Bogotá en bicicleta: el arte y la historia en la calle

Imagen por Mónica Pradilla

Hace algunos años, cuando estaba en mis primeros semestres de universidad tomé la decisión más inteligente de mi vida. Tras haber pasado tres horas en un bus para un recorrido que no tendría que tomar más de media hora, agarré mi bicicleta, me puse un casco y me lancé a las calles con la intención de ser, por fin, dueña de mi tiempo. Con el pasar de los día perfeccioné mi ruta a la universidad, al cabo de unos meses ya contaba con toda la parafernalia del ciclista urbano y sin importar la distancia me subía en la bicicleta de buen humor, con buenas bandas sonoras y lista para llegar a cualquier lugar. Hoy, casi tres años después, veo ciclorutas por toda la ciudad, cientos de personas apostándole a la bici y una Bogotá llena de ciclas, colectivos y actividades para los que de una u otra forma terminamos enamorados de un simple vehículo de dos ruedas.

Con la bicicleta como aliada descubrí un mundo nuevo que no conocía, en la ciudad en la que había vivido toda mi vida. Dejé de lado el estrés de los trancones que hacen imposible llegar a tiempo y pude observar la ciudad a mi alrededor con pausa y sin prisa. Lo cierto es que Bogotá es un espectáculo cualquier día del año y no hay que pagar un peso para verlo, solo hace falta recorrerla.

La zona T, ese espacio lleno de tiendas, restaurantes y bares en la calle 83 fue nuestro punto de partida. La carrera 11 desde la calle 100 hasta Lourdes es uno de los corredores principales para las bicicletas en la ciudad, uno lleno de contrastes. Pedaleando hacia el sur por esta vía uno se encuentra con el Gimnasio Moderno, Avenida Chile y la Universidad Pedagógica Nacional, seguidas de la arquitectura tudoriana de Chapinero en todo su esplendor. Si se elige seguir por la carrera 13, el recorrido se llena de comercios de todo tipo: las mejores ofertas en accesorios, zapatos, ropa, libros, telas, nombra y allá lo encuentras. Los muros y puertas en este sector están llenos de mensajes, desde simples garabatos a impresionantes cuadros que plagan las superficies del sector, por encargo o iniciativa, cuentan historias y llenan de color uno de los espacios más concurridos de la ciudad.

Si se baja por la calle 64, al cruzar la avenida Caracas entramos a Teusaquillo, otra de las localidades centrales de la ciudad, principalmente residencial. La carrera 18 hacia el sur nos lleva por el barrio Galerías, el lugar por excelencia de las manualidades: madera, cerámica, bisutería, cojines y decoración para todas las épocas del año, todo sobre la calle 53. Más hacia el sur, por la misma vía y justo antes de tomar la carrera 19 hacia el barrio La Soledad, nos encontramos con Casa Tomada, una librería familiar basada en un relato de Borges, en la que las historias se hacen dueñas de una casa.

En las fachadas de este sector ocasionalmente se puede ver el colorido de murales dedicados a la diversidad y las causas sociales. La primera parada específica de la ruta es justo en esta zona, en la diagonal 40 junto al edificio de Fundalectura. Un mural con distintas imágenes en duotono, con azules, magentas y rojos, habla de los personajes de la zona como El Calidoso, del empoderamiento de las mujeres con la bicicleta, de la diversidad y las raíces afro de Colombia, de la violencia y los negocios que tanto han pesado al país.

El recorrido continúa por las calles junto al colegio Champagnat en dirección al Park way de la soledad, uno de los escenarios públicos más importantes para el ámbito cultural en Teusaquillo, el espacio elegido por Teusaca tu bici para sus encuentros semanales en los que el colectivo incentiva el uso de la bicicleta como medio de transporte. El tinte político del arte urbano en este espacio resulta evidente; los muros de los edificios a lado y lado del parque recuerdan a las recientes elecciones presidenciales y el plebiscito de hace dos años, mientras se preparan para la transición de gobierno que se avecina. Cuentan un pasado y esperan el futuro con el que los pinten más adelante.

Al retomar, el recorrido por la calle 39 transcurre frente al museo de la basura, uno de los más curiosos de la ciudad, para luego salir a la calle 26 con dirección al oriente.

Cualquiera que conozca Bogotá sabe que esta avenida, la más importante que cruza la ciudad de oriente a occidente desde el aeropuerto internacional al centro, es una galería al aire libre. Las paredes de los edificios, puentes y depresiones en toda la vía están llenas de expresiones artísticas. Hay murales icónicos en toda la extensión de la 26, los más conocidos son el de Jaime Garzón frente al teatro Colsubsidio y El beso del Bronx casi al llegar a la Torre Colpatria. Acá las paredes hablan de paz, de reconciliación, de identidad, diversidad, protesta social y memoria.

Mónica Pradilla

Pero el verdadero tesoro de este recorrido no está en lo que siempre se puede ver, sino en lo que está detrás, en las calles con menos tráfico. La calle 24, detrás del cementerio central y el Centro de Memoria esconden una de las galerías al aire libre más impresionantes de toda la ciudad. Murales en todos los estilos posibles, realismo, abstracto, manga, arte tipográfico, con críticas al sistema de salud, a la fuerza policial, a los vicios y con reflexiones a color sobre el entorno que rodea las pinturas, como las historias de las trabajadoras sexuales. Desde la carrera 19 hasta la 17, no hay una sola fachada sin colores y mensajes para transmitir.

Siempre he dicho que Bogotá es una ciudad fantástica. A pesar del caos nunca he tenido un momento sin vida y belleza en la ciudad. Ya sea por su gente, por lo pintoresco de los diferentes entornos o por una actividad como recorrerla en bici, Bogotá nunca decepciona a los ojos ni al alma.

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