Así califican las bailarinas exóticas a sus clientes

Imagen por Content Diller/Shutterstock

“Era muy joven cuando comencé a bailar. En esa época pensaba que los hombres eran fuertes, la cabeza del hogar”, dice Brandi, una ex bailarina exótica. “Durante los 12 años que bailé, poco a poco perdí todo el respeto por ellos”. La percepción que tenía Brandi de los hombres cambiaba con cada lap dance, y comenzó a verlos no como humanos, sino como cajeros automáticos con pies. Se volvieron débiles, simples.

“Los hombres se convirtieron en algo que podía manipular. Entre más pudiera ganar, mejor. Muchos de ellos están casados y tienen hijos, pero no tenían problema gastando el dinero de sus familias con tal de echar un rápido vistazo a mis tetas”. La mayoría querían más que eso, por supuesto, tocar, manosear e incluso lamer las partes más íntimas del cuerpo de Brandi. “No les importaba desocupar sus billeteras baile tras baile. Cuando eso pasaba, los acompañaba al cajero automático, donde sacaban todo el dinero que podían”.

Brandi admite que tras una década bailando con la misma canción, se volvió fácil provocar con la perspectiva de sexo para obtener mejores ganancias. Tan fácil que comenzó a sentir lástima, no por los hombres, sino por sus esposas. El que estuvieran tan dispuestos a poner los cuernos, pensando que ellas nunca se darían cuenta, la irritaba.

Algunos son más extraños con sus deseos que otros. “Hay quienes tienen predilecciones realmente perversas”, señala Brandi. “Quieren ser golpeados con correas o paletas de madera para lograr el orgasmo. Incluso hubo un hombre que usaba pañales de tela y quería que lo amamantara”.

Hailey* que lleva ocho años siendo bailarina exótica en Nueva York, ha tenido experiencias similares con algunos clientes. La más angustiosa la llevó a renunciar por completo al lucrativo negocio. Hailey trabajó en clubes de clase media con una clientela adinerada. Los hombres que acudían al club, eran generalmente hombres de negocios intentando impresionar a sus clientes. En una noche normal, Hailey ganaba varios miles de dólares. “Todo por el espectáculo ", le dice a Playboy. “Estos hombres pensaban que podían comprar cualquier cosa y a cualquiera. Eran pomposos y arrogantes, reservaban la habitación de champán durante horas con varias chicas que cobraban 700 dólares por hora”. En su experiencia, las bailarinas no eran más que productos de diseño que podían comprar y explotar con su riqueza. A su vez, estar cerca de los magnates adinerados le reveló la fragilidad del ego masculino, el acto de poner dinero en una tanga, de alguna manera se traducía en un movimiento de poder para impresionar al que estuviera presente.

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Estos hombres pensaban que podían comprar cualquier cosa y a cualquiera. Eran pomposos y arrogantes, reservaban la habitación de champán durante horas con varias chicas que cobraban 700 dólares por hora

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En su última noche Hailey era una de las mujeres en la habitación de champán, que, esa noche, estaba llena de licor premium y cocaína. “Se esperaba que participara, pero me negué educadamente. No fue muy bien recibido”, recuerda. “El personal me animó a hacer lo que el cliente quería porque estaba pagando mucho dinero, y no querían quedar mal”. Después de negarse a tomar las drogas por segunda vez, el cliente se puso agresivo. “Me solté, salí de la habitación, me vestí y dejé el club. Había tenido suficiente. Ahí se acabó”. El solo hecho de que las perversiones de un hombre rico primaran sobre la seguridad de Hailey hizo evidente que podía ser una carrera lucrativa, una en la que su propio bienestar era secundario a la satisfacción sexual de un hombre. Es fácil entender que el respeto que le pueda tener una bailarina exótica al género masculino a menudo se ve afectado, y en muchas ocasiones deja de existir por completo.

En general, las bailarinas no creen que la intención de un hombre sea ni inocente, ni siniestra cuando visitan un club de estriptis. Cuando van en grupo están buscando divertirse. Vienen como parte de una despedida de soltero o una fiesta de cumpleaños. O están celebrando un ascenso. Los hombres generalmente van a los clubes de estriptis para cualquier tipo de celebración, lo cual es divertido y esperado. Los hombres que van solos, sin embargo, son una especie completamente diferente. A menudo se encuentran a una chica “normal” y no se separan de ella. “Estos hombres generalmente conocen el horario de la chica antes de tiempo y eso es algo que las bailarinas aprenden a evitar”, explica Brandi. “Este hombre y su dinero son para ella, y se convierte en territorio”.

Esta naturaleza territorial no nace necesariamente del cliente, sino de la bailarina. “Si una bailarina tiene un cliente regular y otra chica le ofrece un baile, salen las garras”, continúa. “Cuando una chica nueva entra a un club, es fácil que se meta con territorio ajeno”. Brandi tuvo una vez un cliente habitual que le daba fajos de dinero en efectivo y después descubrió que una nueva chica estaba tratando de quitárselo. “Mi respuesta inicial fue a la defensiva. Si él le daba dinero, ¿sería capaz de darme dinero a mí también?”, recuerda. Entonces hizo su jugada. “Le dije que ese dinero me pertenecía y que no se metiera”.

Sorprendentemente, nunca ha experimentado celos de parte de un cliente regular cuando pasa tiempo con otra persona. “He visto novios celosos entrar en al club y ser expulsados”, admite. “Una de las reglas principales es no traer novios al club en el que trabajas, nunca sale bien”.

Las chicas heterosexuales tienden a frecuentar los clubes de estriptis por motivos más divertidos y “tontos” y rara vez suponen un problema. A menudo sienten curiosidad o celebran una despedida de soltera. Las mujeres gays son un poco más respetuosas y van con sus parejas. Disfrutan viendo a su pareja divertirse. Es excitante. “La mayoría de los hombres no respetan a las strippers”, admite Brandi. “Algunos entienden que solo es algo del momento. Las strippers son solo las ‘sorpresas de la fiesta’”.

Carmen* bailó durante seis años, eligiendo actuar en un solo club para construir clientela. Comenzó a ver a los hombres no como humanos, sino como formas de obtener ingresos. “Mis clientes me traían joyas como regalos y ropa elegante y bonos de spa”, dice. “Fue divertido por un tiempo. Hacían lo que les decía que hicieran. Uno de ellos incluso sacó dinero de sus ahorros para dármelo. No tenía carácter. Era alguien débil y hasta repugnante, demasiado fácil de manipular. Hice esto hasta que quedó en la ruina”.

En un ambiente donde el sexo (o la idea de sexo) está a la venta, y la ética con respecto a estas transacciones es borrosa o ignorada en favor de las ganancias, es comprensible que las bailarinas exóticas no tengan mucha estima por los hombres. Quienes interactúan con ellas generalmente están buscando algo más que una conversación. Entonces ellas toman ventaja de ese poder y explotan sus perversiones por todo el dinero que estén dispuestos a pagar. El estriptis  es un negocio, después de todo, y es la bailarina quien está al mando de las transacciones, no los hombres.

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