Literatura, a secas. El espacio de las escritoras en Colombia

Haga el ejercicio: escriba sus cinco escritores favoritos. Pregúntele también a sus más cercanos. ¿Cuántas escritoras aparecen en la lista? ¿Cuántas escritoras conoce?
Imagen por Hansel Obando

Este artículo sale en la edición impresa de PLAYBOY COLOMBIA de abril - mayo de 2018

A finales de 2017 los medios de comunicación registraron una polémica a raíz de las actividades del año Colombia-Francia, adonde fueron invitados 10 escritores colombianos como representantes de la literatura del país. Todos hombres.

Al no haber participación de ninguna mujer, los debates en redes sociales y en columnas de opinión se abrieron. Unos a favor, otras en contra y muchos en la mitad, comentaron la convocatoria y un tema recurrente salió a flote: calidad versus equidad. Dicho dilema, de por sí muy patriarcal, lleva implícito el mensaje de que si se abre el espacio a las mujeres se disminuirá la calidad, algo absolutamente cuestionable.

El asunto por supuesto no es nuevo, pero solo de manera reciente tiene eco. Movimientos literarios tan importantes como el boom latinoamericano son ejemplo de ello, pues mientras resaltó a los grandes autores que todos conocemos, también ocultó la producción de otras plumas fuera del canon reinante y a la vez a las autoras que poco se conocen como Clarice Lispector, María Luisa Bombal o la colombiana Marvel Moreno.

Para la escritora y poetisa Piedad Bonnett, la mejor literatura, en muchos países, la están haciendo las mujeres: “En América Latina, por ejemplo, hay un número grande de narradoras entre los 30 y los 45 años, muy interesantes y atractivas. Son las mujeres de la generación siguiente a la mía, donde también hay nombres muy importantes, ya consagrados. En Colombia la literatura femenina no ha tenido la contundencia de países como Argentina, Uruguay, México, pero de todos modos empiezan a afianzarse nombres de mujeres jóvenes con obras interesantes”.

Frente a la discusión entre calidad y equidad, Bonnett considera que son cosas que no tienen mucho que ver. “La calidad tarde o temprano trae alguna visibilidad. Por otra parte, creo que todo escritor, independientemente del género, tiene en algún momento dificultades para hacerse visible. La equidad femenina se consigue dando muchas batallas, algunas desde lo extraliterario, y algunas desde el ensayo, o incluso desde la poesía y la ficción. Creo que el humor a veces es muy buena vía”.

De acuerdo con Bonnett, hombres y mujeres podemos hablar de todo, de lo propio y lo ajeno, hasta el punto de que un hombre puede llegar a aproximarse bien al tema de la maternidad. En eso consiste la literatura. En ese mismo sentido, ella prefiere hablar de literatura, a secas, más que de literatura femenina precisamente porque nadie habla de literatura masculina. Aun así, “hay que reconocer que el punto de vista de las mujeres es necesariamente distinto, y en tal sentido, uno puede hablar de literatura femenina. Hasta los años 70, más o menos, la intimidad y la subjetividad eran muy preponderantes en la literatura femenina latinoamericana, pero creo que eso ha cambiado”.

Pensando ya en su experiencia particular, Piedad Bonnett cree que, aunque sea difícil afirmar que ser mujer dificultó su proceso como escritora, está de acuerdo con que durante mucho tiempo las demandas de la maternidad y la vida del hogar impactaron su escritura.

Samanta Schweblin, una de las escritoras argentinas más reconocidas de la actualidad, cuenta que era un motivo de orgullo, al iniciar su carrera, que calificaran sus escritos como no femeninos. Le tomó un buen tiempo reconocer la trampa en esos elogios y ver que los temas de sus escritos estaban inevitablemente marcados por quien era ella, una mujer. De hecho, Schweblin hace una analogía perfecta para describir su experiencia cuando descubrió a las escritoras que por tanto tiempo fueron desconocidas para ella: era como haber hablado con la tía que todos dicen que está loca y descubrir que es la persona más brillante que se hubiera podido imaginar.

En un momento donde la revolución pacífica más grande de la historia está teniendo lugar, donde las mujeres continuamos alzando la voz para denunciar las inequidades y la discriminación que nos rodea y donde el eco se hace cada vez más fuerte, la cultura no puede quedar excluida del debate.

PLAYBOY habló también con Alejandra Olarte, literata e investigadora del rol de las escritoras en la historia de Colombia. Olarte nos habló sobre puntos fundamentales a la hora de discutir el lugar de la literatura escrita por mujeres.

Hablamos de literatura escrita por mujeres en comparación con la literatura universal, la que escriben los hombres.

¿Cuál es para usted el panorama actual de las mujeres en la literatura, particularmente en Colombia?

En las últimas tres décadas se ha empezado a publicar a mujeres. Cada vez hay más mujeres publicadas y se ganan más premios literarios. Hay una visibilización de la escritura y la literatura que está firmada por mujeres. Sin embargo, habría que pensar a qué mujeres publican y esto mismo les pasa a los hombres; son más publicadas las mujeres que están en una clase media o alta, que viven en ciudades y tienen más contactos. Hay talentos que están más escondidos. Aunque las redes sociales han cambiado esto un poco, aún falta. Podríamos decir que comparativamente con los hombres hay más publicaciones, pero no podemos hablar de un 50/50. El suceso del evento de Francia de 2017 mostró que todavía no estamos ahí, no hay equidad. De por sí ya hay una diferencia en esa adjetivación cuando se tiene que decir: escritores y escritoras mujeres. La mejora es sustancial, pero hay que discutir sobre quiénes están siendo publicadas.

¿Existe una literatura femenina? ¿En qué se diferencia de la literatura escrita por mujeres?

La pregunta por una literatura femenina se ha hecho por más de un siglo y se lo pensaron sobre todo las escritoras. Ese cuestionamiento no se lo ha hecho ningún hombre. Cuando las mujeres empezaron a escribir y a tener esas luchas en los países privilegiados, se dieron cuenta de eso. Ejemplo de ello es Virginia Woolf. En su libro Una habitación propia habla sobre cómo hace una mujer para escribir, sobre cómo necesita su propio espacio. Al final de su libro, Woolf dice que cuando la mente escribe es andrógina, tiene una parte femenina y una masculina. En su momento planteaba eso para reivindicar que nuestra voz no tiene que ser femenina per se.

Es diferente a una literatura escrita por mujeres. La literatura femenina habla de una esencia femenina. ¿Pero qué pasa con esas mujeres que no tienen esa “esencia femenina”, sobre todo ahora que hay todo un abanico de géneros? Puede que la literatura femenina haya sido una etiqueta de las editoriales para marcar a un grupo que leyera esos libros. Era una forma de vender y es válido, sobre todo en una época donde pocas mujeres escribían, pero en este momento la expresión ya no sería igual de válida. La categoría debería servir para ser discutida críticamente. Lo que hay es una negación de esa literatura, un desconocimiento de esa producción.

Todavía estamos hablando de que hay una literatura escrita por mujeres que interactúa con la literatura universal que está escrita por hombres, aunque nadie diga que sea una literatura masculina o una literatura escrita por hombres, solo es llamada la “literatura universal”. Aquí hay dos puntos. Uno, ¿cómo llegamos a que lo masculino se convirtiera en lo neutral? Actualmente las escritoras están siendo más publicadas, pero para ellas aún está esa sensación de que no las toman en cuenta de igual manera, de que no piensan que escriban igual de bien que los hombres. La importancia de pensar en una literatura escrita por mujeres radica en no marcar la diferencia, sino en reflexionar por qué las escritoras todavía sienten que hay una discriminación, por qué pasa que se llame solo a un grupo de hombres para ir a Francia a representar al país.

¿Hay temas netamente femeninos que solo las mujeres pueden tocar?

El problema con esta afirmación es que, si decimos que hay temas netamente femeninos, querríamos decir que hay unos netamente masculinos y con eso entramos en un terreno muy complicado. Yo diría que no hay tales temas, sería decir que las mujeres no podemos hablar de temas masculinos y eso es lo que ha pasado por tantos años; que se crea que las mujeres son incapaces de hablar de la física o de pensar de forma científica, de argumentar. Es decir que el espacio de la mujer es el del cuidado, de los sentimientos. Esa justificación también da para decir que la mujer no escribe sobre ciertos temas o no los escribe tan bien.

Lo que sí podemos decir es que como la experiencia nos marca, hay temas que son más recurrentes en la literatura femenina porque esa voz ha sido escondida o neutralizada y que en esa medida sí hay temas que nos han tocado más, como la experiencia del cuerpo de la mujer y de esa vivencia hecha palabra, pues el hombre es quien siempre ha tenido la palabra.

¿Cómo influye el ser mujer en la escritura?

El ser mujer influye de muchas formas en la escritura. Una de las grandes reivindicaciones de las escritoras blancas, indígenas, negras, es ocupar ese ser en el mundo. Para el hombre, ese ser es más neutral en apariencia, como un ser humano universal, pero resulta que no, que estamos marcados por las vivencias. Yo escribo desde quien soy en el mundo, desde cómo me percibo y cómo me perciben. En esa medida la escritura de mujeres ha navegado en esa exploración de ser mujer.

Por ejemplo, Marvel Moreno, la escritora barranquillera todavía muy desconocida y quien escribió en las décadas de 1970 y 1980, habla de la experiencia de ser mujer. Lo que su novela hace es contar sobre las mujeres en el Caribe colombiano y de las relaciones entre hombres y mujeres desde la perspectiva de la mujer.

Cada vez más las mujeres escriben y se conoce más lo que escriben, por supuesto que los temas empiezan a ser más diversos, pero por muchas razones todavía se necesita hablar desde ese ser mujer, desde esa intersección entre categorías, entre género y raza; por ejemplo, las mujeres negras en Colombia todavía necesitan más espacios para escribir y difundir sobre su experiencia. Todavía hay mucho que decir de ese ser.

¿Cómo conseguir equidad / visibilidad en la literatura sin ir en detrimento de su calidad?

Cada vez hay más equidad y visibilidad por el lado de las editoriales. Se publican cada vez más mujeres y hay una variedad que se puede ampliar más. Sin embargo, el trabajo fuerte está en la gente que está publicando y también en quienes enseñamos. Se debe concientizar sobre empezar a leer a las escritoras tanto como a los hombres, que no se trata de un nicho. Se debe ser consciente de que hay que cambiar ciertas ideas, como que las mujeres publican para otras mujeres y que los hombres no están interesados en esa literatura.

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Decidir qué leemos y a quiénes leemos es un acto político. La lucha por la equidad de género no se da solo en las leyes, sino en la vida cotidiana.

La poeta Amalia Moreno comentaba hace un par de meses que la palabra escrita tiene connotación política, fuera al escribir sobre temas netamente políticos o sobre temas íntimos, como puede ocurrir con la poesía. Uno de los lemas del feminismo ha sido reivindicar que lo personal también hace parte de la esfera pública, del mundo político. En esa medida, la poesía
(y la literatura en sí misma) es política porque es resistencia en el lenguaje.

Decidir qué leemos, a quiénes leemos y a quiénes no, es un acto político. La lucha por la equidad de género no se da solo en las leyes, sino en las decisiones que tomamos en la vida cotidiana.

Si bien en los medios de comunicación se toca más el tema de las mujeres escritoras, todavía no hay una cultura en que hombres y mujeres lean escritoras. Mientras las mujeres sí leemos hombres, no ocurre lo mismo a la inversa. Es por esto que para cambiarlo se requiere un trabajo en todos los estamentos de nuestra sociedad, en los colegios, en las universidades y también en las generaciones mayores.

Sin embargo, en este punto no podemos perder de vista algo fundamental que los estudios de género han resaltado: la interseccionalidad. La interseccionalidad nos habla de las varias capas que conforman la identidad de una persona y por eso en este momento de nuestra historia se hace urgente conocer y oír otras voces que no han tenido el espacio para ser oídas. No basta con ser mujer o con leer a las mujeres, sino de buscar y oír esas otras voces. Como afirma Alejandra Olarte: “Hay que empezar a leer mujeres, pero no solo a mujeres, sino a escritores y a escritoras afro, indígenas y ojalá a mujeres atravesadas por la interseccionalidad: mujeres indígenas y afro”. Solo así podremos huirle a la pobreza que caracteriza la homogeneidad y que no se corresponde con lo variada que es nuestra realidad.

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