Negociaciones en vilo

Los avances en las negociaciones de paz con el ELN son muy modestos, y los últimos acontecimientos ponen en grave peligro estos diálogos.

Imagen por Hansel Obando

Un jueves 7 de enero de 1965, 24 combatientes del recién formado Ejército de Liberación Nacional se tomaron el municipio de Simacota, Santander; alrededor de dos años antes se había creado en La Habana la Brigada Pro Liberación José Antonio Galán, lo que sería el núcleo de la posterior guerrilla. Esa tarde en Simacota, luego de eliminar a los agentes de la Policía, el grupo convocó a la población a la plaza principal y, como lo recoge Darío Villamizar en su libro Las guerrillas en Colombia, mientras los guerrilleros gritaban vivas al ELN, Fabio Vásquez leía el Manifiesto de Simacota, “un documento breve, de contenidos reivindicativos, antioligárquicos y antiimperialistas, que remata con un llamamiento a la unidad y a la lucha y la consigna ‘¡Liberación o muerte!’”. El Manifiesto de Simacota se convertiría en una especie de acta fundacional del ELN.

51 años más tarde, en octubre de 2016, esta guerrilla y el Gobierno colombiano anunciaron la instalación de la mesa pública de diálogos para darle una solución pacífica al conflicto. Quito fue el escenario escogido para adelantar el proceso. El ELN, la segunda guerrilla más importante del país, seguía el ejemplo de las Farc-EP.

Justamente, tras la firma del acuerdo con las Farc, el ambiente político del país se debate entre un amplio escepticismo ante la anhelada paz y una polarización alimentada por el periodo electoral. En parte, el escepticismo que al resto del mundo le parece extraño (todos los actores internacionales parecen mucho más esperanzados que los colombianos) tiene razones para existir. La expresión posconflicto se fue reemplazando por posacuerdo, con la intención de reconocer que el camino para llegar a la paz es largo.

Durante todos estos meses se han discutido algunos puntos entre las partes. Ha habido momentos tensos, se han suspendido las negociaciones y se han retomado. Enero de 2018 fue uno de los meses más difíciles para la negociación. Desde el 9 de enero, día en que se terminó el cese al fuego temporal entre las partes, el país fue testigo de una oleada de ataques atribuidos al ELN. La preocupación creció entre el equipo negociador, que por orden del presidente Juan Manuel Santos suspendió los diálogos.

En una alocución del 12 de marzo, el primer mandatario anunció que el Gobierno regresaba a la mesa de negociación. Santos indicó que buscar la paz nunca era tan popular como mostrar los trofeos de la guerra, pero que la paz trae el mayor beneficio de todos pues salva vidas. El anuncio llegó luego de analizar el resultado pacífico de las elecciones al Congreso de la República y la actitud del ELN en las mismas. Las diferentes organizaciones civiles que acompañan el proceso, además del equipo negociador, retomaron los puntos, que hasta la fecha no han concluido en un avance concreto.

Para Álvaro Villaraga, encargado de la Dirección de Acuerdos de Verdad del Centro Nacional de Memoria Histórica, el proceso se encuentra en un estado incipiente, pero con una dificultad que se agrega y es que no se trata de que haya transcurrido poco tiempo, sino que es un escaso desarrollo en un amplio periodo: “Los contactos iniciales y secretos se iniciaron hace prácticamente cuatro años. No se sabe la fecha exacta porque era una fase secreta, pero mientras con las Farc fue un año, con el ELN fueron casi tres. Mientras con las Farc en más o menos nueve meses fue tomando forma y ritmo la negociación en la mesa, con el ELN llevamos casi un año sin que se acabe el primer punto”. Villarraga advierte que no se trata de comparar a la ligera, pues cada proceso es diferente, pero no deja de ser útil revisar lo ocurrido con las Farc.

“Ha habido muchas tensiones y desencuentros que han restado expectativas y credibilidad”, apunta Villarraga y explica que por ahora se está discutiendo el primer punto sobre “participación de la sociedad en la construcción de paz, y aún no se ha concluido. Aunque hay unas consultas hechas y unos textos de borrador, “el punto está lejos de agotarse”, puntualiza.

Otro elemento que se suma a las demoras de los diálogos ha sido la necesidad de anticipar la discusión de puntos que estaban contemplados para más adelante. “Por violaciones al derecho humanitario que comprometen a ambas partes se ha tenido que adelantar el punto cinco de la agenda, que tiene que ver con acuerdos y soluciones humanitarias y el cese al fuego y a las hostilidades, de lo contrario era inviable seguir con legitimidad”, explica Villarraga. Tanto el asesinato del líder indígena Aulio Isarama Forastero por parte del ELN en el Chocó, como la masacre de Tumaco y el asesinato sistemático de líderes sociales de los cuales el Estado aún no da respuestas, fueron hitos negativos que empañaron el proceso, sumados luego a las acciones militares del ELN una vez terminado el cese bilateral al fuego.

La necesidad del cese al fuego no solo responde a las acciones del ELN y del Gobierno. En un contexto más amplio, las falencias en materia de seguridad están relacionadas con el efecto que la implementación de los acuerdos con las Farc ha mostrado en muchas regiones del país, donde tanto el ELN como otros actores armados (incluyendo disidencias de las Farc) tienen influencia.

Para Sandra Borda, decana de Ciencias Sociales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, el estado actual de las negociaciones es poco claro. “No tenemos mucha información de lo que está pasando desde la última vez que se sentaron a negociar, y si no hay noticias es porque no se han alcanzado acuerdos alrededor de temas sustanciales en la agenda”, explica.

Luis Celis, asesor de la Redprodepaz e investigador en temas de conflicto, asegura que hay una gran desconfianza entre las partes y que para mantener el diálogo es indispensable negociar un nuevo cese bilateral que considere que el ELN no va a aceptar una concentración ni renunciar a los métodos ilegales de financiación en un momento tan incipiente del proceso. Además, se deberá fortalecer la participación de la sociedad y trabajar en el tema de las acciones que se requieren para alcanzar la paz, algo que se encuentra en un estado muy primario.

De manera inevitable, el proceso con el ELN no puede desmarcarse de las elecciones a la presidencia del próximo mayo. Para Borda el tiempo electoral juega a favor del ELN, porque no cree que tengan muchos incentivos para firmar un acuerdo con el actual Gobierno. “Tengo la impresión de que están tanteando el escenario electoral a ver qué pasa y qué tipo de prebendas podrían obtener en un proceso con nuevo Gobierno”.

Para los candidatos que basan su programa político en una ideología de derecha, la “mano dura” y el miedo al “castrochavismo” dan como resultado una postura guerrerista. Eso ha quedado claro en los debates presidenciales, donde tanto Iván Duque como Germán Vargas han declarado no estar de acuerdo con el proceso con el ELN. Por otra parte, Gustavo Petro, Humberto De La Calle y Sergio Fajardo han mostrado voluntad de apoyar el proceso, aprendiendo de lo ocurrido con las Farc.

Además, Sandra Borda opina que no es tan claro que un eventual gobierno de derecha esté dispuesto a pagar el costo político de una negociación tan difícil y con la incapacidad de mostrar resultados al mismo ritmo del proceso en La Habana. “El que llegue seguramente va a querer cambiar los términos de la negociación y poner condiciones mucho más exigentes para presentarse más duro y no pagar el costo político que pagó la actual administración”, indica. Finalmente, Luis Celis anota que quien llegue tendrá que evaluar qué hace con el proceso, pues el ELN no es una fuerza derrotada y sus acciones recientes así lo demuestran.

Aunque sea positivo que se haya retomado el quinto ciclo de conversaciones entre el ELN y el Gobierno nacional, el estado actual del proceso se encuentra en un momento de enorme incertidumbre. Los conflictos entre esa guerrilla y disidencias del EPL se han traducido en paros armados y caos en la región del Catatumbo. Los asesinatos de tres periodistas ecuatorianos y los posteriores secuestros cometidos por los disidentes de ‘El Guacho’ en la zona de frontera con Ecuador han subido la temperatura a la discusión y a las acciones militares en esa región. La tensión es tanta, que el presidente del vecino país ha decidido retirar a su gobierno del papel de garante en este proceso, que enfrenta uno de sus momentos más difíciles, sin haber mostrado resultados trascendentales.

De cualquier modo, todo estará sujeto también a los resultados electorales, que podrán determinar si las conversaciones continúan o no. La paz espera, y no se sabe si la voluntad quiera acompañarla.

 

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