La enrarecida vida sexual de los refugiados

Las experiencias de los refugiados se encuentran atrapadas entre el deseo y sus arraigadas creencias religiosas
Imagen por Kyle Fewell

Cuando Zukia Qahar, un ex oficial de la OTAN de 41 años, llegó a Grecia desde Afganistán hace dos años y vio “todas esas perturbadoras mujeres europeas vestidas con tan poca ropa”, se sorprendió quizás más que cuando los talibanes le pidieron que se convirtiera en su espía en una base de la OTAN en Kabul. “No podía creer que las mujeres pudieran ser tan promiscuas, pero, de todos modos, mi corazón latía con fuerza. Quería besarlas a todas”, dice.

Poco tiempo después, Qahar, un hombre bajo y robusto de grandes ojos cafés y una barba recortada, vio porno con primeros planos de la vulva por primera vez. Al principio estuvo a punto de vomitar, pero con las repeticiones terminó aficionándose. Atrapado en el limbo entre el impulso y la fe, hace aproximadamente dos meses finalmente pagó para que le quitaran su virginidad, aunque “no en la forma ortodoxa”, dice derrotado.

Qahar nació en el seno de una familia acomodada y religiosa de Kabul, siendo el hijo mayor de un comerciante que tenía cinco hijos, dos esposas, una bella mansión y buenas relaciones con el gobierno pro soviético antes de que los muyahidines, grupos tribales que libran la guerra santa (la jihad), llegaran al poder. Cuando tenía cinco años, los muyahidines atacaron con cohetes a Kabul. En el ataque murieron sus dos hermanastras mientras oraban dentro de la casa. Sin pensarlo dos veces, la familia huyó al vecino Pakistán.

“Trabajé en todo tipo de cosas como lavar carros o trabajar en fábricas para ayudar a mi familia a mantenerse a flote durante mi infancia”, dice este hombre afgano. Fue allí donde también se enamoró por primera vez. “Tenía 17 años, ella tenía 14”, dice. “Su nombre era Malala, era un ángel y yo un refugiado afgano”. Pero él y Malala eran miembros de dos sectas diferentes: Él es sunita, ella era chiita. Como resultado, sus padres se opusieron ferozmente a su matrimonio. “No puedo entenderlo. Todos honramos a Mahoma. Mi corazón se partió en pedazos. Me negué a poner los ojos en otra chica durante mucho tiempo”, dice Qahar 23 años después.

 ·

Coquetear con una mujer local podría hacer que el hermano de ella llegara a la puerta de mi casa con un cuchillo, listo para despellejarme vivo.

 ·

En 1997, toda la familia de Qahar fue repatriada. Con los mujahideens debilitados por el conflicto interno, había llegado la hora de que los talibanes, los “estudiantes” en urdu, y su ley de la sharia, amenazaran el bienestar de la familia, primero tratando de confiscar las propiedades de su papá. Para luchar contra ellos, se unió a las fuerzas especiales de Estados Unidos en Kabul en el año 2000 y en 2003 a la OTAN, donde trabajó como oficial de logística hasta 2013. Durante esos años entró en contacto regular con mujeres occidentales que trabajaban en el campo de la OTAN en Afganistán. Aunque le parecían atractivas, tenían una desventaja importante: eran “ateas”. “Mis padres decidían con quién me podía casar y una occidental estaba por fuera de esas opciones. Por otro lado, coquetear con una mujer local podría hacer que el hermano de ella llegara a la puerta de mi casa con un cuchillo, listo para despellejarme vivo”, dice.

Al final, Qahar optó por centrarse solo en su trabajo bien remunerado (ganaba mensualmente una buena suma trabajando para la OTAN, casi tanto como el presidente de Afganistán, según dice él), disfrutaba la compañía femenina de sus madres y su hermana que cocinaban y lavaban para él, y dejaba el placer para vivirlo a puerta cerrada. “Me masturbé varias veces a la semana, pero rápidamente paré porque sabía que estaba cometiendo un pecado terrible y perdiendo mi poder. Pero con ese poder llegó este dolor de espalda... mi espalda comenzó a doler como si cargara mil toneladas encima”, dice.

En 2003, un mensajero de los talibanes se le acercó y le pidió que espiara para ellos. “Eres musulmán, no trabajes con los infieles, ayúdanos a destruir este campamento”, le dijo el hombre de barba larga. Qahar prefirió mantenerse fiel a la OTAN. En el verano del mismo año, un grupo de talibanes invadió su casa y mató a la única hermana que le quedaba viva. Envió a su padre, sus madres y hermanos a Australia con ayuda de un traficante de personas y luego de eso huyó a Mazar-i-Sharif, una ciudad al noroeste de Kabul, donde continuó trabajando como oficial de logística para las fuerzas alemanas de la OTAN hasta 2016.

Para su consternación, los talibanes lo encontraron de nuevo. Sin opciones, el aliado de la OTAN pagó a un contrabandista un dineral para que lo llevara a Grecia después de un largo y extenuante viaje a través de Irán y Turquía. Estaba seguro de que una vez que aterrizara en la seguridad de Europa, sus “amigos” estadounidenses, alemanes y franceses, como llamaba a sus colegas de la OTAN, lo ayudarían instantáneamente a obtener el estatus de refugiado (insiste en que eso era lo que le habían prometido). Todavía sigue esperando señales de vida de ellos.

·

Frustrado y atrapado en un centro de detención de Atenas entre cientos de otros refugiados, Qahar pronto comenzó a acompañar a otros habitantes del campo a sus éxodos por los barrios rojos de la capital griega.

 ·

Frustrado y atrapado en un centro de detención de Atenas entre cientos de otros refugiados, Qahar comenzó a acompañar a otros habitantes del campo a sus éxodos por los barrios rojos de la capital griega. “La primera vez que fui a una de esas casas obscenas fue porque mis amigos me convencieron. Había muchos hombres sentados en el pasillo, en su mayoría eran de Pakistán. Una anciana vestida con una túnica roja comenzó a gritar con voz aguda: “10 euros por el misionero, 15 euros para extras”. Así, una mujer desnuda y con grandes senos apareció de la nada. Al instante empezó a acariciar mi cuerpo, riéndose. Estaba aturdido, medio nauseabundo. Salí corriendo. Ella siguió riendo. Luego los otros hombres se rieron en coro. ¿Cómo podían hacerme eso? Regresé y le pedí a Dios que purificara mis pecados”.

Las siguientes semanas en el campamento pasaron con tres oraciones diarias, pero también con un dolor punzante en la espalda. “Me da vergüenza decirlo, pero, que Dios me perdone, mis testículos se hincharon, y mi espalda y mi ingle pesaban como si tuviera mil toneladas ahí. Visité al médico del campamento. Me dijo que tenía “bolas azules” y me aconsejó tener sexo o al menos masturbarme. Sentí que me temblaba la tierra”.

Sus amigos en el campamento no dejaban de hablar de “una chica pequeña y amable que trataba a los hombres sin experiencia con mucho cuidado”. Intrigado, Qahar se aventuró a salir al distrito rojo. Esta vez fue solo. “Fui temprano en la mañana, cuando el burdel estaba casi vacío. Esta vez todo fue más amable. Ella era albanesa y no tenía más de 20 años, era suave, amable. Me tomó de la mano, me tranquilizó y me dijo que no me preocupara. Rápidamente bajó allí, pero la detuve porque eso absorbe la energía del cuerpo de un hombre. Le pregunté si podíamos tener relaciones sexuales desde atrás, porque no sé cómo hacerlo por el frente. La verdad es que no me acuerdo de mucho porque fui como un animal durante media hora”.

Visitó a la joven una vez más y solicitó el mismo ritual sexual. Sin embargo, poco después, la idea de contraer hepatitis negra o amarilla lo preocuparon. “¿A cuántos hombres estará besando cada noche? ¿20? ¿25? ¿Y qué estoy haciendo, perdiendo mi poder y mi fe?” se preguntó. Dejó de buscar en los callejones de mala muerte de Atenas y no ha vuelto desde el diciembre pasado.

Hasta ese mismo diciembre, más de 170,000 refugiados afganos habían solicitado asilo en Europa. Qahar, el antiguo aliado de la OTAN, fue uno de ellos. Tras aceptar que sus antiguos amigos de la OTAN lo dejaron a su suerte, ahora sueña con conseguir un pasaporte europeo y abrir una tienda de galletas afganas en el centro de Atenas.

De alguna manera está agradecido: en Europa comenzó su sexualidad desde cero. Ahora lo que queda para él es estar con una “mujer con ética, y de una manera ortodoxa”. El único problema es que su dolor de espalda ha recaído, pero ruega: “Dios me mantendrá alejado de los burdeles”.

ENTREVISTA
PLAYBOY

TE PODRÍA INTERESAR

RECOMENDADOS

¡Vamos a correr!

Cada año en Colombia se realizan casi 100 carreras en diferentes ciudades del país, incluyendo maratones, medias maratones, carreras recreativas

FICCIÓN

ÚLTIMOS ARTÍCULOS