Perfil: Steven Pinker

Este hombre busca convencerte de que, no importa qué tan mal se vea, la civilización está funcionando. ¿Quién iba a pensar que el optimismo fuera tan difícil de vender?
Imagen por Joshua Allen Harris

Este artículo sale en la edición impresa de PLAYBOY COLOMBIA de abril - mayo de 2018

¿Qué pasaría si toda nuestra quejadera sobre la miseria en la Tierra no hiciera más que perpetuarla? ¿Qué pasaría si supiéramos que la humanidad es más saludable, más rica, más feliz, más segura, mejor educada y más pacífica que antes? ¿Qué pasaría si supiéramos que realmente estamos en la mejor época vivir?

Steven Pinker —profesor de psicología de la Universidad de Harvard, dos veces finalista del Premio Pulitzer y autor de más de 10 libros sobre el comportamiento e instinto humano— ha escrito que la idea de ver el presente como una distopía marcada por la decadencia y sufrimiento está “mal, muy mal, no podría estar más equivocada”. Estamos floreciendo, argumenta. Además, parece que nuestro cinismo nos hace vulnerables ante los demagogos que crean un ambiente de ansiedad para sacar adelante planes peligrosos.

El último libro de Pinker, Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress, es un elogio al presente. En vez de entrar en un pánico ciego, él sugiere que nos enfoquemos en una “mirada histórica del progreso”, con miras a su perpetuidad. “Cualquier indicador del bienestar humano ha mostrado un aumento”, me dijo recientemente. “No puedes apreciar esto leyendo los periódicos, porque las noticias generalmente hablan de las cosas que salen mal. Nunca verás a un reportero frente a un colegio diciendo: ‘Acá estoy, reportando en vivo frente a un colegio donde hubo un tiroteo hoy’”.

Hacer un tour formal en las instalaciones de las Naciones Unidas con un hombre que tiene nueve doctorados honorarios (además de su doctorado en Harvard sobre psicología experimental) parece irreal por muchas razones, especialmente porque tiene la respuesta correcta a cada pregunta que hace la guía.

Pinker, vestido con unas botas de cuero negras, jeans y un saco azul, se la jugó bien, siempre esperó para ver si alguien se aventuraba a responder primero. Luego levantaba la mano y casualmente daba una respuesta casual, pero aterradoramente correcta: hay 193 naciones que son miembros. Se han hecho 10 pruebas nucleares clandestinas desde el Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares de 1996. La ONU identificó 17 objetivos de desarrollo sostenible que se alcanzarán en un periodo de 15 años que empezó en el 2016. Nuestra guía nos mira sospechando. Cuando Pinker no estaba respondiendo sus preguntas, estábamos hablando entre nosotros, caminando detrás del grupo y parando a tomar fotos. En las palabras de Pinker, “siendo dos malos estudiantes”.

Enlightenment Now incluye montones de matrices y tablas. Algunas muestran datos recolectados por la ONU. Pero es la existencia misma de la organización lo que confirma los argumentos del libro. Mientras caminamos por los pasillos, Pinker señala los objetivos de sostenibilidad de la ONU (que incluyen erradicar la pobreza extrema y el hambre, reducir la mortalidad infantil, terminar con la discriminación de género, asegurar agua limpia y salud, entre otros) como evidencia de una moral secular humana, un sentido claro y compartido de lo correcto e incorrecto que existe independientemente de las instituciones. “El concepto de los derechos humanos parte de que todos tenemos necesidades universales”, explica Pinker luego de que paráramos a tomar café en un sótano del edificio. “Todos preferimos estar vivos que muertos, bien alimentados a morir de hambre y estar sanos en lugar de enfermos, y todos queremos que nuestros hijos crezcan, y todos están de acuerdo con que la alfabetización es algo bueno. Entonces podemos combinar los intereses universales con la capacidad universal de razonar, podemos definir una base que todos los humanos comparten y construir una moral en torno a eso”.

Pinker planteó la noción inicial de una ética compartida en su libro de 2002, The Blank Slate: The Modern Denial of Human Nature. “El objetivo de ese libro era rechazar la idea del Estado como un tablero en blanco, en lugar de negar las diferencias culturales”, dice él. “Creo que por encima de todas esas diferencias existe una naturaleza universal dada a nosotros por la evolución y que sustenta conceptos básicos como los derechos humanos”.

De muchas formas, Enlightenment Now parece la apoteosis de la investigación de Pinker. El libro es una conversación directa con cada uno de sus títulos previos, pero especialmente con The Better Angels of Our Nature: Why Violence Has Declined de 2011, donde señala descensos masivos en la violencia de todas las formas y sugiere que finalmente hemos aprendido a valorarnos más vivos que muertos entre nosotros. Bill Gates lo describió como el “libro más inspirador” que ha leído. Mark Zuckerberg lo eligió en segundo lugar para su club de lectura. Enlightenment Now desarrolla —y amplía— su premisa.

“Cuando asumes un pensamiento cuantitativo en vez de basar tu punto de vista del mundo en los titulares, encuentras que no solo la violencia está bajando; todos los indicadores de bienestar humano han mejorado, como la esperanza de vida, la pobreza”, dijo Pinker. “Muy pocas personas están conscientes de que el porcentaje de pobreza extrema en el mundo ha bajado de un 90 % hace 200 años a un 10 % hoy”.

El libro fue pensado y parcialmente escrito antes de las elecciones de 2016, pero el ascenso de Trump a la presidencia se pronostica en sus páginas. Pinker piensa que las ideas que le ayudaron a llegar al poder —que la situación del mundo es terrible, que el sistema debe ser derrumbado— están perpetuados tanto por la izquierda como por la derecha. Estas ideas incluyen el “pesimismo sobre el rumbo que el mundo está tomando, cinismo frente a las instituciones modernas y la incapacidad para concebir un propósito mayor en algo que no sea la religión”, escribe. Trump confirma el punto de Pinker —esto es lo que sucede cuando vivimos sumidos en el miedo— y hace que sea más difícil de argumentar que este momento representa una victoria.

“El 8 de noviembre de 2016 hizo que repensara algunas cosas del libro”, admite Pinker. “Iba por la mitad. Lo había concebido cuando Donald Trump era una especie de chiste, una estrella de un reality. No hubiera soñado con que él fuera presidente, y sin duda significó que debía revisar todo lo que sugería que estábamos en un proceso de progreso”. Pinker describe la agenda de Trump como “casi lo opuesto al propósito y los principios de las Naciones Unidas. Por ejemplo, que todos somos humanos, que las naciones y los Gobiernos solo son convenciones, que no somos primordialmente franceses o americanos o rusos; somos seres humanos y que lo que queremos como individuos solo se puede alcanzar si cooperamos en una escala global. Donald Trump odia la ONU. La idea de él es que EE. UU. va primero y que las demás naciones están en un conflicto de suma cero”.

* * *

Pinker nació en 1954 en una comunidad judía en Montreal. Obtuvo su título universitario en la Universidad McGill y luego se mudó a Cambridge, Massachusetts, para hacer su maestría en 1976. Luego de recibir su doctorado de Harvard, completó un posdoctorado en el MIT y terminó dando clases ahí durante 21 años (en 2003 dejó el MIT por su posición actual en Harvard). Se casó por tercera vez con la novelista y filósofa Rebecca Goldstein en 2007, y ahora tiene dos hijastras.

Tiene el pelo blanco rizado y ojos azules, y es reconocido constantemente mientras caminamos por varias áreas de la ONU: por el guardia de seguridad que maneja el detector de metales, por un joven noruego que va en el tour, por un empleado que logra escabullirse mientras toma café y se come una torta en la tienda de regalos. Una parte de esto, me asegura, es por YouTube. Muchas de sus clases y charlas se encuentran en la red. Un video en el que describe el lenguaje como “una ventana para entender el cerebro” ha sido visto más de un millón de veces. Durante cada encuentro, sus seguidores parecen aturdidos pero respetuosos. Como si estuvieran viendo al hombre que los puede salvar.

Aunque su trabajo ha sido laureado —en 2004 Time lo escogió como una de las personas más influyentes del mundo— no han faltado los detractores. Luego de publicar The Better Angels of Our Nature, el experto en estadística Nassim Taleb argumentó que lo que Pinker había interpretado como la “paz prolongada” (un término que Pinker tomó prestado del historiador John Gaddis) de las últimas décadas era en realidad una irregularidad estadística y no era garantía de un futuro seguro. Taleb también arremetió contra Pinker por asumir “que las estadísticas del siglo XIV se pueden aplicar al siglo XXI”. Pinker, que no evade el debate, finalmente respondió que Taleb había malinterpretado el libro y que “analizar con cuidado y precisión las ideas de otras personas no era su fuerte”.

Otros aseguran que el llamado de Pinker a los ideales de la Ilustración que él ha definido en el subtítulo del libro como “razón, ciencia, humanismo y progreso”, fallan al explicar las atrocidades que la Ilustración permitió. En un ensayo para The Guardian en 2015, el profesor y autor John Gray escribe: “Nunca vas a saber, al leer a Pinker, que el ‘racismo científico’ de los nazis estaban basados en teorías cuyo pedigree intelectual se remonta a los pensadores de la Ilustración como el famoso psicólogo y científico victoriano Francis Galton”.

“Sería muy feliz si los hombres de la derecha se fijaran en mi libro”.

En enero, el día antes que Pinker y yo nos encontráramos, un video salió a la luz y en él Pinker (en un evento en Harvard) se refiere a “las personas muy inteligentes y muy bien educadas que gravitaban hacia la derecha”, y observó que ambos eran “expertos en Internet” y “conocedores de los medios”. Esto parece algo inocente. Simplemente estaba diciendo que es peligroso desestimar a la oposición como una pandilla de matones, excepto que la ultraderecha decidió asumirlo como una bendición. Richard Spencer, nacionalista blanco, retuiteó el video. The Daily Stormer, una página web neonazi, publicó un artículo con este titular: “Profesor judío de Harvard admite que la ultraderecha está bien en todo. Jesse Singal, escribiendo para The New York Times, usó el alboroto para hablar sobre los peligros de descontextualizar la información, perpetuada en las redes sociales. Pinker vio más cosas en juego: “Realmente se deriva del tribalismo político en donde cualquiera de los lados está tan convencido de su rectitud y de lo malvado que es su enemigo que recurren a cualquier táctica, incluyendo la adulteración virulenta de registros y nombres para avivar la indignación y la lealtad. También lo puedes ver en noticieros, campañas políticas, libros, portales web partidistas”.

Aun así, el episodio tuvo su lado bueno. “Sería muy feliz si los hombres de la derecha se fijaran en mi libro, buscando apoyo. En el mejor de los casos podría convertir a algunos al liberalismo clásico. En el peor de los casos recibirían un golpe”.

De alguna manera logré que una sugerencia absurda —¡vamos a patinar sobre hielo en el Rockefeller Center!— pareciera razonable después de nuestra visita a la ONU. Era poco relevante, después de todo, ante nuestra conversación: la pista estaba adornada por un árbol de Navidad enorme a un lado y la estatua de Prometeo al otro. Pinker me dijo que sí.

Nos pusimos nuestros patines alquilados y salimos. Por supuesto, entrevistar a alguien mientras estás atravesando un charco congelado sobre patines afilados de metal es un despropósito, y no ayudó que él hiciera círculos elegantemente en el hielo mientras yo me tambaleaba y asustaba a los niños que aparecían en mi camino. Luego de un par de vueltas, nos retiramos a un restaurante cercano para tomar unos tragos. Lo que yo quería saber era: ¿Qué pasaba después? ¿Cómo eludimos cualquier instinto que nos haga desear una catástrofe o por lo menos el drama que esto conlleva?

“Creo que hay cierta necesidad de drama, de lo catastrófico, pero también hay sed por las moralejas, particularmente por aquellas en las que nuestra tribu está con los ángeles y hay un enemigo malvado a quien culpar por los infortunios”, explica. “Se encuentra una gran satisfacción en la caída de un villano. Es mucho más entretenido si el héroe está en problemas y le toca encarar al adversario. El adversario tiene una victoria temporal, pero al final es derrotado. Creo que nos gusta la realidad que se conforma con ese arquetipo de drama”.

En Enlightenment Now, Pinker cae con fuerza sobre instituciones que uno vería como bienintencionadas, incluyendo el ambientalismo convencional, como fue concebido en los 70 y perpetuado por figuras como Al Gore (“la ola verde está relacionada con la misantropía, incluyendo la indiferencia ante el hambre, la indulgencia por fantasías macabras de un planeta despoblado y las comparaciones tipo nazi de los seres humanos con los parásitos y el cáncer”, escribe). También lo hace con el periodismo contemporáneo (“Ya sea que el mundo empeore o no, la naturaleza de las noticias buscará interactuar con nuestra naturaleza cognitiva para hacernos creer que es así”). Pero al tener una ansia instintiva por la agitación, ¿cómo revocamos el viejo axioma “si sale sangre va en el titular”?

“Un periodista responsable que crea tener la misión de exponer los problemas y hablar del sufrimiento, también debe presentar casos donde los problemas se resuelven y hay mejorías”, dice Pinker. “De lo contrario, la vida no vale la pena y te mueres. Esto le abre la puerta al fatalismo: ¿Para qué tratar de hacer el mundo un lugar mejor si la gente va a actuar mal sin importar lo que hagas? Este pensamiento debilita cualquier compromiso para resolver los problemas. Lo que yo defendería definitivamente es no balancear el terrorismo con piezas ligeras sino resaltar lo que se hace bien. No es insignificante que menos niños mueran de hambre. No es algo menor que la tasa de mendicidad baje”.

Si el periodismo no se corrige a sí mismo —y Pinker cree que sí se puede— está en las manos del resto de nosotros cortar con las ideas histéricas sobre el estado del mundo. Reorientarse es un proceso complicado y personal pero no imposible: “¿La pregunta no es cómo podemos ser perfectos, sino cómo podemos juntar las partes de cada uno para cooperar, planear para el futuro, enfatizar y organizar nuestros asuntos para que esos aspectos de la naturaleza humana estén bajo control?”.

Mientras terminamos nuestros tragos, le pregunto a Pinker si se considera un optimista. Su trabajo, después de todo, aboga por el reconocimiento de la destreza y sabiduría humana para la misma cantidad de atención a las cosas que hacemos bien. “Probablemente lo soy, por temperamento”, admite. Luego me recuerda que su trabajo se basa en datos: él simplemente muestras los hechos. Y los hechos pueden cambiar. Ahora estamos mejor, pero eso no nos protege de inconvenientes y retrocesos.

“Una de las razones por las que mi libro no se llama Progreso o Tres Hurras por el progreso o El progreso es lo mejor, es porque el progreso no es una fuerza inexorable”, dice. “Hay ciertas ideas y valores que nos han dado el progreso que disfrutamos hasta ahora, y si doblamos nuestros esfuerzos y nuestro compromiso con esos valores, entonces el progreso puede continuar. Si no lo hacemos, pues no lo hará”. Con esto, se toma su cerveza y sonríe.

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