El cambio es lo único que permanece

Desde los relojes de sol hasta las transmisiones en vivo por celular, el mundo se transforma gracias a la tecnología haciéndonos testigos y protagonistas de una evolución que debemos aprovechar en nuestro beneficio.
Imagen por IQOS

Este artículo sale en la edición impresa de PLAYBOY COLOMBIA de diciembre de 2017 

“Todo se transforma”, cantaba el gran Jorge Drexler hace unos cuantos años. Aunque eso suene más que obvio, la vida misma está fundamentada en la metamorfosis de lo que somos y de lo que nos rodea. De hecho, el tiempo se define como un parámetro con el que calculamos la separación que existe entre los acontecimientos que nos cambian. En su último álbum el uruguayo (ganador de un Oscar y varios premios Grammy) nos dijo: “Si quieres que algo se muera, déjalo quieto”.

La tecnología, como parte fundamental de nuestra existencia, se ha convertido en catalizador y espejo de la evolución que vivimos día tras día. Cada rincón de nuestras vidas está atravesado por adelantos tecnológicos; desde los artefactos más sencillos como la bicicleta, que ha evolucionado desde los velocípedos del siglo XIX hasta los modernos modelos plegables, eléctricos, aerodinámicos o de fibra de carbono que encontramos hoy en nuestras calles y en las grandes carreras. Ahora, como si se tratara de un movimiento pendular, la gente se inclina por bicicletas muy sencillas (fixie), de piñón fijo y sin cambios.

Los relojes, amos y señores del tiempo, hace años han dejado de ser exclusivamente artefactos que dan la hora. Hoy podemos llevar en nuestras muñecas gadgets sofisticadísimos que permiten hacer llamadas, escuchar música, manejar correos y agendas. Por su parte, los aficionados al deporte pueden controlar su frecuencia cardiaca, medir las distancias recorridas y las calorías quemadas. Muchas cosas han cambiado desde los relojes de arena o de sol, pero hoy continuamos viendo esos modelos ochenteros con calculadora, y aunque nuestro celular pueda darnos la hora, nunca dejaremos de llevar en la muñeca algo que nos recuerda que estamos vivos y vamos a llegar tarde.

La música, esa eterna compañera, ha experimentado una evolución que no podríamos describir aunque tuviéramos miles de páginas a nuestra disposición, y nuestra forma de relacionarnos con ella también ha cambiado. A comienzos del siglo XX el vinilo reemplazó a los cilindros fonográficos, y luego vino a competir con los casetes en los 60. A comienzos de los 80 llegarían los discos compactos para desplazar poco a poco a los grandes acetatos negros, que empezaron a llenarse de polvo en los rincones en compañía de nuestras cintas. La segunda mitad trajo el mp3, que se masificó globalmente a comienzos del nuevo milenio, haciendo que los CD’s empezaran a hacerle compañía a los vinilos y casetes. Vino entonces la crisis de la industria discográfica –que aún no termina- y el streaming terminó de mandar todo al carajo.

Sin embargo ocurrió algo que muy pocos esperaban: el vinilo regresó con una fuerza inusitada en otro de esos maravillosos movimientos pendulares que tiene la historia. Hoy hay quienes pagan pequeñas fortunas por tornamesas y discos en ediciones de lujo con discos de alto gramaje, y las disqueras han visto allí una pequeña luz de esperanza para sus cuentas bancarias.

Vamos y venimos, aunque a veces simplemente vamos hacia adelante. La palabra ‘teléfono’ probablemente haya tenido la evolución más impresionante de todas al interior de nuestras pequeñas cabezas (‘amigo’ y ‘televisión’ tal vez la sigan a unos pocos metros). Lo que antes era un pesado aparato de disco, capaz de convertirse en un arma contundente, es hoy un apéndice de nuestras manos y ojos, una herramienta de trabajo imprescindible o una fuente de entretenimiento sin límites. Fotos, video, audio, textos, mensajes, animaciones y mil cosas más caben en nuestros bolsillos como por arte de magia.

Hace apenas 12 o 13 años (un suspiro en el marco de la historia de la Humanidad) enloquecíamos con celulares que tenían linterna y un juego de culebrita. Hoy utilizar un Smartphone requiere casi el mismo grado de responsabilidad que pilotear un avión, pregúntenle a muchos de nuestros políticos, o a cualquiera que se haya metido en problemas enormes por no controlar sus impulsos digitales.

Todos nuestros hábitos han sido modificados por la tecnología; la alimentación con el conteo de calorías y los cultivos transgénicos, la moda con los textiles inteligentes que responden a ciertos estímulos y nos protegen de los rayos UV… todo, absolutamente todo ha cambiado. Incluso los fumadores han visto cómo el placer que los cautiva se ha transformado.

Decenas de estudios científicos han demostrado que el verdadero daño del cigarrillo no está en la nicotina (aunque en grandes cantidades sí es perjudicial), sino en la combustión. Cuando se enciende, la temperatura puede llegar a 800 grados centígrados, produciendo sustancias tóxicas para el cuerpo. Sin embargo, hay buenas noticias para los fumadores: Phillip Morris ha desarrollado IQOS, un dispositivo pensado para minimizar notablemente este problema. Lo que hace básicamente es calentar a máximo 300 grados el tabaco. Esto lo lleva a producir vapor en lugar de humo y la experiencia resulta muy parecida. Una de las grandes ventajas radica en que IQOS reduce sustancialmente los componentes perjudiciales y potencialmente perjudiciales para la salud, en comparación con los cigarrillos.

Las transformaciones que un dispositivo como IQOS puede generar en nuestra cultura son insospechadas en términos de potenciales beneficios para la calidad de vida de millones de personas en todo el planeta; son pocos los inventos que ofrecen un impacto de esta magnitud, en un entorno que nos lleva a interesarnos cada vez más por el cuidado de nuestro cuerpo, este vehículo que nos permite ser testigos y protagonistas de todos los cambios que vemos en el mundo y en nosotros mismos.

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