¿Por qué se siguen ignorando los dolores que sienten las mujeres?

“Una búsqueda para que los doctores crean en el dolor de las mujeres”
Imagen por Hare Krishna

Abby Norman cursaba el segundo año de danza en el Sarah Lawrence College, cuando empezó a tener fuertes dolores pélvicos que terminaban en la sala de urgencias. Cada vez que iba, los doctores le daban las mismas explicaciones: una infección urinaria, una enfermedad de transmisión sexual, ansiedad, o un embarazo (a pesar de que nunca había tenido sexo). No creyó que fuera adecuado cuestionarlos, ya que ella solo tenía 19 años. Sin embargo, su dolor no se fue, y tuvo que dejar de ir a clases. Sin ayuda de doctores, y sin padres a los que recurrir (se había ido de la casa a los 16 años), abandonó la universidad y regresó a Maine, donde iba de sofá en sofá cada vez, más enferma

Tuvieron que pasar varios meses para que se hiciera, finalmente, una laparoscopia (un procedimiento en el que los doctores ven dentro de los órganos abdominales. En su trompa de Falopio izquierda encontraron endometriosis -tejido que recubre el útero pero que crece fuera del mismo-. Se estima que 1 de cada 10 mujeres sufren de esta condición en edad reproductiva, causa dolor pélvico y puede hacer que la menstruación, el sexo u otras actividades sean insoportables.

En promedio se requieren 10 años para diagnosticar endometriosis, esto, en parte porque los síntomas se descartan al ser algo “normal” en las mujeres. Un artículo publicado en Quartz -que también ha rondado en varias páginas de mujeres- encontró que los cólicos menstruales pueden ser “tan dolorosos como un infarto”, de acuerdo con John Guillebaud, profesor de salud sexual y reproductiva en el University College London. Aunque este dolor tan fuerte sea común, no es algo normal. De hecho, una porción bastante significativa de estos dolores crónicos menstruales son endometriosis sin diagnosticar.

Debido a que está tan normalizado, a Norman no se le ocurrió decirle a los doctores al principio que había sufrido toda su vida de cólicos menstruales intolerables. Tampoco pensó en tener seis meses de sexo doloroso e insufrible. Le habían advertido que el sexo le dolería como nunca las primeras veces y que tomaría varias veces para volverse placentero. Aún recuerda que pensaba “¿por qué alguien tendría sexo si esto es supuestamente lo que se siente?”

“Estoy sufriendo de verdad. No puedo comer. No puedo tener sexo. Y el consenso es que tengo dolor en la parte abdominal porque sufro de ansiedad”.

Incluso después de que los doctores encontraran la endometriosis en un estado tan avanzado que empujaba el ovario fuera de su zona, no quitaron el tejido por el miedo a afectar la fertilidad de Norman. Pero si hubieran hablado con ella, se habrían dado cuenta de que ella no quería tener hijos; algo que aprendió a ocultar con el tiempo. Los médicos no estaban tan decididos a tratar su endometriosis cuando pensaban que ella no necesitaba el tratamiento si no estaba tratando de formar una familia: “El hecho de que padeciera de un dolor insoportable, que no pudiera comer, y que no pudiera disfrutar del sexo no era suficiente”, dice.

“Después de la operación, estuve todo un mes pensando cómo era que estaba más enferma que al principio”, recuerda. A pesar de la evidencia en su ovario, los doctores siguieron diciéndole que todo estaba en su cabeza. No fue hasta que llevó a su novio a las citas médicas. Una vez que él testificó que no podían tener sexo y que esto lo afectaba, empezaron a escuchar.

Además del dolor en su zona pélvica, Norman empezó a sentir otro dolor cerca de su apéndice. Varias veces terminó en urgencias, pero una y otra vez, los médicos decían que “era ansiedad y que ella lloraba mucho”.

“Que no me jodan. Estoy sufriendo de verdad. No puedo comer. No puedo tener sexo”, recuerda que pensaba “y el consenso es que tengo dolor en la parte abdominal porque sufro de ansiedad. De ninguna manera, más bien al contrario, tengo ansiedad porque tengo dolor abdominal”.

Un día, vio una oferta de trabajo para las oficinas en el hospital. Ya que debía trabajar para pagarse un seguro médico, o una eps, aplicó y lo consiguió. En su hora de almuerzo, iba a la biblioteca y leía revistas de medicina o todo lo que pudiera con tal de entender su condición. Aprendió que, como ya sospechaba, la endometriosis podía extenderse fuera del sistema reproductivo, incluyendo la zona del apéndice, y aunque era poco frecuente, una infección en el apéndice podía durar meses.

Cuando le habló de su teoría al médico, él se mantuvo escéptico, pero accedió a hacerle otra laparoscopia. Aunque no estaba claro si la endometriosis fue la que lo causó, resultó que sí tenía una infección en el apéndice: que se había sanado varías veces pero que había vuelto a aparecer en el transcurso de seis meses a un año, causando que su apéndice se hinchara hasta tres veces más de su tamaño habitual. Ella pensó que había esperanza una vez que le quitaran el apéndice, pero el dolor continuó. Y todavía lo tiene. “Mi vida hubiese sido distinta si no hubiera permitido que avanzara el dolor”, dice.

Incluso ahora conseguir que los doctores la traten es una lucha. El año pasado, uno de ellos le dijo que su enfermedad estaba “en su cabeza”, y que, si de verdad tenía algo, le avisara cuando lo descubriera.

Aunque la enfermedad de Abby limita su actividad física, ha sido capaz de difundir conciencia sobre la endometriosis y otros temas de la salud femenina como escritora, desde su casa en Maine. Además de ser editora senior en la sección de ciencia de la página Futurism, y ser anfitriona en el podcast Let Me Google That, escribe en Medium: Ask Me About My Uterus, sobre salud sexual y reproductiva. Este también es el nombre del libro que recoge sus memorias, en el que cuenta la lucha de vivir con endometriosis y el dolor crónico que involucra. A través de estos medios, espera romper el silencio que hay alrededor de la menstruación, ese que contribuyó a que no fuera diagnosticada por muchos años.

"Me criaron para hacer todo lo que estuviera a mi alcance para que la gente no se enterara de que estaba en mis días”, dice. “Durante años tuve malos -realmente malos- periodos. Tuve síntomas extraños, pero nunca presté atención y si lo hubiera hecho ¿a quién le habría contado?... existe la idea de preservar la mística femenina, aunque eso es algo que solo le sirve a los hombres porque no quieren que se arruine para ellos”.

Después de escribir y hablar por años sobre la salud de las mujeres, ha escuchado los casos de cientos que han sido ignoradas y que han sido dejadas a un lado para que sufran en soledad. Incluso se ha dado cuenta de que su propio caso no es el peor. “Lo que más me atormenta son las mujeres que tienen la edad de mi madre o las de esa generación, porque han soportado un sexo insufrible y han criado hijos, han conservado un trabajo estable y han tratado de mitigar su dolor sin que nadie sepa sobre él, lo peor de todo es que llevan haciéndolo por más de 30 años”, dice ella.

Su esperanza es que, así como recibió más apoyo que ellas, la próxima generación tendrá más conocimientos, recursos y comprensión sobre el tema que ella misma. “Ya no queda esperanza para mí. No voy a recuperar los años que he perdido, y cada vez estoy más enferma”, afirma. “Quiero interceder por esto, y ser útil, pero físicamente no puedo. Así que me gusta pensar que el libro va a estar en bibliotecas o que va a encontrar lugares a los que yo no voy a poder acceder. Es agradable saber que en esos momentos en los que estás agotada o en los que no puedes contarle nada a nadie, voy a ofrecer algo”.

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