¿Deberíamos ignorar al monstruo detrás de una obra de arte?

Imagen por Francesco Ciccolella

Con la expulsión de Bill Cosby y Roman Polanski de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (organización detrás de los Oscar) llegan algunas cuestiones que se han ignorado a lo largo de varios años. Si bien es cierto que se están tomando medidas para castigar aquellos hombres que gozaban de cierta disculpa por ser artistas, aún queda un largo camino que recorrer, y muchas víctimas por reconocer.

A principios de este mes, la Academia Sueca anunció que no otorgará el Premio Nobel de Literatura debido a los escándalos que se provocaron luego de que se dieran a conocer 18 casos de acoso, agresión sexual y violación por parte de Jean-Claude Arnault, reconocido fotógrafo y dramaturgo, que contaba con el apoyo de la Academia, además de ser financiado por la misma. El mismo hombre que ha sido llamado “el Weinstein de la literatura”, también ha sido acusado de filtrar los nombres de los ganadores para ponerlos a su favor en casas de apuestas.

No cabe duda de que el movimiento #MeToo (#AMiTambién) ha convertido los rumores y secretos entre mujeres en una sola voz, una que es clara, fuerte e incluso dolorosa, como una cascada que alivia el dolor de espalda o las tensiones con más golpes. Ningún entorno se ha salvado, la política, la ciencia, el deporte y el mundo del arte escondieron comportamientos violentos contra las mujeres por años.

Nuestros ídolos, de repente, se convirtieron en seres monstruosos, y ya no supimos cómo mirarlos. ¿Deberíamos seguirlos apoyando? ¿deberíamos desterrarlos de nuestras vidas? Después de que te enteras de lo que hicieron ¿cómo te acercas a lo que hacen? A mi parecer, el dilema es particularmente difícil en el arte.

Nada más para ponernos en situación: ¿eres de los que buscan algo sobre la vida del autor cuando entras en contacto con su obra? ¿qué tanto averiguas? ¿no lo haces? ¿te basta solamente con la creación? La relación del público con la obra varía de persona a persona, mientras que la obra es siempre independiente, cerrada, autónoma… o esa es nuestra primera impresión.

Una obra no se concibe como algo aislado; tiene un contexto específico, un momento determinado y un público objetivo. Lo mismo sucede con el artista, que hace parte de la sociedad, con todo y lo que implica (unos acuerdos y comportamientos establecidos). Así pues, reconocemos que hay un individuo detrás de la obra, pero no lo que hay detrás del individuo. Es un poco ingenuo obviar la persona tras una obra de arte. Aunque este no es exactamente el problema, es que tomamos solo una parte de él y nos quedamos con una imagen idealizada e ignoramos las cosas monstruosas con las que no estaríamos de acuerdo en ninguna otra situación ¿por qué? porque admiramos lo que esa persona hizo: canciones, películas, pinturas, libros.

No sé si alguna vez te hayan preguntado por tu apellido, por su origen, por el lugar del que viene tu familia. Yo no conozco mi familia por parte paterna, no tengo “nada que ver” con ellos. Sin embargo, fui identificando con el tiempo, ciertos rasgos que provenían de esa parte de mi familia. Del mismo modo, negaba que mi escritura partiera de ahí, o que tuviera una perspectiva femenina porque pensaba que era malo o “sesgado”. Pensaba que la gran literatura, o el arte en general debía estar libre de prejuicios e intereses particulares. Luego me di cuenta que desde esos lugares escribía con el convencimiento que difícilmente lograba desde otros.

A riesgo de estar hablando de una manera muy abstracta, te pregunto de nuevo ¿piensas que lo que crees y lo que te rodea permea tu vida? ¿lo que haces no tiene que ver de alguna manera con la persona que eres? ¿puedes trazar una línea que divide tus principios y tu quehacer?

Así mismo, la obra y el artista no se pueden separar. El asunto es que tenemos, por un lado, ciertos hombres que fueron genios y que son admirados por su obra pero que también maltrataron a sus parejas, o han sido acusados de violación.

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“Un hombre debe ser un genio inmenso para compensar el hecho de ser una persona tan abominable

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La escritora Martha Gellhorn, pareja de Hemingway, no pensaba que el artista tuviera que ser un monstruo, pensaba que el monstruo necesitaba convertirse en artista. “Un hombre debe ser un genio inmenso para compensar el hecho de ser una persona tan abominable”. Normalmente a estos genios se les excusa por su misma condición de genios, y estos a su vez se excusan en la tradición y en la cultura machista que les ha tocado vivir.

Pero esto no es una cuestión de antes, no es una cuestión de algunos países, no es algo que todavía podamos “justificar por contexto”. Aún hoy sigue dándose, y lo demuestran casos recientes como el de Woody Allen, Chris Brown y Kevin Spacey. Sin embargo hasta hace relativamente poco es que se están tomando las medidas necesarias.

Estas situaciones nos obligan a pensar también en la manera de relacionarnos con lo que consumimos. No podemos eliminar a estos personajes ni sus aportes de la historia, pero podemos tomar decisiones si aún están vivos. Estamos atravesando por un cambio, es el momento de escuchar las otras versiones, de cuestionar posiciones.

Un ejemplo podría ser el de Spotify, que decidió implementar una nueva política que le hace frente al contenido que promueve el odio o a los artistas que estén involucrados en comportamientos violentos contra otros. Aunque eso no significa que saquen la música de dichos artistas de la plataforma, en cambio dejan de apoyarlos directamente, al no ponerlos en listas de reproducción públicas. Esto resulta como una espada de doble filo, debido a que controlan el contenido al que los usuarios tienen acceso. Así, resulta un asunto que depende de cada uno, que requiere de la reflexión de cada uno y de su elección consciente. Pero lo que no podemos seguir haciendo, es ignorar que detrás de una obra de arte puede estar también un hombre monstruoso.

 

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