinocerontes viven en la reserva, desde que la organización comenzó allí, la manada se ha mantenido saludable y creciendo.

Así como la visión inicial de Tate de VETPAW estaba teñida de testosterona de G.I. Joe, mis expectativas de este viaje se basaron en metáforas de películas de guerra. Pero la mayor parte de la acción que veo en mi semana con VETPAW, se relaciona con la conservación, no la confrontación. Veo cómo los antiguos soldados ayudan a los gerentes de la reserva a detener una cacería; hay un helicóptero sobre la selva para llevar a los kudu lejos de la propiedad, directamente a un conjunto de cortinas verdes, donde los trabajadores ocultos conducen a los animales a la parte trasera de un camión. En una labor habitual de control de natalidad de elefantes, los hombres ven a la manada y llaman al dueño de la reserva y al veterinario, quienes descienden en helicóptero y lanzan dardos de medicina a los animales. “Los sudafricanos son los mejores pilotos de helicópteros del mundo”, dice Tate.

Detener una caza: durante una semana dramática, VETPAW se une a los equipos locales para transportar a docenas de animales a otras reservas.

En un par de semanas, los veterinarios también participarán en un descuerne. Se puede quitar el cuerno del rinoceronte sin herirlo, y los guardabosques lo han convertido en una forma de proteger a los animales de los cazadores que tienden a dispararle al animal y cortarle la cara, a veces mientras todavía está vivo.

Parece que la aterradora escena no se llevará a cabo esta noche durante la vigilancia de VETPAW. De vuelta en la selva rastreamos las huellas en un matorral cerca de la valla. Las huellas podrían contar la historia de un empleado que simplemente olvidó usar los zapatos correctos para trabajar; podrían pertenecer a un aldeano que buscaba un poco de carne de animales salvajes para alimentar a su familia; o podrían ser las huellas de un cazador. Después de seguir las pistas en un círculo, Tate decide que consultarán con el encargado de la reserva la mañana siguiente para ver si alguno de sus hombres se presentó a trabajar ese día con los zapatos equivocados.

Es luna creciente. En unas pocas semanas, cuando sea luna llena, probablemente los cazadores vuelvan a colarse en la propiedad. Por ahora, el equipo VETPAW decide aprovechar el silencio de la noche y llegar temprano. En el camino de regreso al campamento hemos visto un búho moteado sobre el poste de una cerca, vimos a unos búfalos de agua en las sombras, y esquivamos unas manadas de impalas que emiten sus gruñidos bajos mientras el 4x4 retumba.

Luego, mientras nos acercamos a la puerta, nuestro reflector capta el suave contorno de dos rinocerontes hembras y un ternero parado en un pequeño claro. Hacemos una pausa y miramos; son unas bestias extrañas y primitivas, con sus cuerpos descomunales pegados a unas piernas regordetas. Es difícil discernir qué ventaja darwiniana dio origen a su rara forma, tan fuerte y tan vulnerable. Estiran sus cuellos, arrastrando sus cuernos de USD 100.000 por unos fardos de heno que se han dejado como alimento. Una gruñe y patea levantando polvo. El ternero lucha por mantener su lugar antes de comer.

Los animales no tienen ni idea de que los veteranos camuflados están ahí, asomados por las ventanas de un carro, boquiabiertos y admirándolos en silencio.

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